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Orando desde 1918
La construcción de la nueva catedral de Karaganda, bajo la advocación de la Virgen de Fátima, Madre de todos los pueblos, saca a la luz la veneración que siempre han tenido los católicos de la antigua Unión Soviética hacia la Madre de Dios, sobreviviendo incluso en los tiempos del comunismo


1989: cae el Muro de Berlín y, con él,
se disipa el miedo. Un sacerdote celebra la Eucaristía
en la casa de una familia católica de Kazajstán
José Luis Mumbiela es un sacerdote español que lleva ya varios años como Rector del Seminario de Karaganda, una ciudad industrial de 600.000 habitantes volcada en la extracción del carbón, algo que comenzaron los prisioneros en los campos de trabajo levantados por Stalin. Gracias a su labor en contacto con las familias de los deportados, cuenta que, «en los años de comunismo, cientos de miles de personas padecieron vejaciones de todo tipo, llegando incluso hasta la muerte, y hay que recordar que en su mayoría no era por motivos religiosos. Pero la persecución a todo signo de religiosidad fue muy dura, con un cierto alivio a partir de los años 70. No obstante, la marginación hacia los creyentes se mantuvo hasta el final. La fe se mantenía en la familia, alimentada por los mayores y, en muchos casos, por auténticos apóstoles, tanto sacerdotes y religiosas como laicos, que ayudaban con toda su alma a mantener viva la fe entre los creyentes».
Este trabajo en la clandestinidad les llevaba a copiar a mano libros religiosos y a fabricar custodias con los materiales que los fieles podían encontrar en los campos de trabajo. Mumbiela habla de «pastores ejemplares y de un auténtico ejercito de hombres y mujeres que colaboraron de modo loable. Un ejemplo es Ana Stang, nacida en 1909 al sur de Rusia, en el seno de una familia alemana de profunda raíz católica. A los 11 años, en 1918, perdió al padre y a varios hermanos durante una epidemia de cólera. A su vez, las nuevas autoridades arrestaron a los sacerdotes, y en 1938 los comunistas arrestaron a su hermano y a su marido, con quien vivió 7 años. No volvió a verlos nunca más. En 1942 fue deportada junto con sus hijos a un lugar remoto de Kazajstán en pleno invierno. Allí encontró otros católicos, con quienes se encontraba para rezar juntos. En 1965 supo que a 1.000 km. de distancia había un sacerdote. Con indescriptible gozo hacía aquellos viajes de ida y vuelta para, con permiso del párroco, distribuir la comunión a los que no podían ir. También durante 30 años ayudó en la administración de Bautismos, en bodas y entierros. Así, hasta que, en 1995, a sus 86 años vio llegar a su pueblo el primer sacerdote. Tal fue su alegría que, después de la comunión, por la mañana, no volvió a comer nada en todo el día. Había visto el fruto de sus oraciones desde 1918: Señor, envíanos un sacerdote; danos la Santa Comunión; estoy dispuesta a sufrir cualquier cosa por Ti, Sagrado Corazón de Jesús».
Bajo la protección de la Virgen
¿Cómo pudo mantener la fe durante tantos años un pueblo obligado a vivir su religiosidad en la clandestinidad? La Virgen de Fátima, afirma Mumbiela, tiene mucho que ver: «Durante los años de comunismo, muy pocos serían los católicos que supieran del mensaje de Fátima y del alcance de su eficacia. Pero el amor a la Madre de Dios, como se le suele llamar en estas tierras a la Virgen María, estaba bien anclado en su fe y en su piedad. La oración del Rosario era la forma más común de oración en grupo, debido a la ausencia de sacerdotes, oración que en algunos lugares rezaban siempre de rodillas y con los brazos en alto. Con el tiempo, la gente ha llegado a saber que, desde los acontecimientos de Fátima, millones de hermanos y hermanas en la Iglesia han rezado por ellos. En estos años de trabajo en Kazajstán, he visto en más de una ocasión las lágrimas en los ojos de quienes escuchaban estas cosas. Se sabían queridos y unidos, por el amor de la Virgen, a millones de fieles que, como ellos, participaban del mismo deseo de vivir como creyentes. ¡Se sabían acompañados!»
En 1997 una imagen peregrina de la Virgen de Fátima recorrió muchas parroquias de Kazajstán, de sur a norte, con motivo del 80 aniversario de las apariciones, y entre los acontecimientos principales de la Iglesia en Kazajstán en los últimos años destaca la visita de Juan Pablo II en 2001, todo ello algo impensable en los tiempos en los que la dictadura comunista ejercía una dura persecución contra la fe. Por eso, este sacerdote español afirma que los fieles de Kazajstán saben bien que la protección de María ha sido una constante en sus vidas: «Creo que la relación entre la Virgen y los católicos de Kazajstán es una bella historia de amor recíproco que, con el tiempo, ha de escribir páginas aún más numerosas y aleccionadoras, sobre todo con la nueva apertura a culturas y pueblos que hasta la fecha no son en su mayoría cristianos».
Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
© 2006. Alfa y Omega, Semanario católico de información. Fundación San Agustín, Arzobispado de Madrid