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Reportaje literario sobre cómo se vive y cómo se puede vivir la fiesta de la Natividad
Una luz por Navidad
En el día de Nochebuena, Alfa y Omega ofrece a sus lectores un reportaje distinto de los que habitualmente publicamos. Un modesto cuento de Navidad, con datos y entrevistas reales, que muestra cómo viven muchos españoles estos días, y cómo podrían vivirlos


o sabía quiénes eran aquellos tipos, ni cómo habían entrado. Sólo sabía que estaban en la puerta de su despacho, llamándole señor Santamaría. Es probable que ni sus compañeros conocieran su apellido, y no pasaban de seis los que sabían que su nombre era Abraham. Todo el mundo se dirigía a él por su firma comercial, Abby, que le iba como anillo al dedo al mejor creativo de la agencia de publicidad. ¿Si no son clientes, quién carajo son y por qué me molestan?, pensó para sí. Sin embargo, optó por decir:
-«Sí, soy yo. ¿Qué queréis?», tuteaba a todo el mundo, por defecto.
-«Venimos a cambiarle la vida», dijo el más joven de los dos.
-«Pero nos conformaríamos si pudiésemos hablar con usted un momento», contestó el otro, visiblemente turbado por las palabras del primero.
-«Vaya, sí que renunciáis pronto a vuestras aspiraciones...», dijo sonriendo y ajustándose sus gafas de pasta azul.
De un vistazo, Abraham Santamaría contempló la imagen: la oficina, minimalista y con luces alógenas, estaba desierta. En las paredes, los carteles se camuflaban entre un bosque de bolas, tiras de espumillón y muñecos de Papá Noel. Por las mesas, más espumillón, más papás noeles, folios desordenados, ordenadores apagados, diez o doce botellas de sidra vacías y un número incalculable de vasos de plástico. Frente a él, aquellos sujetos, vestidos de negro: uno, alto, moreno, de talle recio y gafas oscuras. El otro, bajito, regordete, calvo y de sonrisa afable. Y él, como siempre, con vaqueros, camiseta de algodón e inclinado sobre unos bocetos de vivos colores. Si me piden que dibuje esta escena para un spot, no me sale mejor, pensó.
-«Disculpe, señor Santamaría, no nos hemos presentado -dijo el gordito-. Yo soy Gabriel, y éste es Rafael».
-«Encantado. Podéis llamarme Abby. Y si sois ladrones, os digo desde ya que no hay ni un euro por ningún lado».
-«¡Uy, no, no! -cortó Gabriel, riendo-. No queremos quitarle nada, don Abraham. Todo lo contrario: queremos darle algo bueno. Muy bueno. Lo mejor del mundo».
-«Un regalo...», dijo con suspicacia.
-«¡Más que eso! Una buena noticia».
-«Vaya...»
-«¿Sabe usted qué día es hoy?», inquirió Rafael, con tono quedo.
-«Claro, ¿por qué?», respondió algo molesto el publicista.
-«Porque no lo parece».
-«¿Ah, no?»
-«No. En absoluto», espetó Rafael.
-«Mira, no sé a qué estáis jugando, pero hoy es 24 de diciembre, son las ocho de la tarde y tengo que terminar este diseño antes de irme a casa. Así que, o me dices eso que me va a cambiar la vida, o volvéis dentro de dos días».
-«¡Uy, no! No podemos irnos así -dijo Gabriel-. Mire, señor Santamaría...»
-«Puedes llamarme Abby, te repito».
-«Bien. Muchas gracias por la confianza, señor Santamaría. Nosotros sólo venimos para recordarle que hoy es Nochebuena».
El silencio y la mirada atónita de Abraham hicieron comprender a Gabriel que era mejor seguir hablando.
-«Usted, hace mucho que no celebra, de verdad, la Nochebuena. Sabemos que, esta mañana, su agencia ha ofrecido una copa de Navidad, como muchas empresas. Y cuando llegue a casa, cenará con su familia y verá la televisión antes de dormir. O quizá salga a tomar unas copas. En su bolsillo hay varios tickets, porque se ha gastado 344 euros en ropa, colonias y otras cosas que ya tienen las personas a quienes se lo va a regalar. Pero es que eso, señor Santamaría, no es celebrar la Navidad. Como dice un amigo nuestro, le traemos una muy buena noticia: a usted ¡le ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor! Cristo nació hace dos mil años por usted. Y por otros, claro, pero también por usted. Y sigue vivo, ¡resucitado! Celebre que Dios quiere nacer en usted y cambie de vida por una más plena, más feliz. Con Él».
