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¿Quién teme a Darwin? (I)

Llega a Barcelona la campaña Dios no existe, promovida por una cierta Unión de Ateos y Librepensadores. Podría ser una buena noticia. Significa que hay personas dispuestas a gastar su tiempo y su dinero en hacer proselitismo de su fe atea. No es muy frecuente en nuestros días, donde más bien se lleva un agnosticismo que es huída de todo compromiso personal. Por eso han desparecido del espacio público occidental los grandes debates de siempre sobre el sentido de la vida.
Esto explica nuestra falta de coherencia. Nuestras sociedades defienden unos valores y sus contrarios. El reconocimiento de la dignidad incondicional de la persona, de raíz cristiana, convive con el supuesto derecho a disponer de la vida del más débil, o con la extensión de intensivos programas para evitar que nazcan seres inferiores. No es habitual encontrar formulaciones sistemáticas a partir de estos postulados, como intentó hace décadas el nacionalsocialismo. Sus defensores prefieren cortar poco a poco los hilos que nos unen a la divinidad, con la esperanza de terminar ocupando su espacio. Vivimos, así, en un momento crítico, en tensa espera de un desenlace. La metáfora de este tiempo es la pseudo Navidad que intentan vender algunos, sin referencia alguna al Acontecimiento de Belén. ¿Hasta cuándo podría pervivir esa farsa? Si se impone esa fiesta desnaturalizada, se perderá el interés por la Navidad.
Por eso se agradecen apologías abiertas del ateísmo. Con ellas quizá sea posible un diálogo franco. El bicentenario del nacimiento de Darwin y el 150 aniversario de El origen de las especies ofrecen un marco privilegiado. En 1959, último jubileo darwinista, no fue posible. A Darwin se le declaró cómplice de Hitler, que, como Marx y tantos discípulos de Adam Smith, tergiversó al científico a su conveniencia.
Ricardo Benjumea
ONO
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