Alfa y Omega > Nº 612 > Aquí y ahora
Don Jaime Mayor Oreja, Vicepresidente del Grupo Popular en el Parlamento europeo:
«La crisis sólo se superará con un cambio de actitudes»
Lo primero es decir la verdad a los ciudadanos, advierte don Jaime Mayor Oreja, que acaba de participar en un encuentro, en Rumanía, con la Iglesia ortodoxa: «No estamos ante una crisis cualquiera», y sólo podremos superarla desde la cultura del esfuerzo y con «la actualización de nuestros valores y principios de raíces cristianas». En esa labor, hoy tan necesaria, el eurodiputado echa de menos el ejemplo de los propios cristianos, incapaces de dar testimonio creíble
Don Jaime Mayor Oreja, el pasado 16 de octubre,
en la XI Conferencia para el Diálogo entre la Iglesia
ortodoxa
y el Grupo Popular Europeo
de Demócratas Cristianos
Ha dicho usted que «la crisis económica solapa y esconde otra crisis que, además, en buena medida, constituye su causa y origen»: una crisis de valores. ¿Se refiere usted a las prácticas de la banca de inversión? ¿A la especulación financiera e inmobiliaria? ¿O hay actitudes de las que, por decirlo así, todos, en alguna medida, somos responsables?
Ciertamente, cuando se vive por encima de las posibilidades de uno, cuando se gasta más de lo debido, cuando la ficción y la especulación -características intrínsecas del dinero- presiden también nuestros comportamientos, y a veces nuestros ingresos económicos; cuando siempre quieres más y más, y nunca parece que tienes -en todos los ámbitos de tu vida- lo suficiente..., estás no sólo explicando lo más sustancial de esta crisis económica y financiera, sino que estás describiendo una crisis de valores. En este sentido, todos, o al menos una mayoría, somos responsables, en términos morales, de lo que está sucediendo. La responsabilidad política es otro concepto y, evidentemente, tiene otros destinatarios.
Benedicto XVI ha hablado de la necesidad de construir sobre roca sólida. Adenauer, De Gasperi o Schuman estarían de acuerdo con él, ¿pero y los actuales dirigentes europeos? ¿Es el euro una roca suficientemente sólida sobre el que construir nuestro proceso de integración, o es preciso buscar o recuperar otros cimientos?
El euro constituye un avance, un símbolo en el proceso de construcción europea. Es, sin duda, una piedra básica de la construcción europea. Su fortaleza será una condición necesaria, pero no suficiente, para afrontar esta crisis.
Considero que esta crisis, cuyas consecuencias todavía son impredecibles, no es una crisis cualquiera; no es otra crisis más... Creo que, en nuestras sociedades, se ha producido un cierto desequilibrio. Intuyo que lo más importante en las próximas décadas radicará en la necesidad de un cambio de actitudes y de comportamientos. La cultura del esfuerzo y la cultura de la comodidad tendrán que equilibrarse más. Una cosa es apreciar o valorar el dinero, y otra, caer en su idolatría. El cuento de La cigarra y la hormiga adquiere plena actualidad en los tiempos que corren, y tendríamos que saber sacar las consecuencias oportunas. Necesitamos, al mismo tiempo, más certezas, convicciones, y certidumbres. Es curioso cómo buscamos en estas fechas a expertos y analistas económicos y financieros, como si esta crisis tuviera solución exclusivamente con medidas técnicas de carácter económico, sin que hasta la fecha casi nadie quiera entender que la raíz de la solución está y estará en la modificación de las actitudes personales que presiden nuestra sociedad.

La crisis demográfica, que usted ha mencionado en alguna ocasión como síntoma de una crisis de valores, es percibida por muchos, sin embrago, como un rasgo poco menos que inherente al progreso de nuestras sociedades, igual que el avance del divorcio, el aborto o la eutanasia... Si ni siquiera nos ponemos de acuerdo en asuntos tan elementales como éste, ¿qué futuro común podemos construir los europeos?
Lo primero que tenemos que hacer es diagnosticar lo que nos sucede, y no es fácil. Hay quienes se atreven a comparar aquella crisis de 1929 con la que estamos viviendo hoy. No hace falta insistir en que la historia de Europa, tras la crisis vivida en el 29, fue una tragedia, pero al menos, en cualquier caso, debemos saber extraer hoy algunas enseñanzas. Una crisis económica tan profunda como la que vivimos conlleva siempre mayores desequilibrios y conflictos sociales, y, en estas condiciones, surgen movimientos políticos y sociales extremos. Ésa fue la historia de Europa, que nos recuerda que, en estas situaciones de crisis, se crean lagunas, huecos y vacíos, que por su propia naturaleza tienden a llenarse, a completarse. Esos vacíos son rellenados por ideologías extremas y radicales, como en los años 30 en Europa después de la crisis, o somos capaces, con la participación de muchos, de completar esos huecos desde el esfuerzo de la actualización de nuestros valores, convicciones y principios de raíces cristianas. Desde luego, el relativismo no será un elemento que ayude a afrontar esta crisis...
