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No es verdad

A lo mejor, qué se yo..., dentro de unos días sí, pero cuando he querido buscar, para ilustrar este rincón, una viñeta navideña, he tenido que recurrir a una de Máximo, que fue publicada hace muchos años, como una más de tantas de las que, por estas fechas, abundaban en todos los periódicos. No sé qué les parecerá a ustedes, pero a mí me parece un signo más -y no menor, por cierto- de la descristianización de nuestra sociedad. Los humoristas pintan lo que hay.

Los obispos españoles han dado a Cáritas, estos días, dos millones de euros, como aportación extraordinaria, para tratar de paliar la angustiosa situación en que se encuentran las Cáritas diocesanas, que están al límite de sus posibilidades, porque tienen que atender a un 50% más de gente necesitada que otros años. El silencio en los medios de comunicación sobre esta ejemplar donación ha sido oprobioso; sobre todo en los medios que dedican páginas y titulares de portada a las nefastas pederastias y no menos nefastas gescarteras. Y no seré yo, desde luego, el partidario de esconder, en los medios de comunicación, las miserias de la condición humana (las de todos, claro); pero tampoco seré yo quien considere normal ese oprobioso silencio sobre un gesto de caridad cristiana y solidaridad social tan extraordinario como ejemplar y testimonial. Digo testimonial, para ver si alguien más que los obispos se anima a atender de verdad, no de boquilla, a los realmente necesitados. Por ejemplo, el Gobierno que se dice socialista pero que, por lo que se ve, y es algo que ya escribí aquí hace unas semanas, es de un socialismo bancario. ¿O es que acaso creen que a los pobres sólo tiene que atenderlos la Iglesia? Ahora que han sido aprobados, nadie entiende bien por qué, los presupuestos más absurdos, ilógicos e irreales desde la Transición hasta hoy, esta reflexión parece obligada.
No falta, en cambio, quien, en dichos medios -en las elecciones que vienen hay mucho que repartirse-, define ya como desafío la celebración de la Eucaristía que en la fiesta de la Sagrada Familia congregará, en la madrileña plaza de Colón, el próximo domingo por la mañana, a muchos miles de ciudadanos españoles. Una celebración litúrgica así, por muy multitudinaria que sea, que a Dios gracias lo será, sólo puede ser considerada un desafío en cuanto que los supuestos desafiados la quieran recibir como tal; porque lo que es en sí misma es una esperanza, una mano tendida y abierta, un apoyo a la familia que es el mejor colchón contra la crisis, contra todas las crisis habidas y por haber; es decir, exactamente lo contrario de un desafío. Es también la gozosa constatación de que hay centenares de miles de familias jóvenes en España que viven con gozo la normalidad cristiana, que, por cierto, es la mejor manera que yo conozco hasta ahora de vivir la normalidad cívica, mientras no se me demuestre lo contrario. Si lo que quieren decir los del desafío es que millones de españoles no están de acuerdo con una legislación inicua, de la que han sido suprimidas en el Código Civil las palabras padre y madre, y las palabras marido y mujer han sido sustituidas por mi pareja, entonces no tengo más remedio que afirmar que, efectivamente, esos millones de españoles ni están de acuerdo, ni pueden estarlo, ni lo estarán nunca, porque eso va contra la mismísima esencia de sus convicciones morales y de fe, y, dicho sea de paso, también contra la naturaleza humana, contra la propia Ley Natural. Manolo Alcántara acaba de escribir, estos días, en un artículo lucidísimo y luminoso, como todos los suyos, que cuando las lealtades y fidelidades más elementales se extinguen, «ser excelente es mucho más difícil que ser excelentísimo». La inmensa mayoría de los ciudadanos decentes y honrados prefieren, como es lógico y natural, ser excelentes a ser excelentísimos.

Personificación llamativa de esto es el exPresidente del PNV, Arzálluz, quien acaba de asegurar que «el Gobierno sigue hablando con ETA» y que «ETA no es una organización sedienta de sangre, sino que tiene unos objetivos políticos». No es verdad y, lo que es
peor, él lo sabe de sobra. Es la diferencia, por ejemplo, entre ser excelente o excelentísimo.
Gonzalo de Berceo
© 2006. Alfa y Omega, Semanario católico de información. Fundación San Agustín, Arzobispado de Madrid