Alfa y Omega > Nº 623 > España
El 18 de septiembre de 2006 se abrían los documentos del Archivo Secreto Vaticano sobre la Segunda República y la guerra civil española
«Dígale a Franco que no se fíe de los nazis alemanes»
¿Realmente cree que la Santa Sede vio siempre con buenos ojos al Gobierno de Franco? ¿Qué cree que pensaba el Nuncio en España sobre los miembros de las Cortes que se formaron durante la Segunda República? ¿No le parece un poco extraño que, a pesar del terrible comportamiento que tuvieron muchos miembros del Gobierno republicano respecto a la Iglesia, pidieran con inusitada insistencia el reconocimiento de la República en España por parte de la Santa Sede? El historiador don Vicente Cárcel Ortí ha sacado a la luz la respuesta a éstas y a otras muchas preguntas en el libro Pío XI, entre la República y Franco. La angustia del Papa ante la tragedia española (ed. BAC), basado en sus averiguaciones, una vez abiertos al público los documentos del Archivo Secreto Vaticano relativos a esta época. Lo mejor es que no se trata del primer libro que verá la luz sobre el tema. Vendrán más, con documentos inéditos, donde, según el historiador, no hay bando que salga bien parado

Dice usted en su libro que la actitud por parte de muchos miembros del Gobierno republicano era muy hostil a la Iglesia, ¿por qué manifestaron tanto interés en que la Santa Sede reconociera el nuevo sistema de gobierno?
Porque eran conscientes de que tenía -como sigue tenido hoy- un prestigio internacional indiscutible. Para ellos era fundamental el reconocimiento diplomático del Papa. Lo mismo ocurrió seis años más tarde, cuando Franco pidió a Pío XI que le reconociera aun antes de ganar la guerra.
¿Por qué Pío XI reconoció enseguida la República, aunque la consideraba ilegítima?
La proclamación de la República fue un golpe de Estado, preparado desde el Pacto de San Sebastián (17 agosto 1930), que unió fuerzas y buscó fórmulas para acabar con la monarquía por las buenas o por las malas, incluido un golpe militar. Las elecciones administrativas del 12 de abril las ganaron a nivel nacional los candidatos monárquicos y no los republicanos, que, como ganaron en Madrid, amenazaron al rey exigiéndole que se marchara. Al huir a Francia, Alfonso XIII entregó el poder a la República, reconocida por el Papa a los diez días para garantizar el orden público. Pío XI aplicó la doctrina pragmática de reconocer a la autoridad que de hecho controla el territorio. Aquello fue una auténtica revolución, inicialmente pacífica, que produjo la mayor estampida política de la España del siglo XX.
El mes de mayo del año 31 fue un año muy convulso para la Iglesia en España. Sin embargo, Alcalá Zamora parecía pretender una relación con la Santa Sede que no se correspondía con lo que sucedía en nuestro país... (le regala libros al Papa, pide un oratorio para su residencia personal...) El Papa responde sin agradecerle el libro y negándole, por ejemplo, la capilla (por motivos justificados), pero todo esto podrían ser interpretados como desaires... ¿Era la manera de demostrar su desconfianza hacia el Presidente?
El Papa nunca se fió de los republicanos, pero trató con ellos para evitar males mayores a la Iglesia. Estuvo a punto de romper las relaciones diplomáticas y denunció públicamente la persecución que sufrían los católicos. En los documentos vaticanos aparecen notas y apuntes del Papa con expresiones muy duras contra los dirigentes republicanos que nunca fueron leales con la Iglesia.
Habla usted sobre el mito, bien difundido por la historiografía de izquierdas, sobre el nivel ilustrado, reformador y moderado de los políticos republicanos. Pero, según los informes del cardenal Vidal a Pacelli, Secretario de Estado que sería Pío XII, la realidad es que no predominaron ni profesores ni intelectuales, sino personajes de nivel cultural y moral muy mediocre. ¿Cómo eran esos informes?
El cardenal Vidal habló «de los estragos que se proponen causar las Cortes en materia religiosa y social». Según el arzobispo de Tarragona, «Azaña es muy radical y de malas costumbres»; Indalecio Prieto estaba «muy desprestigiado y fracasado». Y dijo también: «De los socialistas nada bueno puede augurarse para la Iglesia». Pero, junto a ellos, había excepciones muy contadas de auténticos intelectuales y políticos moderados: Marañón, Ortega y Gasset, Sánchez-Albornoz y otros. En cualquier caso, hay que decir que las Cortes de 1931 no representaban la realidad de España.
El 10 de agosto de 1936, Pío XI aprobó
la publicación del artículo
La Santa Sede y la situación religiosa de España,
en L’Osservatore Romano.
¿Puede deducirse de esta documentación que la Segunda República fue poco democrática?