-«Para, para, para.... -interrumpió Abraham, que se había levantado tras su mesa-. ¿Me estáis diciendo que venís para soltarme este cuento?»
-«No es un cuento, señor. Y no le conviene hablar así», dijo Rafael.
-«Mira, no sé si pensáis que sois parte de un cuento de Dickens, o de Qué bello es vivir, pero no esperéis que os siga el juego. Ya sé que es Navidad. Tengo un Papá Noel en mi mesa y, aunque no nos llevamos bien, esta noche ceno con mi hermana. Paso por la tradición familiar, pero no me vengáis con el rollo del consumismo. Quizá no lo sabéis, pero Deloitte ha publicado un estudio que no me deja tan mal: yo no he gastado ni 350 euros, mientras que, en España, cada familia va a gastarse 910. ¿En qué? Pues el 40%, en comida; el 39, en regalos; y el 21, en salir por ahí. Si os tragáis el rollo de Dios, genial, sed muy felices. Pero no intentéis convencerme a mí. Así que, ya sabéis dónde está la puerta...»
Abraham avanzó hacia la pareja. Su dedo los apuntaba desafiante, aunque no tanto como sus ojos.
-«Déme la mano», dijo Rafael, que se había quitado las gafas para mirar fijamente al publicista.
-«¿Qué?»
-«Que le dé la mano», explicó Gabriel, con una sonrisa.
Abraham hizo una mueca despectiva y tendió su mano derecha.
-«Te la doy para que os larguéis de...»
Antes de que pudiera sentir la mano de su interlocutor, su despacho había desaparecido y los tres se encontraban en el salón de una casa andaluza. Casi 30 personas pululaban alrededor de una mesa adornada con todo detalle. La chimenea brillaba tras una rejilla de hierro, y la voz andaluza de don Sergio Cobos entonaba, de fondo, un villancico para su hijo Efraín: Sin pañales y muerto de frío/ nació el Hijo de Dios y María./ En portal sin calor y sombrío,/ vino al mundo en una madrugá.
-«Estamos en la casa de los Cobos Cabezón, en Chucena, Huelva. Aquellos señores son don Manuel y doña Ana, los cabezas de familia. Y éstos son sus nueve hijos, y su familia», dijo Rafael.
-«Pero qué...», balbuceó Abraham, con perplejidad.
-«Ellos no pueden vernos, ni oírnos; así que disfrute. Cuando escuche algo, serán los pensamientos de don Sergio», dijo Gabriel.
Abraham se sumergió en la escena: vio a niños contemplar un hermoso belén; vio una mesa llena de dulces y licores; escuchó rasgar una guitarra y entonar villancicos; y sintió cómo don Sergio pensaba: Está la mesa con lo mejor que ha traído cada uno: la pepitoria, el jamón, la vajilla de Navidad... Y todo, porque nace Cristo. Mis hijos y mis sobrinos están impresionados por ver a sus padres tan felices. Viven en primera persona lo que les cuentan en el cole, del respeto y la paz. ¡Cómo les llama la atención cuando les decimos que un Niño es el Salvador! Es un regalo vivir la Navidad desde la fe y con los tuyos. Y qué tristeza, Señor, de pensar en la gente que se queda embebida en la televisión y en comprar. Si supieran que no somos dignos de Tu amor, y que Él nos ama tanto...
Doña Ana entró por la puerta con un cirio. La familia esperaba en silencio y casi a oscuras. Ella cantaba al son de la guitarra de su hija, y los demás repetían: Cristo es la Luz, Cristo es el Camino, Cristo es la Vida. Don Manuel leyó el Evangelio y bendijo la mesa. Gracias, Dios mío, por amarnos tanto como para nacer en un Niño y darnos la oportunidad de llevarte en el alma, pensó don Sergio.
Abraham se frotó los ojos y, al abrirlos, estaba de nuevo en su despacho. No era capaz de articular palabra, y dudaba de si lo que había sucedido era real o era fruto de un exceso de sidra en la sangre.

-«No es la sidra», dijo Gabriel, riendo.
-«Pero..., si no he dicho nada».
-«Ya, pero lo ha pensado, ¿verdad?»
-«¡Uf! Esto ya es mucho. No sé lo que está pasando, pero os pido, por favor, que os vayáis. No me encuentro bien...»
