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«No todos se salvarán...»
«La experiencia cristiana es prepararnos para la segunda venida de Cristo». Sobre Quien tiene esperanza vive de otra manera habló el escritor Juan Manuel de Prada, a cuya intervención pertenecen estas líneas:


Juicio final, de Miguel Ángel. Capilla Sixtina
Nuestro tiempo nos ofrece signos contrarios a la esperanza. ¿Por qué tanto dolor? ¿Por qué tanta derrota, si estamos defendiendo la causa de Dios? Cristo nunca nos prometió el triunfo en esta vida, pero sí anunció una gran apostasía, previa al gran triunfo. Y si analizamos la Historia con espíritu crítico, nos tropezamos con que los signos de derrota son constantes. Hubo un largo período de la Historia en el que los que defendían la causa de Dios vencían siempre: la fe civilizó Europa, convirtió a los bárbaros, contuvo al Islam, se expandió a nuevas regiones... Pero, desde un determinado momento, se cumple esa terrible profecía del Apocalipsis: a la bestia le fue dado poder para «hacer la guerra contra los santos y vencerlos...» Estamos siendo derrotados una y otra vez. Los hijos de las tinieblas son más astutos que los hijos de la luz. Parece como si dispusieran de mejores herramientas... No obstante -dice Leonardo Castellani-, el demonio hace una gran olla, pero siempre olvida poner la tapa: no cuenta con que nos guardamos una última carta en la manga: la Resurrección, culminación y fundamento de la esperanza cristiana. La pregunta es si tenemos incorporado esto a nuestras vidas...
Una frase del Apocalipsis, no precisamente escrita para los enemigos de la fe, dice: «A ti, porque eres tibio, que no eres ni frío ni caliente, te vomitaré por mi boca». Esta tibieza procede de la imagen melosa y buenista de Dios que nos hemos hecho, y que en realidad es el dios de la desesperación que nuestra época pretende que asumamos como propio. En el Evangelio, leemos que Dios permite que suframos, e incluso que nos acerquemos demasiado al infierno, que bebamos de la misma copa de la que Él bebió. El dios de los tibios, por el contrario, jamás permitiría nuestro sufrimiento... Es un dios irrelevante. Da igual lo que hagamos, porque nos va a acoger exactamente igual. Ésta es la raíz de la descomposición de la fe en las sociedades occidentales. Estamos contaminados por esa especie de naturalismo filosófico, según la cual el hombre es bueno por naturaleza, y, por tanto, todo lo que determine será bueno.
Decía Belloc que las herejías modernas más que negar los dogmas, prefieren falsificarlos. Y, sin duda, el más falsificado hoy, incluso por los propios cristianos, es el de la venida segunda de Jesús, la Parusía, que sabemos que estará precedida por una gran apostasía y una gran tribulación, como sabemos que el mundo no acabará por azar o catástrofe natural, sino por intervención directa de su Creador.... Pero hoy un adolescente se confirma sin saber qué es el Juicio final, o la resurrección de la carne.
Los hombres seremos juzgados y no todos desembocaremos en la vida, sino que muchos caeremos en una muerte segunda y definitiva. Esta visión del Juicio final intimida a muchos católicos, que ven en ella una expresión lóbrega que contradice la misericordiosa naturaleza divina, cuando lo cierto es que es su expresión más luminosa, pues, como afirma Benedicto XVI, citando a Adorno, una verdadera justicia requeriría un mundo «en el cual no sólo fuera suprimido el sufrimiento presente, sino también revocado lo que es irrevocablemente pasado», también el sufrimiento pasado. En el Juicio final, nos explica Benedicto XVI, intervendrá la gracia. Pero la gracia no lo borra todo. Si fuera solamente gracia, convertiría en irrelevante todo lo terrenal, y Dios seguiría debiéndonos una respuesta a la pregunta sobre la justicia. Pero si fuera pura justicia, sería sólo un motivo de temor para nosotros... El Papa, sin embargo, nos descubre que podemos caminar llenos de confianza al encuentro con el Juez, que es también nuestro Abogado. Y que es un Rey. Un Rey que nos ama extraordinariamente, pero siempre con un amor muy exigente, que nos demanda mucho.
La experiencia cristiana es prepararnos para esa segunda venida siendo soldados de un gran Rey, uniendo nuestras vidas a Algo grande. Tenemos que arrancar de nuestros corazones la tibieza, anunciar la segunda venida... Y mientras estemos en este mundo, tenemos la obligación de quebrantar la iniquidad, de golpearla y de perseguirla, aun a riesgo de nuestro prestigio y de nuestras ambiciones. Aun a riesgo incluso de nuestra propia vida, o de un martirio que quizá no nos llegue por el plomo, sino en forma de difamación o de escarnio...
Juan Manuel de Prada
«Mostremos a Cristo»
Don Alfonso Coronel de Palma, Presidente del Grupo COPE, fue el iniciador de los Congresos Católicos y vida pública, como Presidente de la ACdP. En esta X edición, participó en una mesa redonda sobre comunicación de la esperanza. En ella dijo, entre otras cosas:

La esperanza sólo es una: Cristo, nuestro Señor. Como se empeña en decir Benedicto XVI, es un encuentro personal, en una realidad viva, que está ahora mismo aquí con nosotros. Ésa es la esperanza que nosotros podemos proyectar. Cristo no es un proyecto, no es un programa, no es una ideología, no es un código de valores o una moral... Cristo es Quien hace atractivo el cristianismo y hace posible que la Iglesia esté presente en el mundo como verdadero cuerpo místico suyo. Mostrémoslo. Ése es el motivo que a todos los aquí presentes nos ha reunido, aunque seamos tan distintos. Es el encuentro con el Crucificado. Con Aquel que ha muerto por todos mis pecados. Pero no somos un grupo de masoquistas. No lo somos, porque se produce el hecho maravilloso de la Resurrección. Cristo resucitado es lo más grande que puede mostrar la Iglesia. Seamos sus testigos.
Alfonso Coronel de Palma
© 2006. Alfa y Omega, Semanario católico de información. Fundación San Agustín, Arzobispado de Madrid