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Arte
1914, la vanguardia y la Gran Guerra

Marina Tsvietáieva dice que hay tres vasallajes en el ser humano: el hambre, la vejez y la pasión. De las tres, la pasión es la más energúmena y desgreñada, que no acepta ni dueño ni dogal. Ya le pasó al rey David, que en el momento de ver a Betsabé bañándose desnuda, más que prendarse de ella, se obsesionó por poseerla y complicó su trato con Dios. Tras la pasión sobrevino la sangre derramada del esposo, y todo lo demás que conocemos. En la mitología griega, a Acteón le pasó otro tanto: deambulaba por el bosque y contempló a Artemisa desnuda que, irritada por sentirse observada, le castigó con el hechizo de mutarlo en ciervo, llegó una jauría de perros y se lo devoraron. La llegada de la guerra: Acteón es el título del poema que Ezra Pound publicara en el corazón de la Gran Guerra, cuando Europa se desleía en fratricidios. Es una pena que la exposición 1914, la vanguardia y la Gran Guerra se nos marche en esta primera semana de enero del Thyssen, porque de ella hemos aprendido mucho.
Las vanguardias artísticas no podían expresar con un lenguaje coherente los destrozos de una confrontación que parecía no tener lindes visibles. Alguien dijo que la guerra era cubista, porque había alterado todos los órdenes de la vida. Es normal, entonces, que naciera algo tan primitivo como el dadaísmo: tanta coherencia expresiva en los artistas no había podido impedir la violencia más desdichada. Había que volver a empezar a hablar, aunque fuera con el burbujeo de sílabas sin sentido. Nuestro Josep Pla, corresponsal en París tras la guerra, resumió el antes y después de la contienda con una frase sucinta pero expresiva: «Uno constata la fatiga inmensa que la última guerra ha producido. Tal vez podría hacerse la hipótesis de que el éxito del tango en París se debe al hecho de que es la música popular que menos se parece a las marchas militares». Pero como el hombre es indestructible por naturaleza (monseñor García Lahiguera decía que, como el diablo lo sabe, trata desesperadamente de entretenernos), siempre late en él el siseo de la esperanza, a pesar de que en el horizonte sólo brille la ceniza de una sombra desalmada. Por eso, en la exposición se conserva la estatua de una mujer embarazada, realizada por Jacob Epstein. Nada refleja mejor la necesidad de volver a la razón y a la paz que una mujer joven fascinada por su embarazo.
Javier Alonso Sandoica
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