Rafael carraspeó dos veces y dijo:
-«Es verdad, no es la sidra. Pero cuidado con lo que bebe. Cualquiera debe moderarse en el consumo de alcohol, y más un cristiano. Antes nos citaba a Deloitte. Nosotros también tenemos datos: en Navidad, el 20% de los españoles sufrirá indigestión o intoxicación etílica. Y el 30% de las muertes de tráfico serán por el alcohol. ¿Sabe qué son los pecados sociales? Lo que se hace en sociedad y nos aleja de Dios. Desde la encíclica Rerum novarum, de León XIII, se habla de ellos. Permítame que le recuerde algo: No sólo el entorno natural, también el “hábitat” que nos creamos nosotros tiene heridas que indican que algo no está en su sitio. En nuestra vida encontramos hostilidades; un veneno que amenaza corroer lo bueno, modificar lo que somos y desviar el objetivo para el que hemos sido creados. Entre los ejemplos más evidentes, el abuso de alcohol y drogas, la violencia y la degradación sexual, presentados en la televisión e Internet como una diversión. La cita no es mía, lo dijo el Papa Benedicto XVI en Colonia...»
Abraham resopló para reponerse.
-«No sé cómo habéis hecho el truco de la casa, pero, de todos modos, la mayoría no vive así. Nadie pone ya el belén en casa. ¡Ni en los colegios!», espetó.
-«Mucha gente -reconoció Gabriel- olvida lo importante. Pero no son la mayoría: Por desgracia, bajo el empuje del consumismo hedonista, la Navidad corre el peligro de perder su significado espiritual para convertirse en mera ocasión comercial. La crisis que viven tantas familias puede servir para redescubrir la sencillez, la amistad y la solidaridad. Despojada de la costra materialista, la Navidad puede convertirse en ocasión para acoger el mensaje de esperanza que emana del misterio del nacimiento de Cristo. Esto también lo dijo el Papa, el miércoles pasado... Oiga, ¿podría dar la mano otra vez a mi compañero?»
-«No, no, ya no vuelvo a picar...»
Antes de que pudiese retirarla, Rafael cogió la mano del publicista. Lo siguiente que vio fue la Plaza Mayor de Madrid, donde los belenistas ponen, cada año, puestos navideños. Doña Conchita, propietaria de uno de ellos, decía a un cliente: «Cada año se venden más figuritas. Viene mucha gente joven, y lo que más vendemos son Misterios. Los recién casados vienen con sus padres, que les regalan el Portal... Es emocionante. ¿A quién puede molestar que se pongan belenes, si es nuestra tradición y hablan de un hecho precioso? Sin el Nacimiento, ¿qué se celebra en Navidad?»
-«Ahora mire a su derecha», comentó Rafael a un estupefacto Abraham.
Un grupo de jóvenes repartía chocolate caliente entre los indigentes. Uno de ellos le decía a Ana, una adolescente: «Cuando te acerques, piensa que Jesús está en él. No se lo das porque te necesite, sino porque le quieres. Que tenga frío y esté sucio no nos hace mejores: Dios nació en un lugar frío y sucio. El cariño que no le demos, no se lo dará nadie».
El publicista se estremeció, pero cuando quiso mirar el rostro del indigente, la imagen se esfumó y los tres se encontraban, de nuevo, en su despacho.
-«No sé de qué va esto, pero si queríais que viviese esta noche de otra manera, vais a conseguirlo», reconoció.
-«No, no... Queremos que cambie de vida por una más plena», dijo Gabriel.
-«Ya, bueno, pero es que hay muchas cosas además de las que...»
-«De las que le hemos mostrado, quiere decir», añadió Rafael.
-«Bueno, eso... Está bien lo de ser mejor en Nochebuena, pero ¿qué pasa con el hambre? ¿Dónde está Dios, si hay 963 millones de hambientos en el mundo?»
El rostro de sus interlocutores se ensombreció. Rafael suspiró y dijo:
-«Si a nosotros nos duele, más le duele a Dios, que murió por salvarnos y se ve olvidado por sus hijos. Él está con los que sufren y espera la conversión de quien hace sufrir. Con las víctimas, los hambrientos, los enfermos; está con ellos y en ellos. Su nacimiento nos lo recuerda. Yo he recorrido muchos caminos y he visto mucha hambre. Pero no se vaya tan lejos: en su barrio tiene una Cáritas parroquial, en la que se han multiplicado las peticiones de ayuda. Los obispos españoles han donado dos millones de euros a Cáritas, porque toda ayuda es poca. Y usted, ¿qué llevó a la Operación Kilo? ¿Colabora con alguna ONG? ¿Sabe que Manos Unidas destinó 58 millones de euros para el desarrollo?»
Abraham contuvo una respuesta rápida, consciente de que, esta vez, la mejor defensa no era un nuevo ataque.
