Alfa y Omega > Nº 623 > Desde la fe > Con ojos de mujer
Con ojos de mujer
Como niños
Adoro diciembre. Nada más arrancar la hoja de noviembre del calendario, comienzo a sentir hormiguitas recorriéndome el cuerpo. Junto con las luces que iluminan cada rincón de la ciudad, y que contemplo embobada desde el autobús, se ilumina también mi corazón, palpitando inquietado ante la llegada de algo... de Alguien.
Me noto más nerviosa, contagiada quizás por los nervios de los niños, que dejan de romper platos porque los Reyes Magos han comenzado su espionaje y temen ser pillados infraganti quitándole los cromos al compañero.
Me gusta explicar a los niños cómo el tiempo de Adviento es tan importante para prepararnos para el nacimiento de Jesús. Me gusta que abran la ventanita del calendario y que se coman orgullosos la chocolatina, sabiéndose ganadores tras haber luchado por no decir palabrotas, cumpliendo así el propósito indicado para ese día. Me emociono decorando sus clases y viendo cómo les caen casi gotas de sudor cuando intentan, al recortar, no llevarse un pie con las tijeras, ¡porque es el Niño Jesús, hombre! Y cantar Campana sobre campana en todas sus versiones. Y que traigan sus chuches para la operación kilo como alimento no perecedero.
¡En Navidad admiro a los niños más que nunca! ¡Qué envidia me dan las familias que cuentan con algún pequeñajo entre sus miembros! Ellos se vuelven los protagonistas de estas fiestas. ¡Qué maravilla ir desenvolviendo las figuritas del belén y comprobar que el pastorcito manco de siempre ya no admite más cirugías! Y pasear por las calles boquiabierto contemplando los escaparates llenos de muñecos, adornos y juguetes. Y esa ingenuidad que les hace creer cuando su santa madre, congelada, les dice que la función ya se ha acabado, aunque los muñecos aún no se hayan despedido al son de Cortilandia, cortilandiaaaa... Y no entender por qué los mayores son tan aburridos y no cantan villancicos como en el cole, si esta noche es Nochebuena...
Y que tu padre te coja a hombros y cargue con una escalera para ver mejor la cabalgata, mientras tu madre se arrastra por el suelo a la caza de algún caramelo. Y quedarte mudo de la impresión cuando pasa Baltasar en su carroza, después de haber estado días pensando en lo que le ibas a gritar. Y hacerte pis encima la noche de Reyes porque no pudiste levantarte para no espantar a Sus Majestades. Y salir a la calle el día 6 por la mañana vestida con tu disfraz de princesa, calzada con tus patines nuevos, en una mano la Barbie y en la otra Ken, después de haber comprobado victoriosa que los camellos bebieron el agua que les dejaste en la ventana.
Como mucho me temo que no es posible que alguien pueda alquilar un niño por Navidad, propongo que nos volvamos como ellos, pero con la ventaja de que nuestra madurez nos permite darle un sentido más trascendental a estas fechas tan entrañables. Haciendo que la inocencia se torne esperanza, y que la ilusión de estos días despierte nuestros corazones, moviéndolos a una profunda conversión. Porque la Navidad nos lo pide.
Y tú, ¿cómo la has vivido?
Belén Ruiz Poveda