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Testimonios sobre Pío XII y su oposición al nazismo
Odiado por los nazis, amado por los judíos
El Papa Eugenio Pacelli, en contra de las críticas que recibe desde hace décadas, se opuso totalmente al nazismo y salvó la vida a cientos de miles de judíos, lo que le valió el aprecio de personajes como Einstein o Golda Meir. Lo han recordado, en las últimas semanas, tanto una Fundación judía como el Papa Benedicto XVI
Pío XII salió del Vaticano para visitar el barrio
romano de San Lorenzo, después
de los bombardeos de julio de 1943
La Fundación Pave the Way, de origen judío, acaba de publicar un libro con los testimonio de judíos que fueron salvados del Holocausto gracias a la intervención del Papa Pío XII. Para -como es su fin- «identificar los obstáculos al diálogo entre las religiones», han recogido documentos de los judíos salvados durante la Segunda Guerra Mundial por la Iglesia católica. Examinando el papado del Papa Pío XII, muestra también el odio que por él sentían los jerarcas nazis. Desmiente definitivamente a los propagandistas que lo han presentado como el Papa de Hitler.
Las primeras denuncias de Pacelli, muchísimo antes de ser Papa, contra Hitler, se remontan al año 1923. Entre 1917 y 1929, el futuro Papa dedicó 40 de sus 44 discursos públicos a denunciar la ideología nacionalsocialista. En una carta enviada en 1935 al cardenal Carl Joseph Sculte, Pacelli afirma que Hitler «es un falso profeta seguidor de Lucifer». En 1937, contribuye de manera decisiva, como Secretario de Estado del Papa Pío XI, a la redacción de la encíclica Mit brennender Sorge, en la que se denuncia el neopaganismo nazi.
Cuando, el 2 de marzo de 1939, Eugenio Pacelli fue elegido Papa, el Berliner Morgenpost, órgano del movimiento nazi, escribió que «la elección del cardenal Pacelli no es aceptada con favor por Alemania, pues siempre se ha opuesto al nazismo». Ya el 22 de enero de ese año, el periódico nazi Voelkischer Beobachter había publicado una foto del cardenal Pacelli y de altos representantes de la Iglesia católica, como «agitadores contra el fascismo y el nacionalsocialismo».
Incluso el semanario oficial de la Internacional Comunista, La Correspondance Internationale, dedicó un artículo al nuevo Pontífice, subrayando que «es una persona no grata a los nazifascismos». Según el periódico, «al llamar a suceder a aquel que había opuesto una enérgica resistencia a las concepciones totalitaristas fascistas, al colaborador más director de Pío XI», los cardenales habían realizado «un gesto demostrativo, poniendo en el gobierno de la Iglesia a un representante del movimiento católico de resistencia». Los periódicos judíos de las naciones libres saludaron con entusiasmo la elección, publicando amplios pasajes de sus intervenciones y subrayando el papel decisivo que tuvo en la redacción de Mit brennender Sorge.
Salvó a más de 700.000 judíos
Pío XII con oficiales católicos del ejército de Irlanda
y un camión de víveres donados al Vaticano
para que lo repartiera entre los damnificados
Para dar una idea de cómo se conoció la oposición vaticana al nazismo, el libro de Pave the Way publica una fotocopia de un artículo de Albert Einstein, aparecido en Time Magazine el 23 de diciembre de 1940, en el que el científico afirma que, tras la llegada del nazismo a Alemania, «sólo la Iglesia se mantuvo firme para detener el camino a las campañas de Hitler para suprimir la verdad». Einstein añadía: «Yo no he sentido hasta ahora ningún interés particular por la Iglesia, pero ahora siento por ella un gran afecto y admiración, pues la Iglesia por sí sola ha tenido la valentía y la perseverancia para defender la verdad intelectual y la verdad moral».
Por lo que se refiere a lo que Pío XII y la Iglesia hicieron para esconder y asistir a los judíos perseguidos por los nazis, el libro publica amplia documentación de los artículos, cartas y documentos de la Secretaría de Estado del Vaticano. Según el historiado Emilio Pinchas Lapide, antiguo Cónsul General de Israel en Milán, «la Santa Sede, los nuncios y la Iglesia católica salvaron de la muerte cierta entre 700.000 y 850.000 judíos». Entre los numerosos casos narrados, se ofrece la historia del doctor Guido Mendes y de su familia, que lograron huir primero a Suiza y luego a Palestina, gracias a la ayuda directa del Papa Pacelli. La historia fue publicada por el Jerusalem Post, en un artículo del 10 de octubre de 1958.
También mandó abrir las puertas de Castelgandolfo -ha relatado el director de las Villas Pontificias- para cobijar a los judíos que huían de las redadas. En su dormitorio, que cedió a las mujeres embarazadas, nacieron 50 niños.
El aprecio de los perseguidos judíos por Pío XII era tal que, cuando falleció, el 8 de octubre de 1958, el Zionist Record, el Jewish Chronicle, el Canadian Jewish Chronicle, el Jewish Post, el American Hebrew, junto a los rabinos de Londres, Roma, Jerusalén, Francia, Egipto, Argentina, así como casi todas las asociaciones judías, lloraron la pérdida de quien fue definido por Golda Meir como «un gran servidor de la paz».
Jesús Colina. Roma
Benedicto XVI, en la misa por el 50 aniversario de la muerte del Papa Pacelli
Actuó de manera secreta para salvar al mayor número de judíos
En Alemania, donde llevó a cabo su tarea de Nuncio Apostólico hasta 1929, dejó tras de sí una grata memoria, sobre todo por haber colaborado con Benedicto XV en el intento de detener 'la inútil masacre' de la Gran Guerra, y por haber advertido desde el principio del peligro que constituía la monstruosa ideología nacionalsocialista, con su perniciosa raíz antisemita y anticatólica.
