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Como en una película porno

¿Quién no recuerda la parodia de los cómicos Monthy Piton sobre la moral sexual de la Iglesia, y su «todo espermatozoide es sagrado»? ¿Y qué hay de la legión de católicos que se autoproclaman ilustrados, esto es, a favor de la justicia social y en contra de la pena de muerte, pero en oposición a la moral sexual y familiar católicas? A todos ellos les dedica un magnífico artículo la investigadora norteamericana Mary Eberstadt, que difunde el blog First Things. A los 40 años de la encíclica Humanae vitae, se acumulan las evidencias de que Pablo VI no podía haber hecho un diagnóstico más acertado, cuando advertía de las consecuencias que tendría la propagación de la contracepción artificial: disminución general de los estándares morales en la sociedad, aumento de la infidelidad, disminución del respeto de los hombres hacia las mujeres y un uso coercitivo de las tecnologías reproductivas por parte de los Gobiernos. Para apoyar sus tesis, el artículo The Vindication of «Humanae Vitae» se apoya en trabajos como el que presentó, en 1996, en Quaterly Journal of Economics, el Premio Nóbel George Akelof, sobre la conexión entre la revolución sexual de finales de los años 60 y el creciente número de hijos sin padre y de abortos. Otra consecuencia, en los varones, es el aumento de conductas peligrosas, como el consumo de drogas y alcohol, y el consiguiente incremento de la criminalidad. En las mujeres, han aumentado las tasas de pobreza.
Pero la mentalidad sensentayochista resiste bien a la acumulación de cargos en su contra, con el infalible recurso de acusar de mojigatería a sus críticos. En el Reino Unido -según publica Lifesitenews.com-, el principal sindicato de profesores pide que se legalicen las relaciones sexuales con los alumnos mayores de 16 años. Y varias agencias de las Naciones Unidas -cuenta el blog católico The Friday Fax- han promovido un documento que defiende expandir «los servicios sanitarios sexuales y reproductivos» entre adolescentes, sobre una base de no discriminación a la «orientación sexual».
Lo inusual es encontrar en los grandes medios reportajes como el que publica el semanario estadounidense Newsweek, The Pornification of a Generation, sobre las consecuencias de la difusión de pornografía entre niños y adolescentes. Se está propagando una peligrosa confusión en ellos acerca de la naturaleza de las relaciones sexuales y, en general, de las relaciones hombre-mujer. Entre otras cosas, se les insiste machaconamente en la idea de que la mujer debe someterse a los deseos sexuales del varón.
El portal digital católico de noticias alemán Idea recoge, en la misma línea, preocupantes datos de diversos estudios sobre la difusión de la pornografía entre niños y su incidencia en la precocidad sexual y en diversas conductas delictivas (Wie Pornos die Jugend beeinflussen). La permisividad sexual debilita los vínculos familiares, causa de innumerables problemas sociales. En la raíz del problema, aparece esta dinámica: uno se enamora, tiene relaciones sexuales y se separa poco después. Pero hay otra dinámica que suele esconder el pensamiento políticamente correcto: la ingente cantidad de material erótico que consumen los niños en nuestras sociedades hipersexualizadas les está diciendo que el mundo es como una película pornográfica. En la pareja, el otro se reduce a un objeto para mi placer... De ahí a lo que se llama ahora violencia de género no hay siquiera un paso.
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