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Claves del Papa para el Sínodo
Benedicto XVI, en la homilía de apertura del Sínodo y en la primera de las sesiones, lanzó estos mensajes:

Naciones que en otro tiempo eran ricas en fe y en vocaciones, ahora están perdiendo su identidad, bajo el influjo deletéreo y destructor de una cierta cultura moderna. Hay quien, habiendo decidido que Dios ha muerto, se declara a sí mismo dios, considerándose el único artífice de su propio destino, el propietario absoluto del mundo. Pero cuando el hombre elimina a Dios de su horizonte, declara a Dios muerto, ¿es verdaderamente más feliz? ¿Se hace de veras más libre? ¿Puede construir una sociedad donde reinen la libertad, la justicia y la paz? ¿No sucede más bien -como lo demuestra ampliamente la crónica diaria- que se difunden el arbitrio del poder, los intereses egoístas, la injusticia y la explotación, la violencia en todas sus expresiones? Al final, es que el hombre se encuentra más solo y la sociedad más dividida y confundida.

* Si en algunas regiones la fe se debilita hasta extinguirse, siempre habrá otros pueblos dispuestos a acogerla. El mensaje consolador que se recoge de los textos bíblicos es la certeza de que el mal y la muerte no tienen la última palabra, sino que, al final, vence Cristo. ¡Siempre!

* Sólo la Palabra de Dios puede cambiar en profundidad el corazón del hombre. La Asamblea sinodal dirigirá su atención a esta verdad fundamental para la vida y la misión de la Iglesia. Alimentarse de la Palabra de Dios es para ella la tarea primera y fundamental. Es indispensable que la Iglesia conozca y viva lo que anuncia, para que su predicación sea creíble, a pesar de las debilidades y las pobrezas de los hombres que la componen.

* La Palabra es sólida, es la verdadera realidad sobre la que basar la propia vida. Para ser realistas, debemos contar con esta realidad. El Señor nos habla de las dos posibilidades de construir la casa de nuestra vida: sobre arena o sobre roca. Sobre arena construye quien construye sólo sobre las cosas visibles y tangibles, sobre el éxito, sobre la carrera, sobre el dinero. Pero todo esto un día pasará. Lo vemos ahora en la caída de los grandes bancos: este dinero desaparece, no es nada. Sólo la Palabra de Dios es el fundamento de toda la realidad. Debemos cambiar nuestro concepto de realismo. Realista es quien reconoce en la Palabra de Dios, en esta realidad aparentemente tan débil, el fundamento de todo, quien construye su vida sobre este fundamento que permanece siempre.

* La historia de la salvación no es un acontecimiento insignificante, en un pobre planeta, en la inmensidad del universo. No es una cosa mínima, que sucede por casualidad en un planeta perdido. Es el móvil de todo, el motivo de la creación.

* Un gran peligro en nuestra lectura de la Escritura es quedarnos en las palabras humanas, palabras del pasado, historia del pasado, y no descubrimos el presente en el pasado, el Espíritu Santo que nos habla hoy en las palabras del pasado. La exégesis, la verdadera lectura de la Sagrada Escritura, no es solamente un fenómeno literario, no es sólo la lectura de un texto. Es el movimiento de mi existencia.

ólo Dios es infinito. Por eso, también su Palabra es universal y no tiene fronteras. Al entrar en la comunión con la Palabra de Dios, entramos en la comunión de la Iglesia que vive la Palabra de Dios. No entramos en un pequeño grupo, en la regla de un pequeño grupo, sino que salimos de nuestros límites. Salimos hacia el espacio abierto, en la verdadera grandeza de la única verdad, la gran verdad de Dios. La evangelización, el anuncio del Evangelio, la misión, no son una especie de colonialismo eclesial. Es salir de los límites de cada cultura para entrar en la universalidad que nos relaciona con todos, que nos une a todos, que nos hace a todos hermanos.
Intervención del cardenal Antonio María Rouco, arzobispo de Madrid:
«Urge hacer presente a Dios en la vida pública»
Sobre La Palabra de Dios, fermento de las culturas modernas habló el cardenal arzobispo de Madrid en el Sínodo. Entre otras cosas, dijo:

Procurar que la Palabra de Dios sea fermento de la cultura moderna, presupone tener en cuenta uno de los rasgos que más intensamente la caracteriza, sobre todo en el contexto euroamericano, a saber: la concepción inmanentista del hombre y del mundo, sin referencia ni explícita, ni implícita a Dios Creador y Redentor del hombre; rasgo que se deja notar con especial intensidad en la cultura sociopolítica y jurídica. El Estado moderno, en su versión laicista radical, desembocó en el siglo XX en las formas totalitarias del comunismo soviético y del nacional-socialismo. Naturalmente, en la cultura de la modernidad también continuó viva y social-jurídicamente operante la visión cristiana de la vida. Incluso, se produjo un retorno del derecho natural, partiendo del Ius gentium de la Escuela de Salamanca.
La postmodernidad ha agravado la concepción moderna del hombre, de la sociedad y del orden político-jurídico en sus aspectos más negativos, dando paso al nihilismo existencial y a la dictadura del relativismo ético. El tratamiento legal dado al derecho a la vida, como si el Estado pudiera disponer ilimitadamente de él, constituye una prueba elocuente de lo dicho. Urge, pues, una respuesta cultural del Evangelio que, en un diálogo sincero entre fe y razón, haga presente en la vida pública la verdad de Dios Creador y Redentor del hombre: del Dios que es amor. Los seglares deben ser sus protagonistas más activos.
© 2006. Alfa y Omega, Semanario católico de información. Fundación San Agustín, Arzobispado de Madrid