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Televisión
Cantata del café
Ando últimamente de la ceca a la meca impartiendo conferencias sobre la Iglesia y los medios de comunicación. Siempre he sido partidario de una de las frases más efervescentes de Chesterton: «No queremos una Iglesia que se mueva en el mundo, sino una Iglesia que mueva el mundo». La suya es una sentencia aparatosa, pero se mueve en la línea de las declaraciones del cardenal Ratzinger, cuando criticaba la omnipresencia de la estructura de la Iglesia, con su relojería de organigramas, instituciones, comisiones y subcomisiones, y la relegación del depósito de la fe al fondo sin luz de la osera. Cuando frisaba la mayoría de edad, entablé una conversación apasionante con el actual arzobispo de Granada, monseñor Javier Martínez. Recuerdo que me dijo: «Los medios de comunicación no están para hablar de lo que hacen los obispos, ni siquiera a nosotros nos interesa. La sección de Religión de un diario puede ser prescindible, pero nunca la inspiración cristiana en Internacional, Sociedad, Deportes, Cultura...» He tomado sus palabras como referente para un cambio de paradigma, en cuanto a la exposición eficaz de la fe.
A veces creemos que, en televisión, con proponer programas con un anuncio explícito de la fe, el mandato de la evangelización queda más que satisfecho. Y no es verdad. Sermonear desde la televisión, como sermonear desde el cine, sólo consigue en el espectador la pervivencia de una admonición o exhortación, pero no -en palabras de Magris- «el milagro del cambio». Quizá la novedad más patente que trae Benedicto XVI, en el terreno de la comunicación, es el cambio de posición de la Iglesia, que no convierte la televisión en un púlpito, sino en un café, como el San Marco, de Trieste. Me explico: el lema de la Jornada Mundial de las Comunicaciones de este año llevó el elocuente título de Los medios, en la encrucijada entre el protagonismo y el servicio. Buscar la verdad para compartirla. «La Iglesia -en palabras de monseñor Celli, Presidente del Consejo Pontificio de las Comunicaciones Sociales- no es una torre de marfil que se yergue en posesión de la verdad, sino que sabe acoger, dialogar, respetar». En un café se dialoga, y la Iglesia no disminuye su exigencia por ponerse a tiro de café. Necesitamos para los medios del siglo XXI, como en la pieza de Bach, una nueva Cantata del café.
Javier Alonso Sandoica