Alfa y Omega > Nº 623 > Aquí y ahora
Escribe el obispo coordinador de la Misa de la familia
Podemos fiarnos de la familia
El pasado 28 de diciembre, una oleada inmensa de vida barrió el frío de la plaza de Colón, convertida en una asamblea eucarística por la fuerza del Espíritu de Cristo. Nunca la Iglesia es tan hermosa como cuando se agolpa para escuchar la Palabra de Dios y comulgar del Cuerpo y de la Sangre de Cristo. Entonces se hace patente que existe una familia indestructible cuyos lazos no son de carne y sangre, sino más poderosos aún, porque son capaces de constituir a personas de distintas procedencias, edades, culturas y razas en un único Cuerpo -el de Cristo- que transita por la Historia atrayendo tras de sí a quienes aman la Vida y desean vivir eternamente
Un momento de la adoración del Niño
al final de la celebración
Quienes participamos en la Eucaristía de la Sagrada Familia no íbamos contra nadie y contra nada, como algunos medios de comunicación predispuestos de antemano han hecho notar en sus titulares. Sencillamente, celebrábamos la entrada de Dios en la historia de los hombres por la puerta carnal de la familia. Las fiestas cristianas se identifican precisamente por celebrar misterios de la fe que iluminan la vida del hombre, que, como en tiempos de Jesús, yace en tinieblas y sombras de muerte. Cristo es luz y espanta las tinieblas. Por ello, donde está Cristo hay siempre luz. Y nuestro mundo necesita mucha, mucha luz. En la plaza de Colón brillaba la luz: la luz de tantas familias apiñadas en torno a una convicción única: que la familia está viva, resiste terribles embestidas de la cultura de la muerte y lucha por defender los valores que la constituyen: el amor y la fidelidad, la vida y el perdón, la defensa de los más débiles y el sacrificio hasta la muerte. Brillaba la luz en los ojillos de los niños, en la ternura de los abuelos y en la fortaleza de tantos jóvenes padres. Allí se celebró y se cantó a la vida que viene de Dios y que nos conforma según su imagen inefable. Todo lo contrario a las propuestas de quienes, ebrios de lo que llaman progreso, «se han olvidado -como dice T.S. Eliot- de todos los dioses, excepto la Usura, la Lujuria y el Poder». No es extraño que teman el resurgir de una Humanidad nueva, animada por la Gracia, que es el antídoto a la pretensión del orgullo humano de establecer lo que es bueno y malo según los cálculos de la cultura imperante, autocomplaciente y satisfecha de sí.
Una cosa es clara: el orden natural no es manipulable. Con el típico empirismo inglés, Derrick comienza su libro Huid del escepticismo diciendo, al contemplar unos patos en el lago, que «nos podemos fiar de un pato», porque es real, verdadero, está ahí, sin cuestionar su existencia. En la plaza de Colón se puso de manifiesto que nos podemos fiar de la familia, la real y verdadera, formada por quienes pueden fundarla y constituirla: el padre y la madre hechos una sola carne y rodeados de hijos, frutos de la vida que florece, se desarrolla y culmina en la plenitud de la eternidad, pasado el umbral de la muerte.
Luz para poder ver
Vista general de la madrileña plaza de Colón
el 28 de diciembre pasado
Hay gente que se obstina en no ver que hay algo que se escapa de la voluntad y el poder del hombre, que no pertenece a su dominio, sencillamente porque es divino, porque nos precede, como el Amor creador, antes de iniciar la aventura de plasmar al hombre y la mujer como imágenes del único Dios. Hay gente que se obstina en llamar vida a la muerte y ampliación de derechos humanos a lo que sólo es extensión de pretensiones egoístas diseñadas por los ingenieros del bienestar suicida. Son los que quieren excluir todo el dolor, el sufrimiento, las penalidades de los hombres como si allí no existiera alguna dignidad. Y crean, en su absurda quimera, abismos de dolor infinito difíciles de subsanar: matrimonios deshechos, madres que no se perdonan el aborto, jóvenes que han perdido la esperanza y el sentido de vivir. No hizo así el Hijo de Dios cargando sobre sus hombros el dolor del mundo y envolviéndose en él con sus pobres pañales. No lo hizo el que podía haber despachado el dolor del mundo en un instante. Lo asumió y lo redimió. Y llamó ciegos a los que, creyendo que ven, no ven, porque están cerrados a la luz, es decir, a la obra de Dios en la vida de los hombres, de esos hombres y mujeres sencillos de nuestro pueblo que aman y entregan sus vidas al servicio de sus propias familias, por las que son capaces de inmolarse a sí mismos: padres que asumen la discapacidad de uno de sus hijos, o que adoptan niños que otros abandonan. Hijos que acogen la ancianidad de sus padres sin aspavientos, como una forma de piedad filial que les rescata de su propio egoísmo. Matrimonios capaces de perdonarse y defender su amor por el bien de sus hijos. Son innumerables los ejemplos que darían hermosos titulares en una cultura de la vida que deja traslucir lo que sucede cuando el hombre es tocado por Dios y se opone a toda forma de egoísmo y de muerte. Pero para ver esto es preciso acercarse a la luz y abandonar la oscuridad, es decir, hay que tener voluntad de ver lo que sucede ante nuestros ojos, como los patos en el lago, como las familias en la plaza de Colón.
+ César Franco
obispo auxiliar de Madrid