Alfa y Omega > Nº 621 > Aquí y ahora
El hombre moderno, en búsqueda desesperada de sentido
Canción de Navidad, siglo XXI
El paraíso que el hombre intenta crear en la tierra resulta siempre un infierno.
Esta reflexión se hacía George Orwell, autor de 1984, a punto de terminar la Segunda Guerra Mundial, en un artículo que acaba de recuperar el diario italiano Corriere della Sera. Pero Orwell sólo acierta a proponer, como alternativa, una suerte de programa liberal, que aspira a saciar al hombre con frugales momentos de felicidad como los que ofrece la Navidad burguesa. Orwell sabía que hay hombres dispuestos a dar su vida por un mundo «en el que los seres humanos se amen», pero la mejor respuesta que parece capaz de dar es que no hay tal respuesta... ¡Carpe diem!

La Navidad nos hace pensar casi automáticamente en Charles Dickens y en su célebre Canción de Navidad. Este relato le fue leído a un Lenin moribundo que, según su mujer, encontró en él un sentimentalismo burgués absolutamente intolerable. En cierto sentido tenía razón, pero si hubiese estado en mejores condiciones de salud, quizás, se hubiera dado cuenta de que el relato tiene interesantes facetas sociológicas. En primer lugar, porque, a pesar de que el sentimentalismo de Tiny Tim pueda parecer desagradable, la familia Cratchit se divierte. Hay un ambiente feliz. Su felicidad surge del contraste. Están contentos porque, por una vez, tienen comida en abundancia. El aroma del
pudding de Navidad aletea sobre un escenario hecho de casas de empeño y de trabajo durísimo, y, junto a la mesa, está siempre presente el fantasma de Scrooge... Los Cratchit consiguen disfrutar de la Navidad justamente porque sólo ocurre una vez al año. Su felicidad es convincente precisamente por eso, porque es provisional...
Por otra parte, todos los intentos de describir una condición de felicidad permanente han acabado en fracaso. Las utopías (por cierto, la palabra utopía no significa bello lugar, sino lugar inexistente) aparecen muy a menudo en la literatura de los últimos tres o cuatrocientos años, pero las positivas y reales son infaliblemente poco atractivas y, por lo general, carecen de vitalidad. Las utopías modernas más conocidas, con diferencia, son las de H.G. Wells. La visión del futuro prefigurada por Wells está enunciada completamente en dos libros al inicio de los años 20, The Dream y Men Like Gods. En ellos se encuentra una imagen del mundo que a Wells le hubiera gustado, o que pensaba que le hubiera gustado... Es un mundo cuyas notas dominantes son el hedonismo iluminado y la curiosidad científica. Todos los males y las miserias que sufrimos han desaparecido. La ignorancia, la guerra, la pobreza, la suciedad, la enfermedad, la frustración, el hambre, el miedo, la fatiga opresora, la superstición ya no existen... Así descrito, no podemos negar que es el tipo de mundo al que todos aspiramos. Todos nosotros queremos abolir aquello que Wells quiere abolir. Pero ¿hay alguien que quiera verdaderamente vivir en una utopía wellsiana? Un libro como El mundo nuevo es expresión del miedo que el hombre moderno siente respecto a una sociedad hedonista racionalizada que tiene el poder de crear. Un escritor católico ha afirmado recientemente que las utopías son hoy técnicamente posibles y que ahora el verdadero problema es cómo evitarlas.
La utopía socialista
La incapacidad del ser humano para imaginar la felicidad de manera diversa a la liberación del cansancio o del dolor plantea a los socialistas un grave problema. El objetivo de los socialistas no es una sociedad en la que, al final, todo se resuelve porque ancianos y gentiles caballeros regalan pavos. ¿Nuestro objetivo no es acaso una sociedad en la que la caridad no sea necesaria? Lo que queremos es un mundo en el que los dividendos y las discapacidades sean impensables. ¿Significa eso que aspiramos a una utopía sin dolor?
Afirmo que la verdadera finalidad del socialismo no es la felicidad, sino la fraternidad humana. Se piensa a menudo en ello, pero por lo general no se dice, o no se dice en voz lo suficientemente alta. Los hombres pasan la vida en desgarradoras luchas políticas, se matan en guerras civiles, o son torturados en las prisiones de la GESTAPO, no para construir un Paraíso cualquiera con calefacción central, aire acondicionado y luz de neón, sino porque quieren un mundo en el que los seres humanos se amen, en vez de robarse y matarse unos a otros...
Esta Navidad, miles de hombres derramarán su sangre en las nevadas estepas rusas o se destrozarán en las islas del Pacífico, mientras niños sin casa merodearán entre las ruinas de las ciudades alemanas. Hacer que esto no vuelva a ocurrir es justo, pero precisar cómo será un mundo en paz, eso ya es otro cantar. Casi todos los creadores de utopías hacían pensar en un hombre con dolor de muelas para quien la felicidad consiste lógicamente en no tenerlo. Querían construir una sociedad perfecta prolongando hasta el infinito una condición apreciable sólo por ser pasajera.
George Orwell
© 2006. Alfa y Omega, Semanario católico de información. Fundación San Agustín, Arzobispado de Madrid