También ha dicho usted que, para que la aportación de los católicos a la vida pública sea eficaz, debemos superar la falta de convicción, la debilidad de los valores propios, la cobardía... ¿Por qué nos atenazan tantos miedos?
No es fácil la respuesta, pero probablemente es nuestra falta de fe el elemento esencial que explica tantos miedos y complejos. A veces, el ejemplo que damos los propios cristianos es, indudablemente, el peor de los posibles. Falta de caridad en nuestras propias relaciones personales, y tampoco ayuda la separación de las Iglesias cristianas, hoy, en la Unión Europea, o los celos que unas tienen de las otras, como he podido observar en Iasi (Rumanía), en el encuentro anual que celebramos con las Iglesias ortodoxas. Tenemos que ser capaces los cristianos de dar otro testimonio diferente del que damos hoy. Para empezar, cambiando nosotros mismos de actitud. ¿Cómo podemos pretender que los valores de raíces cristianas completen los huecos y las lagunas, que una crisis tan profunda como la que vivimos va a generar, si no somos capaces de dar ejemplo nosotros mismos? Si no somos generosos, si nos separamos por cuestiones tácticas más que los demás, si a veces incluso nos caracterizamos por la intriga y la capacidad de hablar mal unos de otros..., ¿qué vamos a aportar al conjunto de nuestra sociedad?
A la hora de la verdad, en esta crisis, se ha echado en falta más Europa y menos actuaciones al margen o incluso en perjuicio del resto...
Indudablemente, se ha echado en falta más Europa. Siempre repito que tenemos que saber alejarnos de una Europa virtual para acercarnos más a una Europa real. Claro que falta un trecho para alcanzar esa Europa real que los europeos necesitamos, pero para ello, además de ambición, hará falta reencontrar valores, principios y convicciones. Este trecho nos obligará a los políticos europeos a entrar en la cultura política del esfuerzo. Hará falta que nos atrevamos a decir la verdad a los europeos y tendremos que pedir sacrificios si queremos completar la Unión Europea. Los políticos no podemos seguir siendo esclavos de las encuestas de opinión, como si nuestra única obligación fuera decir lo que la sociedad quiere escuchar. Tenemos una primera prueba de fuego en esta crisis económica sin parangón en nuestra generación. Los políticos no sólo tenemos que parecer como magos que decimos que vamos a resolver esta crisis. Fundamentalmente, tenemos que pedir un cambio de actitudes, condición indispensable para afrontar con éxito la crisis.
«El cuento de La cigarra y la hormiga adquiere plena
actualidad», dice el señor Mayor Oreja. Debemos
también aprender de la Historia, de la crisis de 1929:
«En estas situaciones, se crean vacíos que son
rellenados por ideologías radicales, o somos capaces
de completar esos huecos desde el esfuerzo
y la actualización de nuestros valores, convicciones
y principios de raíces cristianas»
¿Y España? ¿Qué incidencia cree que puede tener esta crisis en otros procesos a los que asistimos aquí desde hace años, como la creciente insolidaridad regional, o los ataques contra la familia y los valores religiosos y morales que han conformado históricamente la nación?
En España, sucede lo mismo que en la mayoría de los países europeos. Pero, una vez más, la exageración sigue siendo nuestro principal cáncer. Sucede lo mismo que en los demás, pero exageradamente. Si en la mayoría de los países europeos, además de la crisis económica, se solapa una crisis de valores, en España hay que añadir una tercera: la crisis nacional, de Nación. En el fondo, es una expresión más de la crisis de valores, pero tiene entidad propia y puede ser destacada y singularizada. Por eso, el Gobierno de Rodríguez Zapatero aplica una terapia radicalmente equivocada: a más crisis, más relativismo. En España, si destacamos por el número de crisis que se solapan al mismo tiempo, también nos singularizamos porque lo estamos relativizando todo mucho más.
Estos días he escuchado a dirigentes socialistas, y no sé si se dan cuenta de que, al relativizar todo con el grado de intensidad con que lo hacen, están llevando a España a lo absurdo. Como ejemplo de este exagerado proceso, observen y analicen cómo relativizan los valores de la transición democrática española. Vienen a decir que está bien, pero hay que mejorarla, hay que rematarla; en definitiva, que hay que hacer una segunda transición. En el fondo, ocurre lo de siempre: que no hay valores permanentes. Ello hace que nuestra situación política hoy en España sea más difícil de afrontar que la que hoy preside otras sociedades, otras naciones de la Unión Europea. De ahí la importancia de que se multipliquen las voces, los entramados sociales para evitar que el radicalismo y la confrontación vuelvan a sacudir nuestra sociedad española.
R.B.