Alfa y Omega > Nº 611 > Desde la fe
En el Día de la Hispanidad
América, la Cruz y los derechos humanos
El maltrato a los indios por parte de los españoles en el descubrimiento de América es una de las leyendas negras más injustas que se han colado de tapadillo por los entresijos de la Historia. Don Ángel Gutiérrez, catedrático de Filosofía, desmonta, en este artículo, el mito de la conquista violenta y hace un repaso del avance que supuso, tanto para los pueblos descubiertos como para Occidente, el encuentro con el Nuevo Mundo
Imagen de Cristo crucificado (Brasil)
España fue de los pocos lugares, por no decir el único, en los que el mismo poder real favoreció y promovió el trato justo y humanizado a los indios. La nueva situación fue propicia para que comenzara a emerger un nuevo humanismo, en el que tanto tuvieron que ver Erasmo y los denominados novohispanos, sin olvidarnos de Tomás Moro, que tomó como fuente de inspiración las descripciones idílicas de estas tierras y el natural bondadoso de sus habitantes, o el mismo Rousseau, que en el Emilio hace una exaltación de los valores naturales del salvaje perfecto, que tanto han influido en los sistemas educativos de todos los tiempos.
El campo antropológico se vio fecundado, sin duda, con una savia nueva, que hizo posible la aparición de lo que podríamos llamar la antropología americana, diseñada en gran parte por la Escuela de Salamanca, y que sirvió para que, con singular acierto, se fuera precisando y matizando el concepto de persona que tanto juego iba a dar en la filosofía posterior, sobre todo a la hora de clarificar los derechos humanos. Partiendo del convencimiento de que todos compartimos la misma dignidad de la persona es como posteriormente se pudo llegar a la Declaración Universal plasmada en la Carta de las Naciones Unidas. La Escuela de Salamanca, inspirada en el humanismo cristiano, siempre estuvo al lado del indio defendiendo su dignidad personal. Todos somos hijos del mismo Padre-Dios. La condición de seres humanos era de donde habría que partir a la hora de hablar de un trato justo a los indios; ella habría de ser la base de una fecunda filosofía jurídica destinada a clarificar los derechos y deberes de unos y otros.
La Escuela de Salamanca, con Francisco de Vitoria a la cabeza, trató de dar solución a temas prácticos de palpitante actualidad que no podían esperar. Los apuntes y anotaciones de este genial filósofo dominico estaban llamados a ser los puntales de una filosofía política de alcance internacional, que le consagraría como el padre del Derecho internacional. Él fue el promotor de unos principios fundamentales garantes de los derechos naturales de los indios, situados por encima incluso de la autoridad de los reyes de España. Todo ello supone una aportación importante en el campo de la Filosofía del Derecho, como el tiempo se encargó de demostrar.
Pionero del Derecho de gentes
Mapa de Juan de la Cosa,
el primero en el que aparece el continente americano
El siglo XVI, cuando Vitoria escribe, es el tiempo en el que se están generando en Europa importantes transformaciones y en el que España ostenta el cetro político y también intelectual. Hombres como él asumieron el reto de plasmar una nueva concepción filosófico-política capaz de hacer viable la nueva situación originada con el descubrimiento de América. El emperador, por muy emperador que fuera, no era el dueño del orbe, y ni siquiera el Papa podía ejercer su autoridad temporal o espiritual sobre todo el mundo. Estas ideas, que hoy parecerían normales y de uso corriente, no lo eran en aquel tiempo, dominado por ideas absolutistas. Hubo que esperar mucho tiempo para que fueran abriéndose paso. Al fin, la proclamación de los derechos humanos en el siglo XX y la creación de los sistemas de protección de los individuos vendría a dar la razón a este pionero del Derecho internacional.
La genialidad del sistema político ideado por Vitoria descansa en la igualdad humana: ésta fue la idea fundamental de la antropología de la escuela salmantina. Precisamente por estar fundamentado en la universalidad de la naturaleza, el Derecho de gentes inaugurado por Vitoria estaba llamado a ser la base por la que se deberían regular las relaciones entre los pueblos. Este alumbramiento de Vitoria bien podría ser uno de los más originales y fecundos de la filosofía política que pudo coexistir con la idea de cristiandad.
Ángel Gutiérrez Sanz
No olvidemos el humanismo cristiano
Bautismo de indígenas por misioneros dominicos
El encuentro iberoamericano, desde el punto de vista filosófico e intelectual, fue fecundo para América, sin duda. La razón comenzó pronto a dar muestras de que es un tipo de semilla capaz de germinar en cualquier suelo, por eso se ha podido decir que la filosofía tiene muchas patrias. Por eso también su siembra en suelo americano alimentaba la esperanza de ver florecer un día sazonados frutos. Ya en tiempos del descubrimiento se dieron los primeros atisbos de que esto podía ser así; ejemplo de ello lo tenemos en el inca Garcilaso de la Vega, quien nos ofrece un fundado razonamiento para la armónica convergencia, y no fue el único. Sus Comentarios reales bien pudieran haber sido una expresión más del balbuceo incipiente del pensamiento iberoamericano.
