Alfa y Omega > Nº 621 > España
Pastores en el siglo XXI
Por amor a las ovejas
El pastor es imagen de Cristo, pero las alusiones a la vida de los pastores que hace el Evangelio no son literatura de ficción. Éstas son las vidas de dos pastores y de un sacerdote al que llaman el pastor, porque ejerció este oficio de joven. Conocerlos más de cerca es saber más sobre el amor de Cristo hacia los hombres

Tomás Bernardo de Soto acaba de cumplir 74 años. Ha sido pastor toda su vida, los últimos 15 años en Rivilla de Barajas (Ávila), y no sigue cuidando de las ovejas porque no le dejan, que si por él fuera... Su mujer, María del Rosario, cuenta que tuvieron que engañarle para que se jubilara: «Mi marido no se quería jubilar, pero entonces mis hijos se cuadraron y le llevaron a Ávila engañado para arreglar los papeles, varios años después de pasada la edad de jubilación. Allí le decían: Y usted, ¿cómo ha esperado tanto?» Pero es que en Ávila no conocían a Bernardo, y no sabían qué eran para él sus ovejas:

¿Pero cómo puede un pastor querer tanto a sus ovejas?
Yo me jubilé por los hijos. Si no, estaba ahora mismo con ellas.

¿Las quiere más a ellas que a los hijos, o qué?
¡No, hombre! Los hijos más, pero es que me gustan las ovejas mucho, mucho.

¿Pero qué tienen las ovejas? ¿Qué le dan?
Yo es que trabajo muy a gusto con ellas. En el campo todo el día y muy a gusto.

¿Pastor de ovejas, o de cabras?
De ovejas, de ovejas.

¿Cuántas ovejas tenía?
A cargo mío, mil.

¿Mil ovejas? ¿Usted solo?
Yo solo, sí. Las atendía allí en el campo, arriba y abajo. Atendía a los corderos, todo. Yo he sacado muchos corderos. Las llevaba a pastear por la zona, y hace años también las llevaba a Cáceres y Plasencia.

Pocas veces ha estado enfermo Bernardo. Y vacaciones, ninguna. Con la sola compañía de unos perros a los que, como dice su mujer, «sólo les faltaba el habla; donde él los mandaba, ellos iban», caminaba de un lado a otro, «y sin gastar sombrero -dice María del Rosario-; mi marido cogía el pañuelo, le hacía cuatro picos, y a la cabeza».

Bernardo, ¿ha dormido muchas noches por ahí, por el campo?
¡Hombre que si dormía en el campo! Me ponía un canto de cabecera, y bueno, me tapaba con una manta si la había, y otros días me dormía mojado, porque la manta no se secaba.

¿Le llovía también?
¡Hombre que si me llovía! Me he mojado... A lo mejor venía una primavera mala y me pasaba muchos días mojado.

A pastear, y luego la vuelta a casa.
¡Anda, a ver! No como ahora, que hay más comodidad, las encierran y luego las sueltan solas. ¡Lo que yo he pasado, madre mía! Son muchos sacrificios, muchos, muchos.

¿Y qué es lo que más le gusta de haber trabajado como pastor?
Eso, estar con ellas. Nada más que eso. Pero es muy esclavo, ¡eh! Desde las ocho y hasta las diez de la noche, y no tienes ni domingos ni nada, todos los días con ellas.

Sin vacaciones ni nada.
De eso nada, las ovejas tienen que estar atendidas. Un agricultor puede decir: Hoy no aro esta tierra, aro mañana. Con las ovejas, no; hay que ir con ellas.

¿Y no se aburría?
¡Pero cómo te vas a aburrir, hombre! Llevando tabaco en el bolso para fumar, que fumo mucho, estando con ellas, y muy a gusto. ¡Encantado de la vida!
Pero Bernardo, ¿no se sentía alguna vez solo?
Sí, hombre. Quería estar con mi mujer y mis hijos, pero a las ovejas las quería mucho.

44 años de matrimonio con Bernardo, y María del Rosario recuerda haber pasado mucho tiempo sola: «¡Es que a veces parecía que estaba viuda! Yo le he echado mucho de menos. Sólo podía estar con mi marido por las noches, para cenar. El resto del día lo pasaba sola, todos los días, incluso domingos. El único día en que se quedaba en casa conmigo para pasar todo el día era en la fiesta de San Antonio y en la de Nuestra Señora de agosto». También ha rezado mucho, por Bernardo y por todos los que le ayudaban: «Algún día en que se había hecho más tarde, pedía a los vecinos que me llevaran con el coche para ver si le encontrábamos. Mi marido ha ido siempre a todas partes andando, o le han traído y llevado en coche, que yo he rezado mucho siempre por los que le llevaban».

Bernardo, ¿usted es religioso?
La verdad, que aquí estamos para decir la verdad, ¿no?, pues a mí me gusta ir a misa cuando me parece, nada más. Y en el campo rezaba a lo mejor lo que me sabía.
Dice el Evangelio que las ovejas reconocen la voz del pastor. ¿A usted las ovejas le reconocían?
¡Anda, hombre! En el momento en que las veía, sabían que era yo. ¡Fíjate qué conocimiento tienen los animales, verdad! Hombre que si me conocían...

¿Se le perdían muchas ovejas?
No muchas, alguna que se quedaba detrás, pariendo, y a lo mejor al día la encontrabas.

¿Y el pastor deja al rebaño y se va a buscar la que se ha perdido? ¿Eso lo ha hecho usted?
Claro que vas a buscarla, eso es porque las quiero.