-«Don Abraham, no se guarde nada. El corazón debe estar limpio de prejuicios para acoger al Niño que nace -argumentó Gabriel-. Si me iba a preguntar por el cambio climático -el publicista abrió la boca, atónito-, le leeré un recorte de prensa: A las nuevas generaciones se les confía el futuro del planeta, en el que son evidentes los signos de un desarrollo que no siempre ha sabido respetar los delicados equilibrios de la naturaleza. Antes de que sea demasiado tarde, es necesario tomar decisiones valientes, que sepan crear una alianza entre el hombre y la tierra».
-«Eso lo habrá dicho Al Gore...»
-«¡Uy, qué bueno! ¡Al Gore! Tiene usted un gran sentido del humor -repuso Gabriel-. Al Gore... Qué va, qué va. Lo dijo el Papa a los 500.000 jóvenes que se reunieron con él en Loreto, en 2007. Y con toda la basura que va a generar esta Navidad...»
-«Y que ya ha generado», musitó Rafael, mirando los vasos de plástico.
-«...espero que recicle, y no estropee más el planeta que Dios le ha regalado. No es cristiano contaminar».
El publicista bajó la cabeza y dijo, con sonrisa entrecortada:
-«Terminaréis por convencerme... Pero no sé por qué me llamáis cristiano».

-«¡Porque es un bautizado! Si no tiene una relación cercana con Dios, puede rectificar. ¿No le da pena que, como el 80 por ciento de los españoles, se considere católico, pero no esté dentro del 38 por ciento que reconoce amar a Quien tanto amó? Si se mira en el espejo verá una sombra dentro de sus ojos, porque mantiene oculta la Luz que Dios prendió en usted. Mire, le regalo esta vela blanca. Procure mantenerla encendida, y recordará si está así de encendida su fe», y Gabriel dejó un cirio sobre la mesa.
-«Necesito que me dé la mano una vez más», Rafael extendió la mano y, esta vez, Abraham la asió con fuerza.
Un frío húmedo le estremeció la espalda. Tuvo que pestañear tres veces para acostumbrase a la penumbra, y ver que estaba en una gruta sucia, con olor a heno y a heces de res. Una hoguera se extinguía junto a una pareja joven, ataviada con túnicas y mantos. Ella estaba tendida en un lecho de paja, que él había amontonado en el lugar más cálido de la cueva. Si es que había algún lugar cálido allí. A su lado, envuelto en telas, un Bebé recién nacido se revolvía inquieto.
-«No, no puede ser. ¿Ése Niño es...?»
-«Sí, es Él», respondieron Rafael y Gabriel, que se habían puesto de rodillas frente a la Familia. La Mujer pareció sentir que estaban allí, y miró hacia el lugar donde ambos se habían postrado.
Una luz brilló sobre sus cabezas, y Abraham escuchó un atronador coro celeste, que gritaba ¡Gloria! ¡Aleluya! ¡Dios ha nacido! ¡Gloria! ¡Aleluya! Entonces, cayendo rodilla en tierra, Abraham se tapó el rostro y lloró, con una mezcla de alegría, temor y arrepentimiento. ¡Creo! Ya sé que no fue un mito, que pasó de verdad, que naciste en la Historia. ¡Ayúdame a cambiar! ¡Ayúdame a amarte más! ¡Creo, Dios mío, creo! En su corazón, una voz infantil, de una gravedad imposible, resonó: Porque me has visto has creído. Dichosos los que crean sin haber visto.
-«Abraham, ámale como nunca has amado. Y sigue amándole, porque nació por ti. Merece la pena vivir la Navidad desde el corazón. Vence tus pecados personales y lucha contra los pecados sociales. Ama a Dios en toda tu vida, y mantén viva la Luz que ha vuelto a encenderse en tus ojos».
Cuando miró hacia el frente, se vio de rodillas en su despacho, con los ojos llorosos y las manos manchadas de tierra húmeda. El reloj marcaba las ocho. Alzó la cabeza y, en su mesa, vio lucir una vela blanca. Tomó el cirio, metió los vasos de plástico en una bolsa y recogió sus cosas a toda prisa. Al salir, se topó con un indigente. Lo abrazó, metió 50 euros en su bolsillo, le dio la bolsa y exclamó:
-«¡Feliz Navidad! Señor, ¿podría tirar esto a un contenedor de reciclaje?»
-«Sólo si reza usted por mí», respondió el indigente.
-«¡Cuente con ello! Y desde esta noche rezaré todos los días. Quiero hablar con Dios. Quiero amar a Dios. Quiero ayudar a Dios ayudando a los demás. ¿Sabe? Cristo... ¡Ha nacido! ¡Aleluya!»
José Antonio Méndez