Creado cardenal en diciembre de 1929, y nombrado Secretario de Estado poco después, durante nueve años fue fiel colaborador de Pío XI, en una época marcada por los totalitarismos, condenados en las Encíclicas "Non abbiamo bisogno", "Mit brennender Sorge" y "Divini redemptoris".
[Luego, en la Segunda Guerra Mundial], el Papa Pacelli ofreció su consuelo a evacuados y perseguidos, tuvo que secar lágrimas de dolor, y llorar las innumerables víctimas de la guerra. Cuando, con la ciudad ocupada, le aconsejaron repetidas veces que dejara el Vaticano para ponerse a salvo, su respuesta fue siempre idéntica y decidida: 'No dejaré Roma y mi puesto, aunque tuviese que morir'. Los familiares y otros testigos hablaron también de la falta de alimentos, calefacción, ropa y comodidades, privaciones a las que se sometió voluntariamente para compartir las condiciones de la gente.
Y ¿cómo olvidar el mensaje radiofónico navideño de 1942? Con la voz quebrada por la emoción, deploró la situación de los 'centenares de miles de personas, que, sin culpa alguna, a veces sólo por razones de nacionalidad o raza, están destinadas a la muerte o a un progresivo deterioro'.
A menudo actuó de manera secreta y silenciosa, precisamente porque, consciente de las situaciones concretas de ese complejo momento histórico, él intuía que sólo de ese modo se podía evitar lo peor y salvar el mayor número posible de judíos. Debido a estas intervenciones, recibió numerosas y unánimes pruebas de gratitud al final de la guerra, así como en el momento de su muerte, de las autoridades más relevantes del mundo judío, como, por ejemplo, el Ministro de Asuntos Exteriores de Israel Golda Meir, que así escribió: 'Cuando el martirio más espantoso ha golpeado a nuestro pueblo, durante los diez años de terror nazi, la voz del Pontífice se alzó en favor de las víctimas'.
La resistencia cristiana al nazismo
La otra Alemania

La encíclica Mit brennender Sorge llegó a Alemania y se imprimió de una forma completamente clandestina. Muchos ejemplares estuvieron escondidos en los sagrarios hasta que se leyó, en todas las iglesias, el Domingo de Ramos.
Pero la Iglesia católica ya había prevenido contra el nazismo mucho antes de su ascenso al poder. En 1923, el padre jesuita Rupert Mayer, uno de los sacerdotes más queridos de Munich, ya avisó de que un católico no podía ser nacionalsocialista. Y, entre 1931 y 1933, Fritz Gerlich editó un semanario profetizando la catástrofe que se cernía sobre Alemania. Esto tuvo su efecto, como demuestran los mapas que ilustran este artículo: arriba, las zonas de Alemania con mayor presencia de católicos (en rojo) son también donde menos se votó a los nazis en 1933 (abajo, en colores claros). Esta imagen fue presentada por el historiador afincado en Alemania don José M. García Pelegrín, que participó en Madrid en un coloquio sobre El «silencio» de Pío XII y los católicos ante el nazismo, organizado por la asociación CinemaNet.
No podían convivir
En el coloquio se proyectó la película Sophie Scholl, miembro de La Rosa Blanca, los estudiantes cristianos que distribuyeron panfletos contra el nazismo. Pelegrín, autor de un libro homónimo sobre el grupo, subrayó a Alfa y Omega que una característica de la resistencia cristiana es la intelectualidad: «Su posición no era tanto política, como de planteamiento de fondo». Entre las muchas barbaridades del nacionalsocialismo, con frecuencia se olvidan su odio y ataques contra el cristianismo. Ambas partes reconocían que sus perspectivas eran incompatibles: ausencia de Dios, neopaganismo y desprecio del hombre por un lado, y reconocimiento de su absoluta dignidad como hijo de Dios por otro.

En la formación de La Rosa Blanca influyeron mucho sus mentores, los filósofos y publicistas católicos Carl Muth y Theodor Haecker, a los que conocieron a través de la revista católica Hochland (Tierras altas), que, hasta 1941, criticó, mediante analogías históricas, el régimen nazi. Los boletines diocesanos eran otro instrumento de resistencia, dado que gozaban de un poco más de libertad, aun así muy limitada: dirigir el del Munich, por ejemplo, le costó a su director cuatro años en el campo de concentración de Dachau.
Las alocuciones de sacerdotes y obispos, como las famosas contra la eutanasia de monseñor Graf von Galen, son una forma de resistencia de los cristianos, aunque hubo otras. Organizar grupos de resistencia -explicó Pelegrín- es extremadamente difícil en un Estado totalitario, pero también existieron, tanto en el catolicismo (en La Rosa Blanca había varias confesiones, mas su trasfondo era católico) como entre los protestantes (como la Iglesia confesora, a la que estuvo vinculado Dietrich Bonhoeffer). También hubo cristianos que resistieron individualmente, como el católico Wilm Hosenfeld (el oficial alemán de El pianista), que salvó a muchos judíos, sacerdotes, y a todos los acusados ante el tribunal que presidía.
Esta resistencia no salió gratis. La Iglesia ha reconocido 354 mártires durante el nazismo. Sólo en Dachau estuvieron recluidos casi 2.800 clérigos, y la mitad fallecieron allí. Cuatro de los católicos que plantaron cara al nazismo ya han sido beatificados: los ya mencionados monseñor Graf von Galen y Rupert Mayer, jesuita, el austriaco Franz Jägerstätter y el sacerdote (ordenado clandestinamente en Dachau) Karl Leisner.
María Martínez
(con información de Rudolf Voderholzer, profesor de Teología de la Universidad de Trier)