Según el ministro vasco Manuel de Irujo, la República terminó siendo «un sistema verdaderamente fascista» porque violaba diariamente la conciencia individual de los creyentes. Por ello, no me canso de repetir que es históricamente insostenible la tesis de que la República fue un período maravilloso de tolerancia y progreso, democracia y serenidad social en el que España se abrió a la modernidad, y que los excesos legislativos cometidos contra la Iglesia y los católicos en general no fueron más que una justa reacción, a veces un tanto exagerada, contra una Iglesia que se oponía a los ideales que la República representaba. La Iglesia aceptó la República y colaboró lealmente con ella, pero denunció todas las censuras, discriminaciones, violencias y persecuciones que se produjeron desde mayo de 1931 hasta finales de marzo de 1939.
¿Podría resumir los intentos de Pío XI de mediación en la guerra civil española?
Mantuvo la Nunciatura de Madrid como un instrumento para intentar mediar y alcanzar la paz; condenó las atrocidades cometidas por los nacionales y pidió a Franco que hechos tan execrables no volvieran a repetirse, ante las presiones de las potencias europeas para una mediación junto a ellas, al margen de toda intervención política; pero intervino directamente ante Franco para impedir los bombardeos aéreos, que provocaban muertes de inocentes entre la población civil, y tuvo que resignarse al ver que no se aceptaba su mediación para una tregua en la Navidad de 1938. En pocas palabras, Franco le dijo al Papa: «Esto es una guerra y las guerras se acaban con la victoria de uno y la derrota del otro; las treguas sólo sirven para aplazar el final de la guerra y las pide el más débil, para poder reorganizarse y prolongar el conflicto».
¿Y las misiones humanitarias que la Santa Sede envió?
El Papa desarrolló una gran labor humanitaria y caritativa. Tras la toma de Bilbao por los nacionales, intervino con empeño para conseguir un trato generoso a los vencidos; condenó la ejecución de 14 sacerdotes vascos por los nacionales y trató de evitar represalias por cuestiones meramente ideológicas; favoreció el intercambio de rehenes, evitó numerosas ejecuciones capitales y consiguió reducciones de penas y muchos gestos de clemencia, como documento en otro libro mío reciente, publicado por Espasa Calpe (Caídos, víctimas y mártires. La Iglesia y la hecatombe de 1936), que es un complemento del que ahora estamos comentando.
¿Por qué tanta resistencia del Vaticano a reconocer el Gobierno de Franco?
Porque temía que el nuevo Estado derivara hacia el nazismo o el fascismo. El Papa reconoció el Gobierno nacional en mayo de 1938, porque veía inevitable la derrota de los republicanos -que estaban peleándose a muerte entre ellos mismos- y la implantación de un nuevo Régimen, si bien nadie podía saber entonces lo que pasaría en España durante cuarenta años más.
¿Qué problemas, en concreto, hubo con la Falange?
El Papa temía las infiltraciones paganas y antirreligiosas del nazismo. Por ello consiguió que no se firmara el acuerdo cultural hispano-alemán de 1939. «Dígale a Franco que no se fíe de los nazis alemanes», fue la recomendación que el Papa dio al Nuncio.
Otro documento importante, publicado
en el diario vaticano, fue el discurso
que el Papa pronunció ante 500
prófugos españoles en Castengandolfo,
el 14 de septiembre del mismo año
¿Cuál cree que ha sido el descubrimiento más importante, o la confirmación de algún hecho, después de esta exhaustiva investigación?
Mi investigación no ha hecho más que empezar, porque tengo en marcha un proyecto muy ambicioso que consiste en la edición crítica e íntegra de los Documentos del Archivo Secreto Vaticano sobre la Segunda República y la Guerra Civil (1931-1939)». Serán, si Dios me da salud para llevarla a cabo, cinco o seis tomos, que editará la Biblioteca de Autores Cristianos, de Madrid. Tengo terminado el primero de ellos, dedicado a 1931, y espero que salga el próximo año. Son casi dos mil páginas, de despachos, cartas, notas y apuntes varios, todos inéditos, de los que salen muy mal parados tanto unos como otros. Ante todo, desmontan el mito de la República, que empezó quemando iglesias y conventos y acabó asesinando a miles de curas, frailes, monjas y católicos y destruyendo un ingente patrimonio histórico, artístico y monumental que España no volverá a recuperar jamás.
¿Por qué nos cuesta tanto entender hoy lo que pasó hace más de 70 años?
No puede entenderse el 18 de julio de 1936, si no empezamos desde el 14 de abril de 1931. Estas dos fechas son las más emblemáticas de la tragedia española del siglo XX, que sigue coleando hasta nuestros días, cuando se intenta dar la vuelta a la Historia con el sarampión de la falsa memoria. Por ello, deseo que la publicación de los documentos vaticanos de aquella trágica década ayude a las personas de buena fe a comprender cada situación, en su momento y lugar, ya que no podemos mirar al pasado con los ojos de hoy. Este principio, que vale para todo historiador, tiene hoy más actualidad que nunca, porque nos condicionan tanto la confusión ideológica como una descarada manipulación de la verdad histórica, que no puede ser impuesta por una ley política, sectaria y partidista. ¡La Historia deben hacerla los historiadores y no los poetas, novelistas o cineastas y, mucho menos, los políticos!
A. Llamas Palacios