Alfa y Omega > Nº 623 > Desde la fe
La antropología biológica responde al error de considerar al ser humano sólo un animal
Campo de batalla, el hombre
Uno de los axiomas de la modernidad es que el cerebro constituye la totalidad de la vida del hombre; así, en él cabría de todo, desde la idea de Dios hasta la configuración de la propia realidad: así es, si así me parece. Junto a ello, algunos van más allá en este proceso reduccionista del ser humano hasta el punto de afirmar que las facultades superiores del ser humano son sólo impulsos físicos de origen biológico. El resultado: el hombre sería simplemente un mono evolucionado cuyo cerebro es capaz de crear aquello en lo que decide creer

El reduccionismo zoológico, que ha querido hacer del hombre un mero mono desnudo, tiene su origen en la filosofía de corte antimetafísico que nace del empirismo y del utilitarismo, y encuentra una raíz más próxima en el darwinismo. El padre Leopoldo Prieto, autor de El hombre y el animal (BAC), reconoce en esta corriente «un elemento ideológico, que no ha de implicar per se mala voluntad». También tiene «graves consecuencias éticas, sociales y jurídicas, que están a la vista: la selección genética, el aborto, el infanticidio, la eutanasia..., exigidos a gritos por sus representantes».
Nada malo hay -aducen- en eliminar a un mero animal más evolucionado. Desde el campo interdisciplinar de la antropología biológica, que pretende explicar qué es el hombre en su cuerpo, el padre Prieto responde que, biológicamente, el hombre presenta dos rasgos distintos a los demás animales. Uno es la inespecializacion morfológica: tiene características físicas más primitivas que las de los simios. «Sin negar la evolución -explica-, existiría un movimiento a la inversa o de una naturaleza distinta, que rechaza quedar aprisionado por formas especializadas». Esto, junto a la carencia de instintos, «no se puede explicar a la luz de la sola biología» y, filosóficamente, es compatible con la tesis de que hay un alma que «influye, de algún modo, en la conformación morfológica del cuerpo» y le infunde una razón abierta al mundo y una voluntad libre.
Mente y cuerpo
El cerebro y su relación con la mente es uno de los principales interrogantes de la ciencia moderna. El doctor Aquilino Polaino, psiquiatra y catedrático de Psicopatología, explica que la enorme plasticidad del cerebro humano se debe a que «la biología no determina al hombre» como al resto de los animales, lo que hace posible la libertad. «El cerebro -explica- es un fundamento necesario para que el espíritu se manifieste, pero no es condición suficiente». El doctor Polaino advierte de otros errores, además del empirismo, que son corrientes en nuestra sociedad, como el constructivismo, «que defiende que el hombre no conoce la realidad sino que la construye». En cuanto a la relación del hombre con sus semejantes, cita el individualismo egoísta y el colectivismo, que hace de la persona un hombre-masa. Para evitarlos, «hay que entender que la persona no es un ser en sí ni para sí, sino para otro».
María Martínez
Ni monos, ni tampoco ángeles
El padre Leopoldo Prieto advierte del peligro del materialismo, pero también de un riesgo «en el que se puede caer con más facilidad dentro de la Iglesia: hacer un énfasis excesivo en las facultades espirituales hasta el punto de negar que el hombre es un animal», en una suerte de platonismo o reduccionismo espiritual. Cree que todavía es necesaria, en el ámbito de la Iglesia, una reivindicación del cuerpo en sus justos términos, «aunque ya Juan Pablo II hizo bastante al respecto». En este sentido, recuerda la doctrina católica sobre la naturaleza a la vez corporal y espiritual, «amada en su totalidad por Dios», y la resurrección de la carne, «que supone un notable ennoblecimiento del cuerpo».
¿Animales inteligentes?
Con cierta frecuencia salen en los medios noticias sobre estudios científicos acerca de la inteligencia o el lenguaje de los animales, a veces presentándolos como iguales a los seres humanos, o sólo diferentes en cantidad, no en naturaleza. Se quiere designar con ello -argumenta el padre Leopoldo Prieto- «alguna capacidad psicológica que le permite realizar conductas complejas o de gran precisión», algo que efectivamente tienen. Pero inteligencia se refiere, en realidad, al conocimiento abstracto, «la capacidad de ver lo universal en lo concreto, cosa que los animales no hacen», y que implica una «capacidad de aprendizaje y de progreso». Algo similar ocurre con el lenguaje: existe la posibilidad de comunicación en los animales, pero se comunica el conocimiento sensible, no el intelectual, abstracto o simbólico, que es lo que se puede llamar, con rigor, lenguaje. Los experimentos destinados a demostrar la existencia de aptitudes lógicas en los monos han sido siempre, según el padre Prieto, «un gran fracaso, pues sólo han logrado probar la memoria asociativa que es la base del adiestramiento, pero que no implica comprensión».