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Lola Molina, misionera madrileña en Japón:
¡Kamisama wa aishiteiru!
Kamisama wa aishiteiru significa Dios te ama, en japonés. Es una de las frases preferidas en la lengua nipona que tiene más presente Lola Molina, madrileña que lleva diecisiete años de misión en el país del sol naciente
Una joven, al pie de la Virgen negra,
en la iglesia de Tsuruoka (Japón)
El Japón moderno es algo más que ordenadores y videojuegos. También es un país con una de las tasas de suicidio adolescente más altas del mundo. Hoy, igual que hace casi cinco siglos, cuando llegó el Evangelio por primera vez de la mano de san Francisco Javier, Japón sigue siendo tierra de misión. Lola Molina, madrileña, siguió las huellas del Patrono de las misiones y lleva diecisiete años allí anunciando el Evangelio. Cuenta que viajó por primera vez a Japón en 1991. Ése fue el año en que empezó la Misión familias y el seminario del Camino neocatecumenal en ese país: «Al principio -cuenta-, estuve en Yokohama, acompañando en la misión a dos familias, un presbítero y otras dos misioneras, ayudando a las familias, trabajando en la parroquia, dando catequesis a niños, visitando ancianos que no tenían a nadie; lo que podíamos y como podíamos, porque el japonés es muy difícil. Nos sentíamos como pioneros en el Oeste, era todo muy precario. Pero, poco a poco, fuimos aprendiendo el idioma y salimos adelante»
Su último destino en la misión es la isla de Sikoku, donde lleva ya ocho años: «Nuestra misión ha sido ir ayudando a quien lo necesita. Hay muchas japonesas que se acercan a nuestra casa, que vienen a hablar porque tienen problemas con sus hijos, con sus maridos... Vienen a nosotros, y eso que ellas no son cristianas. Al principio, les llamaba la atención cómo teníamos decorada la casa, nuestras comidas..., y poco a poco empezaron a abrirse, a contarnos que están solas, que no saben qué hacer con sus hijos, hay alguna que se ha divorciado varias veces, y se encuentran muy perdidas: ¿Por qué nadie me quiere? ¿Por qué no me dura el matrimonio? ¿Es que estoy mal hecha? Sienten como que hay algo que falla en ellas. Están muy destruidas. En Japón hay un problema de falta de comunicación muy grande, la gente no se cuenta sus problemas. Nosotras, poco a poco, empezamos a decirles que no, que no están mal hechas, que Dios las quiere, que tiene con ellas una historia importante. Principalmente, ellas se sienten escuchadas, que alguien las acoge, se sienten queridas. Si se sienten amadas, un poquito solo, entonces ven que todo no es tan terrible».
Merece la pena gastar la vida
Lola subraya la necesidad de la disponibilidad para ir descubriendo poco a poco cómo se va desarrollando la misión: «Es algo que va surgiendo, cada día aparecen cosas nuevas. Es necesario estar abiertos a cualquier cosa, a ir a los hospitales, ayudar a una madre que tiene muchos niños, visitar a los ancianos... Es todo lo que Dios quiera».
¿Qué es lo que hace que una española se vaya a un país tan distinto, con una cultura tan diferente, sin conocer el idioma? Lola cuenta: «Yo trabajaba en Renfe y tenía un sueldo estupendo y una vida bien montada, para mí toda. El Señor se valió de muchas cosas para llevarme a conocer su amor. Una vez escuché el testimonio de una mujer que había hecho una experiencia de itinerante de evangelización, y en ese momento pensé: Yo quiero eso. Esa mujer había estado sin comer, durmiendo en un parque..., y todas esas cosas que para mí eran terribles ella las contaba como una experiencia estupenda. Años más tarde, llegó un momento en que vi que mi felicidad estaba ahí, y me ofrecí para ir a la misión. Dejé el trabajo y la familia, y me metí en esta aventura, y hoy veo que es el mejor regalo que Dios me ha hecho: el poder servir de consuelo, por pequeño que sea, a quien lo necesita. Merece la pena gastar la vida en ello».
én de pequeños regalos del Señor, que la confirman en su vocación: «Una vez fuimos anunciando el Evangelio por las casas, y años después una pareja de ancianos se acercó a la parroquia diciendo que unas mujeres les habían visitado: Ahora estamos solos y mi mujer está enferma. Venimos porque nos han dicho que Dios nos quiere. Son cosas estupendas, detalles del Señor».
Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
Madrid, capital de la misión
1.524 misioneros en 81 países de todo el mundo: son los madrileños que lo han entregado todo por seguir a Jesucristo en la misión. Se puede colaborar con ellos enviando sellos usados, medicinas... al Consejo Diocesano de Misiones: calle General Zabala, 10 bis. 28002 Madrid. Tel. 91 531 34 87; e-mail: madrid@omp.es; web: www.archimadrid.es/misiones