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Luz y amor. Entonces, y ahora

«En cada niño hay un reflejo del Niño de Belén. Cada niño reclama nuestro amor». Lo dijo Benedicto XVI en su homilía de la Misa de Medianoche de esta Navidad, tras recordar cómo el teólogo medieval Guillermo de Saint Thierry decía que «Dios ha visto que su grandeza -a partir de Adán- provocaba resistencia», y por eso «ha elegido una nueva vía: se ha hecho un niño, dependiente y débil, necesitado de nuestro amor. «Ahora -dice ese Dios que se ha hecho niño- ya no podéis tener miedo de mí, ya sólo podéis amarme». Así, hecho niño, «vino a los suyos», escribe san Juan en su evangelio... «Y los suyos no lo recibieron». Entonces, y ahora. Hasta ese punto se han cerrado tantos ojos, que ya no ven luz alguna en el rostro de un niño, y se han ofuscado tantos corazones, que ya no saben amarlo de verdad. Y si se ha llegado incluso a la terrible crueldad del aborto, ¿cómo extrañarnos de que tantos niños, sin ese amor que reclama el reflejo divino constitutivo de su ser, acaben en las más penosas situaciones? A éstas se refería el Papa con toda crudeza, dirigiendo su mirada a los niños «a los que se les niega el amor de los padres. A los niños de la calle que no tienen el don de un hogar doméstico. A los niños que son utilizados brutalmente como soldados y convertidos en instrumentos de violencia, en lugar de poder ser portadores de reconciliación y de paz. A los niños heridos en lo más profundo del alma por medio de la industria de la pornografía y todas las otras formas abominables de abuso». Y sin duda también hemos de pensar en tantos y tantos niños de familias normales, pero no menos afectados de esa falta de luz y de amor verdaderos, que parecen dominarlo todo en nuestra sociedad, como analiza el tema de portada de este número de Alfa y Omega.
En su Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de este primero de enero de 2009, Benedicto XVI fija asimismo la atención en la pobreza de los niños, cuyo origen no es otro que la falta de luz y de amor en la familia: «Cuando la pobreza afecta a una familia, los niños son las víctimas más vulnerables... Cuando la familia se debilita, los daños recaen inevitablemente sobre los niños. Donde no se tutela la dignidad de la mujer y de la madre, los más afectados son principalmente los hijos». Antes, el Papa había aclarado que «hay pobrezas inmateriales, que no son consecuencia directa y automática de carencias materiales», que «en las sociedades ricas y desarrolladas existen fenómenos de «marginación, pobreza relacional, moral y espiritual»: se trata de personas desorientadas interiormente, aquejadas por formas diversas de malestar a pesar de su bienestar económico». A la vista están los frutos amargos de esos niños, llenos de cosas, sí, pero en cuyos ojos se ha oscurecido la luz divina, y la sencilla espontaneidad del amor se ha trocado en egoísmo y violencia. No otra cosa podía suceder de espaldas a la verdad de que la luz y el amor, de que la vida, ante todo, es don, no posesión nuestra de la que podamos disponer a capricho, o según intereses de cualquier clase.

Así lo decía el Papa, el pasado 22 de diciembre, en su felicitación navideña a la Curia romana: «La tierra no es simplemente nuestra propiedad que podamos explotar según nuestros intereses y deseos. Es más bien don del Creador, en la que ha plasmado el orden intrínseco y con ello nos ha dado las señales orientadoras a que atenernos como administradores de su creación». Y si grande es la responsabilidad para defender «la tierra, el agua y el aire como dones de la creación pertenecientes a todos», ¡cuánto más para «proteger al hombre contra la destrucción de sí mismo! Es necesario algo así como una ecología del hombre, entendida en sentido justo». Si «las selvas tropicales merecen, sí, nuestra protección, no la puede merecer menos el hombre como criatura». Creerse dueño y dominador, y cerrar los ojos al verdadero Dueño y Señor que se ha manifestado, bien significativamente, en el Niño de Belén, es la causa de todo mal en el mundo, de la oscuridad en la mirada y el vacío en el corazón, cada vez en edades más tempranas. No reconocer que la vida, y todas las cosas, son regalo de Dios, mata de raíz la felicidad para la que está hecha el corazón de todo ser humano, desde el más niño al más anciano; mata de raíz la alegría. Porque -dice también Benedicto XVI- «la fiesta se puede organizar, la alegría no. Ésta sólo puede ser ofrecida como don; y, de hecho, nos ha sido dada en abundancia». De nada necesitan tanto y tan urgentemente los niños, y necesitamos todos, que de esta luz y este amor, nacidos de la Virgen María en la ciudad de Belén.
Morir dignamente
Morir con dignidad es parte constitutiva del derecho a la vida. La muerte no es un fenómeno pasivo que ocurre en nosotros y frente al cual no podemos hacer nada. Es un acto humano en el que la libertad puede intervenir. La importancia y el significado de la muerte exigen una reflexión, que la integre en el misterio de la vida y busque su dignidad en el marco de un humanismo fiel a la verdad del ser humano. La dignidad de la persona no se funda en la calidad de vida ni en el bienestar, ni tampoco en su utilidad social; reside en el propio ser y condición de la persona. Todas las vidas humanas tienen igual valor. Todas las personas son igualmente dignas, a lo largo de toda su vida. La dignidad no se corresponde con la mera percepción subjetiva del valor que uno se pueda dar a sí mismo ni del valor que los demás puedan concederle. La eutanasia, entendida como una acción u omisión con la intención de anticipar la muerte, así como una opción voluntaria de suicidio, es una ofensa a la propia dignidad de la persona. El rechazo de un tratamiento proporcionado, ordinario y eficaz es siempre un atentado a la vida. Pero ante la cercanía de una muerte inevitable e inminente, es lícito renunciar a terapias inútiles y desproporcionadas que aumentan el sufrimiento.
útilmente. Asimismo, no es lícito privar al enfermo de una atención espiritual que le lleve a encontrar la serenidad y la paz que le ofrece la fe. Se debe tutelar la autonomía y el respeto de la dignidad, satisfaciendo el derecho a ser informado y a participar en las decisiones que afecten a los cuidados que se le han de aplicar. Finalmente, deben garantizarse las formas de asistencia a domicilio, el apoyo psicológico y espiritual de los familiares y de los profesionales, que puedan transmitir la convicción de que cada momento de la vida y cada sufrimiento se pueden vivir con amor y son muy valiosos ante los hombres y ante Dios.
De la Nota de los obispos de Andalucía ante el proceso de la muerte