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4 de noviembre: elecciones presidenciales en Estados Unidos
Y democracia para todos
Esta distendida imagen de los dos candidatos presidenciales norteamericanos con el cardenal Egan, arzobispo de Nueva York, en la tradicional cena preelectoral benéfica de la archidiócesis, puede inducir a engaño sobre el papel que ha jugado la Iglesia en la vida pública de Estados Unidos durante el último año. Los católicos, y en particular los obispos, han hablado muy claro, sin condescendencias, sobre los principios que deben orientar el voto. Y no han temido entrar en confrontación con algún candidato... En la democracia estadounidense, no hace falta abdicar de las propias convicciones

La democracia americana no nació de la Revolución Francesa, y no es sencillo para un partido manipular la soberanía popular. Las instituciones están protegidas frente a caprichos e ingerencias. Además, el sistema electoral obliga a los candidatos a pelear durante meses Estado por Estado... La política se hace de abajo a arriba. Cualquier grupo organizado puede hacerse escuchar, sin que nadie se atreva a repartir certificados de buen o mal demócrata... En décadas pasadas, tomaron la delantera en la calle los grupos antibelicistas y feministas, pero hoy las grandes movilizaciones, al margen de coyunturas, son en defensa de la familia y de la vida. Estas semanas, por ejemplo, hasta el próximo 2 de noviembre, se celebra en 170 ciudades del país la campaña 40 Días por la Vida, con diversos actos públicos, ayuno y oración en defensa del niño no nacido.
Las comunidades religiosas no están excluidas del debate, pese a la tajante división Iglesia-Estado. Al contrario, son cortejadas por los candidatos. Ha habido, eso sí, complicidades históricas: entre los protestantes anglosajones y el Partido Republicano, y entre los católicos de origen italiano e irlandés y el Partido Demócrata. Pero los lazos se han debilitado mucho, hasta el punto de que los republicanos Reagan y George W. Bush consiguieron ganar el voto católico. Lo ha propiciado el viraje de los demócratas hacia posiciones de moral relativista, que también les ha alejado de sus antiguas bases trabajadoras, cuyo lugar ocupan ahora los profesionales liberales de las dos costas. «Ya no es el partido que ayudó a nuestros padres y abuelos inmigrantes a integrarse y a prosperar en la sociedad americana», se lamentaba hace unos días en el diario de la Conferencia Episcopal Italiana, Avvenire, el arzobispo norteamericano Raymond Burke, recién nombrado por el Papa Prefecto del Supremo Tribunal de la Signatura Apostólica.
Ningún demócrata se ha atrevido a acusar al arzobispo Burke de ingerencia. Ni a él, ni a ningún otro. Y eso que, desde la publicación, en noviembre de 2007, del documento del episcopado norteamericano Formando conciencias para ser ciudadanos fieles, ha habido centenares de pronunciamientos episcopales, individuales y colectivos, incidiendo en el carácter no negociable del respeto a la vida a la hora de dar el voto, junto a otras preocupaciones situadas un escalón más abajo, fundamentalmente de índole social.
No sienta bien a los demócratas esa diferenciación. El candidato demócrata a la Vicepresidencia, Joe Biden, y su correligionaria, la Presidenta del Congreso, Nancy Pelosi, ambos católicos, afirman que su fe es compatible con el derecho a decidir sobre el embarazo. Y los obispos no se han callado. «Cualquiera que se atreva a defender que algunos pueden ser asesinados legítimamente debido a que otro ser humano elige hacerlo, o por cualquier otra razón, igualmente ridícula, no puede ser líder en una democracia civilizada», respondió el cardenal arzobispo de Nueva York.
Pero algunos católicos prefieren obviar estos puntos. Lo explica, en la revista Newsweek, el biógrafo de Juan Pablo II George Weigel: dan por perdida la batalla del aborto -además, tampoco se fían mucho de los Republicanos-, y se concentran en batallas más fáciles de ganar, como la lucha contra el recorte de derechos civiles en nombre de la guerra contra el terrorismo. Creen también que, al transigir en algunos asuntos, obtendrán concesiones más adelante, y lograrán que Obama modere sus ideas antivida. En tono irónico, el arzobispo de Denver, monseñor Charles Chaput, les desea buena suerte. «Van a necesitarla», dice.
Ricardo Benjumea