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En manos de un Niño

«En Navidad -decía Benedicto XVI en su catequesis del pasado miércoles- no nos limitamos a conmemorar el nacimiento de un gran personaje; no celebramos simplemente y en abstracto el misterio del nacimiento del hombre o, en general, el nacimiento de la vida... En Navidad recordamos algo muy concreto e importante para los hombres, algo esencial para la fe cristiana, una verdad que san Juan resume en estas pocas palabras: El Verbo se hizo carne». Nada hay tan importante para los hombres -¡no en vano es el acontecimiento central de la Historia!-, tan esencial para la vida de los hombres, precisamente porque es la esencia de la fe cristiana, como el hecho concreto, concretísimo, de la encarnación del Hijo de Dios y su nacimiento de Santa María Virgen. ¿Qué ha hecho de la Navidad, de esta «noche fechada históricamente en la que se verificó el acontecimiento de salvación», el mundo que a sí mismo se considera de tradición cristiana? El Papa no duda en señalar el peligro, en el que tantos han caído, de perder su auténtico significado y reducirlo «a una mera ocasión comercial de compras e intercambio de regalos».
El Santo Padre no se queda en señalar el peligro. Pone el dedo en la llaga de esa llamativa paradoja de un mundo que, creyéndose todopoderoso, se deshumaniza a ojos vista; y, sin embargo -añade-, ese fruto amargo de «las dificultades y las incertidumbres, y la misma crisis económica que en estos meses están viviendo tantas familias, y que afecta a toda la Humanidad, puede ser un estímulo para descubrir el calor de la simplicidad, de la amistad y de la solidaridad», ¡justamente lo que ha hecho brotar la Navidad! Porque el nacimiento de Cristo ha traído a la tierra todos los bienes verdaderos; con Él, un Niño pequeño y frágil, ha llegado la Luz que ilumina la vida entera, de principio a fin.
Así lo dijo, la semana pasada, Benedicto XVI: «Aquel que Juan llama el Verbo significa también el Sentido. Por tanto, podemos entender la expresión de Juan de este modo: el Sentido eterno del mundo se ha hecho tangible a nuestros sentidos y a nuestra inteligencia: ahora podemos tocarlo y contemplarlo». El Recién Nacido en Belén es el principio y el fin de todas las cosas. El destino del mundo, de la Humanidad entera, es ese Niño de carne y hueso. «El Sentido que se ha hecho carne no es simplemente una idea general inscrita en el mundo; es una palabra dirigida a nosotros. El Verbo nos conoce, nos llama, nos guía... Es una persona que se interesa por cada persona singular». Pero «a muchos hombres, y de alguna forma a todos nosotros, esto parece demasiado hermoso para ser cierto». Y, sin embargo, responde exactamente al deseo más verdadero del corazón. «¡Sí, existe un sentido, y el sentido no es una protesta impotente contra el absurdo!» En este punto, el Papa llega al clímax de la paradoja cristiana que nos llena de gozoso estupor:
«El Sentido es poderoso: es Dios. Un Dios bueno, que no se confunde con cualquier poder excelso y lejano, al que nunca se podría llegar, sino un Dios que se ha hecho cercano a nosotros y nuestro prójimo, que tiene tiempo para cada uno de nosotros y que ha venido a quedarse con nosotros. Entonces surge espontánea la pregunta: ¿Cómo es posible una cosa semejante? ¿Es digno de Dios hacerse niño? Para intentar abrir el corazón a esta verdad que ilumina la entera existencia humana, es necesario plegar la mente y reconocer la limitación de nuestra inteligencia. En la gruta de Belén, Dios se muestra a nosotros humilde infante para vencer nuestra soberbia». ¡He ahí el poder vivificante de Dios, que vence a la soberbia destructora! «Se ha hecho pequeño para liberarnos de esa pretensión humana de grandeza que surge de la soberbia; se ha encarnado libremente para hacernos a nosotros verdaderamente libres, libres de amarlo».
¿Cabe mayor sabiduría e inteligencia que poner la vida en manos de este Niño? ¡Qué bien lo hizo santa Maravillas de Jesús! Ante la imagen que ilustra este comentario, decía así la santa carmelita: «Dios tiene en sus manos las riendas de mi vida y yo feliz de que Él las tenga y la lleve por donde quiera...»
Dios con nosotros
Nuestra alegría no se cifra en las compras, los regalos, las vacaciones o las reuniones familiares propias de los días de Navidad. La raíz profunda de nuestra alegría es el Enmanuel, el Dios con nosotros. Todo lo demás es secundario y no admite parangón ante la luz de su presencia y la belleza de los dones que nos trae. Con el Señor no hay temor, ni tristeza, ni llanto, ni dolor, ni miedo, ni inseguridad. Él nos conoce por nuestro nombre, nos comprende, acompaña y guía por medio de su Espíritu. Él nos perdona siempre, sin rastro de resentimiento. La alegría de sentirnos perdonados y poder comenzar de nuevo no es comparable con los placeres efímeros que nos brindan las cosas materiales y que, en estos días, nos sugieren los reclamos publicitarios. El sentirnos queridos, amados, defendidos y acompañados por el Dios fuerte y leal, omnipotente y amigo de los hombres, nos proporciona la paz que el mundo no puede dar. Preparémonos, pues, intensamente a recibirlo. Apresurémonos a limpiar y a agrandar las estancias de nuestro corazón para que viva en nosotros y sea el único Señor de nuestras vidas. Rompamos las ataduras que nos esclavizan y las imperfecciones que nos atenazan.
En la vida ordinaria, cuando nos preparamos para un gran acontecimiento, en los últimos días redoblamos el esfuerzo para que todo esté a punto. Otro tanto nos pide la liturgia en esta segunda parte del Adviento mostrándonos a María, la Virgen de la espera y la esperanza, como el mejor modelo del Adviento. Con cuánto amor dispondría su corazón para recibir a Jesús, con cuánto cariño prepararía los pañales antes de partir para Belén. Con cuánto amor limpiaría con José la cueva y el pesebre. Que ella nos ayude a prepararnos para el encuentro con su Hijo, que viene dispuesto a colmarnos de dones, a convertir nuestra vida, a robustecer nuestra fe y nuestro testimonio ante el mundo de que Él es el centro de la Humanidad, el verdadero gozo del corazón humano y la plenitud total de sus aspiraciones.
+ Juan José Asenjo