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Televisión
La televisión juega con el instinto y la inocencia

Después de que los niños nos cantaran el gordo de la lotería, a la Asociación de la Prensa de Madrid le ha tocado cantar su Informe Anual de la Información Periodística 2008. Se nos vuelve a subrayar que el españolito de a pie sigue confiando más en la televisión que en la radio y la prensa, algo cuyo motivo ignoro y no deja de sorprenderme. Nos gusta Internet, pero lo usamos para las herramientas sociales de moda y para un garbeo sucinto, pero nada del otro mundo. Cada vez ignoramos más los periódicos: parece que a la prensa le está pasando lo que a los cigarrillos, que son cosa del cine antiguo, cuando los espías se guarecían tras los tabloides y dejaban el cenicero infestado de ceniza. En la Facultad aprendimos que las noticias de hoy envuelven el pescado de mañana, con lo que se asumía la precariedad de todo lo noticiable, pero en nuestro tiempo las noticias del día ya envuelven el pescado fresco de hoy. Muchos redactores van a tiritar este fin de año, y más de uno se tomará las uvas como gelocatiles, porque intuyen que las nuevas estrategias empresariales de los medios escritos les van a guillotinar las alegrías.
No entiendo el grado de confianza que para el espectador medio tiene la televisión. Sencillamente, porque todo lo que se mueve en pantalla está tan guionizado, que sólo se entiende desde la clave del espectáculo. La semana pasada, Iñaki Gabilondo entrevistó al Presidente del Gobierno. Ambos estuvieron tan sobrios y tan manidos en su triangulación de jugadas, que me extraña que el espectador no sepa advertir la escenografía. A mí, lo que verdaderamente me entusiasmó fue el final. Para evitar la metedura de pata preelectoral de la famosa creación de tensión a micrófono abierto, ambos se quedaron no sólo mudos, sino inertes, petrificados, mirándose como hologramas de sí mismos. ¿Una tele digna de confianza? Vi el pasado jueves, en El diario que conduce a media tarde Sandra Daviú en Antena 3, un invitado que volvía a plató porque el equipo del programa quería presentarle a una fan que se había enamorado de él; el caso es que se trataba de un transexual y el invitado no lo sabía. La gracieta es mantener al espectador en vilo, atento a su reacción. ¿Digna de confianza? Que se nos va el año, hombre, y aún no hemos aprendido que la tele juega con el instinto y la inocencia.
Javier Alonso Sandoica
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