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Con ojos de mujer
Vive y comunica la luz
Durante muchos años, el espíritu scout estuvo muy presente en casa. Todos se colgaban la pañoleta el fin de semana y gritaban orgullosos el sempre a punt, lema del grupo que resumía la actitud de servicio que caracteriza a este movimiento. Lo recordé hace unos días. Mientras hablaba por teléfono, mi madre me dijo: «¡Espera espera..., la luz de Belén!», y me dejó pegada al auricular, un tanto intrigada. Después me explicó que la cera de la vela se había agotado y la llama corría el riesgo de apagarse.
La Luz de la Paz es una iniciativa de los Scouts de Austria que, con la colaboración de miembros de diferentes países, reparten la Luz de la Paz, encendida cada año por un niño en la cueva del nacimiento de Jesús en Belén. El reparto a todos los países participantes se realiza desde Viena. Posteriormente, los scouts la distribuyen por casas, hospitales, residencias de ancianos, prisiones y otras asociaciones.
El domingo 14 de diciembre se celebró en el anfiteatro romano de Tarragona el acto central de la Luz de la Paz de Belén en España, con el lema: ¡Vive y comunica la luz, vive y comunica la vida! Se repartió la llama entre los participantes, como símbolo de bienvenida a la Navidad, y desde allí ha ido llegando a distintas ciudades españolas. El pasado fin de semana, llegó a Madrid, a la parroquia de San Juan de la Cruz, en una celebración litúrgica en la que participaron más de 1.500 personas.
Durante semanas, nos hemos preparado para acoger al Niño-Dios. Son días de ilusión, de alegría por la Buena Noticia que cambia el corazón de los hombres. Son días de permanente disposición para acoger la Vida, como María; de estar vigilantes para que la Luz nunca se apague. Y me pregunto si soy luz o sombra para los que me rodean, si persevero en el amor de Dios para alumbrar a las personas que tengo cerca.
Es verdad que, a veces, ponemos los ojos demasiado a pie de tierra y olvidamos que el componente principal de esa tarea es la Gracia, pero no es menos cierto que hay que dejarse hacer, ser instrumentos de Su paz, cultivar la apertura y espera vigilante. Cuando hay niños pequeños en casa no siempre es fácil encontrar las condiciones para poder ir a la raíz de la fe y coger fuerzas para ser luz. Y la llama siempre corre el riesgo de apagarse. Por eso al escribir este artículo, me acuerdo especialmente de los tíos y abuelos que, en los últimos años, se han ofrecido para que mi marido y yo pudiéramos participar en las celebraciones de Navidad. Me acuerdo de amigos consagrados, que desde su ministerio siempre están abiertos a la Vida, nos ceden sus instalaciones y se ofrecen en cuerpo y alma para que, con niños o sin ellos, a la hora que sea, no descuidemos lo que ilumina nuestra mirada. Me acuerdo también de las dificultades de los cristianos de Belén, de donde procede la Luz que alumbra muchos hogares.
Ha llegado la Navidad y ahora queda por delante el reto de vivirla cada día, de cuidar esa Luz que se nos ha regalado, alimentarla, y recordar que nadie enciende una lámpara para ponerla bajo el celemín.
Amparo Latre