Alfa y Omega > Nº 611 > Aquí y ahora
La voz del cardenal arzobispo
Ni aventureros, ni locos, ni románticos
Ésta es la Carta de nuestro arzobispo para el DOMUND de este Año Paulino 2008, que se celebra el próximo domingo, bajo el lema Como Pablo, misionero por vocación:
Un sacerdote distribuye la comunión, en la iglesia
de San Jorge, en el barrio Karrada de Bagdad
Este año, tras la experiencia misionera vivida en la Jornada Mundial de la Juventud de Sydney por muchos jóvenes madrileños allá, al otro lado del mundo, y que a tantos les ha hecho vibrar también desde aquí, ciertamente nos va a ser más sencillo a todos entender el valor de las misiones que la Iglesia realiza en todo el mundo, porque la Iglesia es, justamente, una y católica, misionera desde lo más hondo de su ser. El Papa Benedicto XVI, ya en el mismo inicio de su Mensaje para la celebración del DOMUND de este año, recuerda que «el mandato misionero sigue siendo una prioridad absoluta para todos los bautizados», y lo explica subrayando estas bellas palabras de su predecesor Pablo VI en la Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi: «Evangelizar constituye la dicha y la vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda».
Cuando hemos tenido la gracia de contemplar la labor inmensa y hermosa de los misioneros, que a lo largo de tantos años, y tantas veces tan duros, han realizado en países lejanos, nuestro convencimiento de que esta experiencia no puede caer en el olvido nos ayudará, sin duda, a vivir la Jornada Mundial por las Misiones de un modo más decidido y más intenso. Los misioneros no son aventureros, ni su trabajo es fruto de una locura o de un romanticismo ingenuo y pasajero. Son, por encima de todo, testigos de Jesucristo, que han conocido el amor de Dios, han creído en él y no pueden mantenerlo escondido; viven para el Señor, entregando a los hombres el tesoro más precioso que guardan en su corazón: la fe en Cristo Jesús. Son personas que se han encontrado con Jesús y han hecho de este encuentro toda una experiencia de vida.
Un día tuvo esta experiencia un perseguidor de los cristianos: Saulo. Dios le hizo ver una nueva luz, que transformaría su vida, su forma de pensar, su corazón. Y Pablo hizo de su existencia un seguimiento a esta llamada a ser apóstol, enviado al mundo entero.
Una misión recibida
La tarea de la evangelización no era para Pablo una cosa nacida simplemente de su voluntad; sabía que era un encargo, una misión recibida: Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. La misión, para él, es claramente una vocación, no añadida a la de su ser cristiano, sino enraizada en él, porque -en palabras del Concilio Vaticano II- «la vocación cristiana es, por su misma naturaleza, vocación al apostolado». Como Pablo, los misioneros hoy han de seguir exclamando: ¡Ay de mí si no predicara el Evangelio! Reconocen la debilidad de su condición humana, pero no se detienen en ello. Se fían de Dios. No son ellos los que cambian el corazón de los hombres, sino el mismo Cristo, pero Él no quiere hacerlo sin ellos. Por eso no cuentan los obstáculos, por grandes que sean, como hoy sucede en un mundo dominado por el laicismo y el relativismo, y donde en tantos lugares escasean las vocaciones. Benedicto XVI lo sabe bien, cuando dice en su Mensaje para este DOMUND 2008 que «es importante reafirmar que, aun en medio de dificultades crecientes, el mandato de Cristo de evangelizar a todas las gentes sigue siendo una prioridad», y que confía «en que no disminuya esta tensión misionera en las Iglesias locales, a pesar de la escasez de clero que aflige a no pocas de ellas».
Como Pablo, misionero por vocación: he ahí el modelo a seguir. Los misioneros no se van a tierras de misión por iniciativa personal; son enviados por la Iglesia, a través de sus pastores, para llevar el Evangelio de Jesucristo a lo largo y ancho del mundo. Es el Santo Padre, para la Iglesia universal, y cada obispo en su Iglesia particular quienes envían a estos hombres y mujeres a la hermosa tarea de la evangelización ad gentes, hasta los confines de la tierra. Y por eso, en su tarea apostólica, sienten el respaldo y el calor de la Iglesia entera. No se trata de individuos aislados, sino de cristianos que forman parte de un mismo cuerpo y que, por vocación, trabajan en la primera línea de la evangelización. Al evocar la gran figura de san Pablo, su recuerdo se transforma en acción de gracias, por tantos misioneros que han seguido, y siguen, sus mismos pasos; y se transforma también en oración de súplica al Señor, para que Él sea en todo momento y circunstancia su fuerza y su alegría, y para que el Dueño de la mies envíe más y más obreros a su mies. Siempre, y sobre todo en el Día de las Misiones por excelencia, hemos de rezar con y por nuestros misioneros. Necesitan de nuestra oración.
íses más lejanos, y cada día más urgentemente también en los más cercanos, aquí mismo, en España, en Madrid, es preciso anunciar, con la misma frescura de los comienzos de la Iglesia, la esperanza inmensa del Evangelio de Jesucristo, y para ello hace falta que especialmente los jóvenes respondáis con generosidad a la llamada que sin duda os hace el Señor.
+ Antonio Mª Rouco Varela