Alfa y Omega > Nº 611 > Ver, oír y contarlo > Contrapunto
Después de la crisis
La crisis que se nos viene encima es una y a la vez miles, millones de crisis, tantas como situaciones dolorosas vaya a provocar. Es preciso comprenderlo, porque van a producirse dinámicas en todos los ámbitos de la vida, grandes y pequeños, que, en definitiva, son una sola dinámica, que invariablemente desemboca en la pregunta acerca de sobre qué cimientos vamos a construir el futuro. Acaba de decirlo el Papa. Porque una crisis, en realidad, no es más que un momento de cambio, de mayor o menor envergadura, según la magnitud de la crisis. Al contemplar cómo se desmoronan tantas cosas que creíamos aseguradas, podemos volver la vista sobre lo fundamental, y reconstruir sobre roca sólida. O podemos intentar sacar partido egoísta de la situación, ajustar viejas cuentas, aprovechar la debilidad relativa de algún competidor... Más arena bajo la nueva casa, quizá el palacio al que nos mudaremos, que anunciará ya la próxima crisis, siempre más inevitable en la medida en que nuestras nuevas relaciones se fundamenten en mentiras e injusticias. Parece obvio, pero a quien se atreve a decir en voz alta que la crisis financiera tiene origen moral, se le convierte en objeto de escarnio público. Hay ejemplos recientes.
Lo inexorable en toda crisis es el cambio, no la dirección que tome éste. El hijo pródigo reacciona ante la adversidad, y la familia sale fortalecida... O los problemas enquistados explotan, y todo se derrumba. También hay oportunistas profesionales, a pequeña y a gran escala. Hitler, la izquierda fundamentalista de nuestra Segunda República y Lenin surgieron de grandes crisis. Pero también la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Debemos quedarnos con esa moraleja. Hay momentos de la Historia y en la vida de cada persona en los que el tiempo se acelera. Lo que atemos ahora quedará atado por mucho tiempo.
Ricardo Benjumea