Bernardo, ¿volvería a ser pastor de nuevo si volviera a nacer?
¡Hombre, y ahora mismo si pudiera!
Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
«El que no me ha fallado ha sido Dios»
A Julio de la Losa le llaman todavía el pastor de la Casa de Campo, aunque desde hace unos meses ya no le permiten que pasten las ovejas en el pulmón de Madrid. Desde entonces las lleva a pastar donde puede, cerca de Madrid, en un campo que tiene como horizonte los rascacielos de Plaza Castilla y como cielo una capa marrón o gris, según el día. Es difícil seguir a Julio cuando camina por el campo de un lado a otro, persiguiendo a sus ovejas, vigilándolas y llevando a las que están más perdidas junto con las demás. Es difícil, porque el rebaño de Julio lo componen 1.200 ovejas y él lleva toda la vida monte arriba y monte abajo. Anoche se le murió una oveja, y hace poco una de las mejores perras que ha tenido. Bajo el sol de media tarde, cuenta que, «para este oficio no vale todo el mundo. Hay que tener mucha vocación. No vale con decir: Cuánto gano por tantas horas que voy a echar al día. Y tiene que ser gente a la que le gusten los animales, no estar unas horas con ellos y luego irse». Sus ovejas son merinas de pura raza, sin mezcla, y dan una lana suave que él trasquila cuando llega el mes de abril: «En verano, salgo a las 6 de la mañana, y estoy con ellas hasta las 11 de la noche; en invierno, hasta las 9. Cuando llueve también, las saco todos los días del año. Son muchas horas, pero siempre tienes algo que hacer. Tengo una radio, pero no tengo tiempo de escucharla. Un rebaño así de grande te ocupa todo el tiempo. No me da tiempo casi ni de comer».
Su vocación le viene de niño, porque sus padres y los padres de sus padres también fueron ganaderos. Él empezó a llevar a las ovejas a pastar con 8 años, acompañando a su abuelo los veranos. Después, años enteros en las cañadas de Extremadura, Gredos, Ávila. Y, más tarde, al casarse, a Madrid. Al hablar de su oficio afirma que «es muy duro, pero lo más duro sobre todo es sufrir cuando ves que no hay agua para los animales. Eso es lo más duro para mí, igual que cuando se pone alguna oveja enferma. Lo peor es cuando no puedes salvar a un animal».
Ayer pastor, hoy sacerdote
A don Rafael Samper le llaman el pastor. Sacerdote de la diócesis de Huesca, nació en un pueblo llamado Almudébar, y ahora está ocupado en la creación de una parroquia nueva en una zona nueva de la ciudad oscense. Pasó muchos años en Chile, como misionero, en una población llamada Coronel, una zona muy pobre que vivía de las minas del carbón, debajo mismo del mar. Recuerda que allí había «mucho peligro y muchas muertes, pero la gente te acogía con mucho cariño».
En 1978, cuando surgió su vocación, al poco de entrar en el Camino Neocatecumenal, la gente empezó a llamarle el pastor. Hoy afirma: «Yo era pastor de ovejas. Estuve en este oficio durante mi juventud, ayudando en casa, hasta que me fui al Seminario, cuando tenía 30 años. Como era el mayor de 11 hermanos, desde los 15 años ayudaba en casa». De aquel tiempo recuerda «los momentos de una especial intimidad con el Señor, sobre todo cuando me planteaba la vocación. El campo, la soledad, el contacto con la naturaleza..., son un ambiente muy propicio para hacer oración».
Hoy, al leer el evangelio del Buen Pastor, reconoce muchos aspectos del trabajo que hacía con las ovejas: «Las páginas del Evangelio están impregnadas del trabajo rural y, sobre todo, pastoril. Los pueblos de la Biblia eran pueblos nómadas y dedicados al pastoreo».
El pasaje del Buen Pastor, la búsqueda de la oveja perdida..., son algo que recuerda bien, y de todo ello extrae lecciones de vida y de fe: «Alguna vez perdí una oveja, por supuesto. Eso es así, no está escrito en la Biblia por casualidad. Pero el buscar la oveja perdida no es algo tan bucólico como se pinta; yo digo que la oveja perdida, una vez que la carga uno sobre el hombro, después de estar cansado de ir a buscarla y encontrarla quién sabe dónde, entonces se te hace todas las necesidades encima. Pero eso es, en definitiva, lo que hemos hecho todos nosotros con Jesucristo, que nos ha cargado sobre los hombros y nosotros, a cambio, le hemos dado toda la basura, nuestros pecados».
Don Rafael afirma también que «el pastor es el que más quiere a las ovejas, y pierde la vida por ellas, igual que Jesucristo pierde la vida por el rebaño. En eso se conoce verdaderamente que las quiere, en que lo deja todo por esa misión». Y señala también otro aspecto de la vida del pastor en la Escritura, en el pasaje del Génesis en que Jacob suplanta a su hermano Esaú ante su padre Isaac: «Jacob se puso una piel de cordero encima para presentarse ante Isaac en su lecho de muerte. Ésta es una práctica común entre los pastores. Cuando una oveja tiene dos corderos y uno de ellos va a morir porque su madre no tiene leche suficiente, y hay una madre a la que se le ha muerto su cordero, entonces el pastor pone la piel del cordero muerto encima de aquel que necesita la leche, para que la madre pueda oler a su hijo y le acepte, porque la oveja rechaza a cualquier cordero que no sea suyo. Es una práctica muy común entre los pastores. Esto tiene una enseñanza para nosotros con la figura de Cristo: el Padre, por nuestras obras, no nos conocería, y entonces hemos tenido que recibir el buen olor de Cristo para que el Padre nos reconozca como suyos».
© 2006. Alfa y Omega, Semanario católico de información. Fundación San Agustín, Arzobispado de Madrid