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Grandes mujeres en la vida de santa Teresa de Jesús
Fémina inquieta y andariega
No se entiende a santa Teresa sin una larga cadena de mujeres que la acompañaron. Las autoras de este artículo, grandes divulgadoras de santa Teresa (su último libro es Arca de las tres llaves. La reforma de santa Teresa, editado por Homo Legens), las recuerdan en el día, 15 de octubre, de la santa más universal que ha dado al mundo España


Santa Teresa de Ávila,
retratada por fray Juan de la Miseria
Fémina inquieta y andariega. Así definió el nuncio Felipe Sega a Teresa de Jesús, la mujer que, en pleno siglo XVI, conmocionó el mundo religioso, dando vida a un movimiento acuñado con su propio nombre: Reforma Teresiana. Otras mujeres, encubiertas por el velo del anonimato, fueron sus grandes apoyos, quienes la ayudaron a ser lo que fue.
Primero y de forma indeleble, marcó su infancia y su carácter su madre, Beatriz de Ahumada, cuya pérdida a muy temprana edad sustituyó la pequeña Teresa por quien sólo podía hacerlo: la Virgen María, que en su advocación de La Caridad amorosamente contempló, cuando ante Ella se arrodilló a suplicarle llorosa que, desde entonces, fuese su madre. Después, tras los inciertos pasos adolescentes, cuando su padre la recluyó como educanda en el monasterio de Nuestra Señora de Gracia, otra gran mujer apuntaló su camino hacia la vida religiosa: María de Briceño, la monja agustina que fue su tutora. El paso a convertirse en carmelita calzada lo marcó su amiga de juventud Juana Suárez, que había profesado en el monasterio de la Encarnación de Ávila y la animó a abrazar la vida de retiro.
Pero entre sus afectos más profundos destaca Guiomar de Ulloa, que, en momentos muy difíciles, la apoyó sin límites y fue su amiga del alma. La conoció en la plenitud de su vida, cuando ya había superado sus veinte años de lucha entre el mundo y Dios a favor del Creador, que ya sería su único Amor. Esta noble y joven dama, que desde su viudedad había trocado las fastuosas fiestas en las que relució por sus caprichos y su belleza por el árido cultivo de la vida interior, congenió al instante con Teresa, que entonces buscaba entre los jesuitas un nuevo confesor y un lugar de retiro para alejarse un tiempo de las duras críticas y del revuelo de las casi doscientas monjas que convivían en el monasterio de la Encarnación. Guiomar solucionó rápidamente ambos problemas: la presentó a su propio confesor y la ofreció su casa-palacio como lugar de retiro. Tres años compartieron la cotidianidad de sus vidas y, gracias a ella, conoció Teresa a quien entonces era considerado un santo en vida: fray Pedro de Alcántara, que avaló su alto vuelo espiritual.

Cocina del monasterio de San José, en Ávila
En 1560, Guiomar se enfrentó a todos los estamentos de la ciudad y arriesgó su nombre y su ya escasa fortuna para apuntalar el sueño de Teresa: la construcción de un humilde convento donde rebrotasen la austeridad, la pobreza y la clausura, que sucesivas Bulas habían mitigado y que ella ya sentía inherentes a la vida religiosa. Fue ella quien, de palabra y de hecho, avaló el proyecto teresiano ante las autoridades pertinentes y quien solicitó a Roma los permisos para fundar el que sería cuna de la descalcez carmelita: el convento de San José de Ávila. A su nombre llegó el emblemático Breve papal autorizando la fundación del que, andando el tiempo, sería buque insignia de la Reforma Teresiana. Ese pergamino guarda entre sus líneas el broche de oro de una amistad excepcional, forjada en la unión fraterna ante las dificultades de la vida, y acrisolada en la lucha por un ideal compartido. La gran santa castellana reflejó este incondicional apoyo manifestando que Guiomar había creído en ella «más que yo misma». Finalmente, el proyecto común llegó a buen puerto el 24 de agosto de 1562, día en que se fundó el convento de San José de Ávila, y sus vidas se separaron. La clausura por la que tanto habían luchado impuso distancia.
Entonces, otras mujeres, sus hijas carmelitas descalzas, tomaron el testigo; otras voces la animaron, otros brazos la sostuvieron... María de San José, Ana de Jesús, Isabel de Santo Domingo, María de San Jerónimo, María Bautista y tantas otras insignes carmelitas que siguieron los pasos de Teresa de Jesús. Entre todas, resalta la Beata Ana de San Bartolomé, que fue su compañera inseparable el último quinquenio de su vida: su secretaria, su enfermera, su confidente, y en cuyos brazos quiso esperar la muerte y partir al soñado encuentro con su Amado. Ana de San Bartolomé fue el último eslabón de la larga cadena de mujeres que marcaron el trayecto vital de esta fémina inquieta y andariega, nuestra santa más universal.
Belén Yuste y Sonnia L. Rivas-Caballero
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