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El cardenal arzobispo de Madrid y Presidente de la Conferencia Episcopal felicita la Navidad
La verdadera esperanza
¡Feliz Navidad! Nos nace el Salvador, el Mesías, el Señor: Éste es el deseo y el anuncio del cardenal arzobispo de Madrid en su exhortación de Navidad, en la que escribe:


El cardenal Rouco, con las familias
¡Feliz Navidad!: es la fórmula gozosa con que nos saludamos en estos días, dentro y fuera de la Iglesia, los cristianos y aun también los que no lo son, pero que conocen y aprecian el valor de la cultura inspirada y modelada por la fe cristiana cuando se aproxima el fin del año. Y ¡es verdad! No se puede corresponder mejor a lo que significa el acontecimiento que se celebra actualizándolo -o que se actualiza celebrándolo-, a saber, el nacimiento de Jesús, del Hijo de Dios, en Belén de Judá, hace poco más de dos mil años, del seno de su Madre la Virgen María, doncella de Nazareth, desposada con José de la casa y estirpe de David, a quien había sido revelado el misterio de la concepción virginal de su esposa por obra del Espíritu Santo y a quien se le había confiado por parte de Dios el cuidado paternal de la Madre y del Niño.
La Humanidad venía esperando, desde los más remotos y oscuros orígenes de su historia, a algo o, mejor dicho, a alguien que pudiera librarla del peso insoportable del mal que la atenazaba, y de la muerte. El propio pueblo de Israel, que se reconocería a sí mismo -sin que se autoengañase por ello- como el elegido y destinado para acoger, testimoniar y trasmitir la revelación de las intenciones misericordiosas de Dios para el hombre, proclamando la esperanza de la venida de un Ungido por el Espíritu de Dios, de un Mesías, no acababa de acertar ni con la fecha de esa venida y, menos todavía, con el estilo de vida y el comportamiento religioso y moral que pudiera acelerarla. Peor aún: Israel, en la forma de conducirse como un pueblo unido espiritual, cultural y políticamente, daba pie para que el devenir de su historia se asemejase más a un camino de luchas y conflictos, de derrotas y catástrofes colectivas, producto de su quebrantamiento de la Alianza con Dios, que a un itinerario de una vida piadosa y justa, próspera y pacífica, abierta a la palabra y a la acción de Dios sobre su destino. Sólo un pequeño resto, el de los pobres de espíritu y de los sencillos de corazón, conscientes de los pecados de su pueblo, penitentes y confiando no en el poder humano sino en el de la infinita misericordia de Dios, intuían en el ejercicio de una auténtica y ardiente esperanza los verdaderos rasgos del Salvador prometido que no podían ser otros que los de la santidad y la obediencia incondicional a la voluntad de Dios.
Entre esos pobres de Yahvé se encontraba aquella muchacha de Nazareth, llamada María, a quien sería comunicada por el ángel Gabriel la elección de parte de Dios para ser su Madre, la Madre de su Hijo, el Hijo del Altísimo, a quien debería de poner por nombre Jesús. Ella se turbó ante las palabras del ángel que se lo anunciaba, pero no dudó, ni vaciló. Su respuesta clara y conmovedora fue la siguiente: Aquí está la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra.
¡Concibió y dio a luz al Hijo de Dios para que fuese el verdadero Salvador del hombre!: a Jesús, fruto bendito de su vientre. En aquel momento de la encarnación del Verbo eterno de Dios, en su seno y luego, meses más tarde, cuando en Belén de Judá, ciudad de David, nace el Niño en un pesebre, al no encontrar sitio en la posada, da comienzo el capítulo de la historia de la Humanidad marcado definitivamente por el don de la verdadera felicidad. Aquel día se inicia el triunfo definitivo sobre el pecado y la muerte en la vida de los hombres y de los pueblos. Desde ese día es posible y realizable la verdadera esperanza, la que no defrauda, porque en Belén se ha comenzado a cumplir de forma irreversible la promesa de la infinita misericordia de Dios.
¿Cómo, pues, no vamos a desearnos una celebración de la Navidad feliz, con toda verdad? Feliz será nuestra Navidad del año 2008 si la llenamos de fe, de esperanza y de caridad con la adoración del Niño Jesús, iniciando una nueva etapa de conversión de nuestras vidas a la ley de Dios, ley de amor nuevo a Él y al prójimo, acudiendo al sacramento de la Penitencia. Conversión que se traduzca en obras de caridad para con todos los que necesitan nuestra ayuda. ¡Son tántos en estos días navideños de un año tan crudamente señalado por las crisis: económica, familiar y moral, crisis espiritual! Pero será feliz nuestra Navidad, sobre todo, si enfocamos su celebración -litúrgica, religiosa, familiar y social- pensando ya en esa celebración festiva del Domingo de la Sagrada Familia, el próximo 28 de diciembre, con la Eucaristía de las familias de España, en la Plaza de Colón, a fin de vivir en la comunión de la Iglesia, iluminados y alentados por la palabra del Santo Padre desde Roma, el gran don de la familia cristiana como Gracia de Dios. Si el Salvador, si Jesús, necesitó de una familia, ¡de la Sagrada Familia de Nazareth! para emprender y llevar a buen término su obra de salvación del mundo, ¿cómo no va a ser necesaria la familia, fiel el Plan de Dios según el modelo y en íntima dependencia de la Familia de Jesús, María y José, para que el hombre pueda recibir, acoger y llevar a la vida la gracia del Salvador, el Evangelio de la vida nueva y feliz? La respuesta no admite duda. ¡Ofrezcámosela al Señor con piedad sincera, con el gozo de nuestra fe y con el testimonio del amor cristiano a Dios, que nos ama con infinito amor, y a nuestros hermanos! Presentémosla a la sociedad y al mundo como el testimonio límpido de la verdadera esperanza.
¡Feliz Navidad! ¡Feliz celebración del Domingo de la Sagrada Familia! ¡Orad por sus frutos espirituales y temporales en la Iglesia y en nuestra Patria!
+ Antonio Mª Rouco Varela
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