Si existe o no una filosofía específicamente iberoamericana como fruto de aquella semilla esparcida hace cinco siglos, es una de esas cuestiones que es preciso tratar con mucha honestidad intelectual, y más aún a la hora de definir cuáles son los rasgos características de la misma. Leopoldo Zea, uno de los grandes pensadores de estas tierras, asume el pensamiento iberoamericano, pero sin caer en extremismos. Su postura se mantiene equidistante del europeismo y del indoamericanismo. Del primero le separa su vinculación a los elementos y componentes precolombinos todavía presentes, dicho sea de paso, en la realidad iberoamericana; del segundo no le gusta el rechazo frontal a todo lo que haga recordar la presencia de España en estas tierras. La dirección escogida por el filósofo mejicano nos hace abrigar fundadas esperanzas de que por este camino se puede conseguir no sólo revitalizar el pensamiento iberoamericano, sino también el europeo. Y, del mismo modo que en América se ha venido contando con el pensamiento europeo, se cuente también con las aportaciones del pensamiento iberoamericano. Me parece acertada la propuesta del filosofo peruano David Sobrerilla, en orden a los pasos a seguir de la filosofía iberoamericana: asimilar la filosofía occidental; someterla a crítica; y replantear el saber filosófico teniendo en cuenta la situación especial de América. Ni ensimismamiento, ni alteración, que diría Luis Villoro. En cualquier caso, olvidarse del humanismo cristiano como elemento inspirador sería tanto como hacer traición a sus raíces.
Contra la leyenda negra: ni culturicidio, ni violencia
Colón pisa por primera vez el Nuevo Mundo
El encuentro con el Nuevo Mundo es uno de los más grandes acontecimientos en la historia de los hombres. Como tal, llamado estaba a tener repercusiones de gran alcance, y así fue. El descubrimiento de unas lejanas tierras allende los mares representa el final de una época y el comienzo de otra que habría de estar presidida por el entendimiento de dos civilizaciones, la del viejo continente europeo y la del continente americano. Ello significó mucho en el ámbito artístico, económico-social; muchísimo en el aspecto religioso, y también tuvo su significado -¿cómo no?- en la esfera del pensamiento.
Es cosa clara que España sirvió de puente para que en América entrara lo mejor de la filosofía europea, que en aquellos tiempos era tanto como decir conocimiento científico en general, toda vez que filosofía y ciencia por esta época eran la misma cosa. Obligado es recordar que, entre la mentalidad de los colonizadores que llegaron de España a América y la de los indígenas que poblaban estas tierras, había una distancia abismal que hacía muy difícil el diálogo entre las dos culturas. Sabido es que la razón filosófica y la imaginación mitológica hablan lenguajes diferentes, y uno de los dos debía prevalecer. Por más que se diga, el que se impusiera el logos sobre el mitos, no fue ninguna desgracia para nadie. El hecho de que en estas tierra comenzara a florecer la semilla de la filosofía cristianizada, sembrada por los españoles, fue un hecho cultural de primerísima magnitud, como en su día lo fue también en tierras del Occidente cristiano, en el mundo musulmán o en el mundo judío.
El pensamiento mítico animista no hace avanzar en el conocimiento de la realidad, porque no se acomoda a ella, por lo que se hace preciso recurrir a la razón. Con imaginarse la realidad, tal como hacían los indígenas de estas tierras, poco o nada se podía adelantar; lo que se necesitaba, y se sigue necesitando, es llegar a explicar las cosas y descubrir su porqué, penetrar en la entraña de la misma realidad. Por eso, el rigor filosófico y el espíritu científico importados desde Europa fueron determinantes en el desarrollo cultural del continente americano. Lejos de ser un culturicidio, la colonización supuso una aportación altamente positiva, se mire por donde se mire; ni siquiera sería justo hablar de violencia culturizadora, porque no fue la razón de la fuerza la que se impuso, sino la propia fuerza de la razón.
Se hace preciso reconocer que el desarrollo intelectual y filosófico de los pueblos americanos se vio favorecido por la presencia de los religiosos españoles en estas tierras, y que ellos fueron los portadores de los mejores gérmenes intelectuales y espirituales de la época. ¿O es que vamos a creer que, si la colonización no se hubiera producido o se hubiera retrasado, ello hubiera supuesto una ventaja cultural para América? Lo razonable es pensar que, si América hubiera permanecido encerrada en sí misma, su despertar al mundo de las ideas y al desarrollo técnico hubiera sufrido un gran retraso, y lo mismo sucede en el aspecto religioso.