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Fe y vida pública

«En esta tierra de libertad religiosa, los católicos han encontrado no sólo la libertad para practicar su fe, sino también para participar plenamente en la vida civil, llevando consigo sus convicciones morales a la esfera pública, cooperando con sus vecinos a forjar una vibrante sociedad democrática»: así les decía Benedicto XVI a los estadounidenses, en su viaje del pasado mes de abril, durante la homilía de la Misa que celebró en el Yankee Stadium, de Nueva York; les invitaba a «rechazar la falsa dicotomía entre la fe y la vida política, pues, como ha afirmado el Concilio Vaticano II, ninguna actividad humana, ni siquiera en los asuntos temporales, puede sustraerse a la soberanía de Dios». Es un hecho, que contrasta elocuentemente con la vieja Europa que se avergüenza de sus raíces cristianas, la libertad con la que los norteamericanos reconocen y se refieren a Dios, introduciendo en los discursos políticos, sin complejo alguno, argumentos morales basados en la fe cristiana. El Papa lo sabía bien cuando, ya en la ceremonia de bienvenida, en la Casa Blanca, se dirigía así al Presidente Bush: «Confío en que los americanos encuentren en sus creencias religiosas una fuente preciosa de discernimiento y una inspiración para buscar un diálogo razonable, responsable y respetuoso en el esfuerzo de edificar una sociedad más humana y más libre». El mensaje no puede ser más actual ante las inminentes elecciones presidenciales en Estados Unidos, y trasciende, desde luego, sus fronteras.
Durante el vuelo hacia Washington, los periodistas recordaron a Benedicto XVI cómo había resaltado, al recibir en el Vaticano a la nueva embajadora norteamericana, el valor positivo del «reconocimiento público de la religión en Estados Unidos», y le preguntaron si «considera que éste es un modelo posible también para la Europa secularizada», a lo que el Papa respondía: «Desde luego, en Europa no podemos simplemente copiar a Estados Unidos; tenemos nuestra historia. Pero todos debemos aprender unos de otros». Y añadió: «Lo que me encanta de Estados Unidos es que comenzó con un concepto positivo de laicidad... Así nació un Estado voluntariamente laico: eran contrarios a una Iglesia de Estado. Pero el Estado debía ser laico precisamente por amor a la religión en su autenticidad, que sólo se puede vivir libremente». No se le ocultaba al Papa que, «actualmente, también Estados Unidos sufre el ataque de un nuevo laicismo, totalmente diverso», pero en cualquier caso seguía sosteniendo que «hoy el fundamento, el modelo fundamental, es digno de ser tenido en cuenta también en Europa».
Hemos de aprender, ciertamente, unos de otros. Y todos, de la única Verdad que nos hace realmente libres. Cualquier debilidad en este aprendizaje, ¡y cuánto más avergonzarse de él, y hasta contradecirlo, como vemos en nuestra vieja Europa!, no puede llevar más que a todo tipo de degradaciones, comenzando por la muerte de la misma democracia, es decir, de la libertad. Lo advertía el Papa a los obispos de Estados Unidos en el diálogo que mantuvo con ellos: «Si se quiere dar crédito a los sondeos, el pueblo americano es profundamente religioso. Pero no es suficiente tener en cuenta esta religiosidad tradicional y comportarse como si todo fuese normal, mientras sus fundamentos se van erosionando lentamente». Y mostró cómo «el tipo de secularismo de América plantea un problema particular: mientras permite creer en Dios y respeta el papel público de la religión y de las Iglesias, reduce sutilmente, sin embargo, la creencia religiosa al mínimo común denominador». ¿Resultado? «Una separación creciente entre la fe y la vida: el vivir como si Dios no existiese». Y ya hemos visto sobradamente, cuando esto se establece en la vida política, hasta qué abismo de abyección llega a degradarse el poder y a quebrantarse la misma sociedad. No dudó el Papa en decirlo al día siguiente, en su homilía de la Misa en el Nationals Stadium de Washington: «Percibimos signos evidentes de un quebrantamiento preocupante de los fundamentos mismos de la sociedad: signos de alienación, ira y contraposición en muchos contemporáneos nuestros; aumento de la violencia, debilitamiento del sentido moral, vulgaridad en las relaciones sociales y creciente olvido de Cristo y de Dios».
No es irrelevante, ¡en ningún modo!, la fe para la vida pública. En las leyes que rigen la vida social y en el comportamiento personal de los legisladores, en los candidatos a las elecciones políticas y en los votantes, en quienes ostentan cualquier autoridad y en todos los ciudadanos de a pie. «La libertad auténtica -les dijo Benedicto XVI a los educadores en Washington- jamás puede ser alcanzada alejándose de Dios». ¡Pobre libertad la de quien no tiene más luz que su propia ceguera! Por el contrario -¡puede verse en el precioso testimonio de la exposición en Bruselas El realismo de Gaudí y la esperanza de Europa, que ofrecemos en las páginas centrales de este número!-, la libertad, y la vida entera, resplandece cuando se abre al único señorío verdadero, el de Dios. Los americanos, hoy y siempre, ¡y no digamos los europeos!, necesitamos recuperar esa verdad liberadora, que llegó al Nuevo Mundo, precisamente, de la mano de los europeos, y de modo tan especial de los españoles, «la convicción de que los principios que gobiernan la vida política y social están íntimamente relacionados con un orden moral, basado en el señorío de Dios Creador», justamente el que, lejos de esclavizar, otorga el señorío de todo hombre -no en vano creado a su imagen y semejanza- sobre la   creación entera.
Sin eliminar a nadie
El pasado 12 de octubre nació en Sevilla el primer bebé seleccionado para curar a su hermano, que sufre una enfermedad hereditaria. Mediante la técnica utilizada, el diagnóstico genético preimplantacional, los embriones obtenidos a través de la fecundación in vitro son examinados para seleccionar aquellos que no sean portadores del factor genético que puede dar lugar al desarrollo de la enfermedad heredada. Entre los seleccionados, se implantan en el útero materno aquellos embriones que presentan el perfil de compatibilidad genética más adecuado con el hermano enfermo. Los demás son destruidos o congelados.
Conviene aclarar las implicaciones morales que no han sido señaladas estos días. Se ha puesto el énfasis en la feliz noticia del nacimiento de un niño y en la posibilidad de la curación de la enfermedad de su hermano. Expresada así, la noticia supone un motivo de alegría para todos. Sin embargo, se ha silenciado el hecho dramático de la eliminación de los embriones enfermos y eventualmente de aquellos que, estando sanos, no eran compatibles genéticamente. El nacimiento de una persona humana ha venido acompañada de la destrucción de otras, sus propios hermanos, a los que se les ha privado del derecho fundamental a la vida.
Se ha calificado el hecho como un éxito y un progreso científico. Sin embargo, someter la vida humana a criterios de pura eficacia técnica supone reducir la dignidad de la persona a un mero valor de utilidad. Los hermanos a los que se les ha privado del derecho a nacer han sido desechados por no ser útiles desde la perspectiva técnica, violando así su dignidad y el respeto absoluto que toda persona merece en sí misma. Por su parte, el hermano que finalmente ha nacido ha sido escogido por ser el más útil para una posible curación. Se ha conculcado su derecho a ser amado como un fin en sí mismo y a no ser tratado como medio instrumental de utilidad técnica.
Secretaría General de la Conferencia Episcopal Española
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