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Razones para la fe

«Hoy, el peligro del mundo occidental -escribía, hace ahora un año, Benedicto XVI en su discurso no pronunciado en la Universidad La Sapienza, de Roma, a la que había sido invitado, y cuya visita se canceló ante las presiones de quienes ciertamente no aman la verdad- es que el hombre, precisamente teniendo en cuenta la grandeza de su saber y de su poder, se rinda ante la cuestión de la verdad. Y eso significa, al mismo tiempo, que la razón, al final, se doblega ante la presión de los intereses y ante el atractivo de la utilidad, y se ve forzada a reconocerla como criterio último. Dicho desde el punto de vista de la estructura de la universidad -añadía el Papa-: existe el peligro de que la filosofía, al no sentirse ya capaz de cumplir su verdadera tarea, degenere en positivismo; que la teología, con su mensaje dirigido a la razón, quede confinada a la esfera privada de un grupo más o menos grande. Sin embargo, si la razón, celosa de su presunta pureza, se hace sorda al gran mensaje que le viene de la fe cristiana y de su sabiduría, se seca como un árbol cuyas raíces no reciben ya las aguas que le dan vida».
Como en sus mismos comienzos, hoy la Iglesia se ve urgida, ¡y de qué modo!, a defender la razón y la sed de la verdad que la constituye. Frente a la religión que, por no adorar a los ídolos y al emperador, nos declara ateos a los cristianos, la fe en Jesucristo no puede por menos que defender la auténtica filosofía, que usa la razón en búsqueda de la verdad. En el citado discurso, no pronunciado, de La Sapienza, Benedicto XVI evoca la disputa de Sócrates con Eutrifón, que defiende la religión mítica y su devoción. «¿Tú crees -pregunta Sócrates- que existe realmente entre los dioses una guerra mutua y terribles enemistades y combates...? Eutrifón, ¿debemos decir que todo eso es efectivamente verdadero?» En esta pregunta, dice el Papa, «los cristianos de los primeros siglos se reconocieron a sí mismos y su camino»; comprendieron su fe «como la disipación de la niebla de la religión mítica para dejar paso al descubrimiento de aquel Dios que es Razón creadora y, al mismo tiempo, Razón-Amor».
Vale la pena traer a esta página el testimonio del filósofo mártir del siglo II san Justino, autor de las más genuinas Apologías, que hoy, sin duda, recobran extraordinaria actualidad. ¡Qué bien supo seguir a san Pedro en su Primera Carta: «Siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza»! Justino dio razón de su fe, de modo ejemplar, sin miedo alguno a la muerte que le esperaba. He aquí un fragmento de las Actas de su martirio:
«Ante todo -dijo el prefecto Rústico a Justino- cree en los dioses y obedece a los emperadores. A lo que Justino contestó: El hecho de que obedezcamos los preceptos de nuestro Salvador Jesucristo no puede ser objeto ni de acusación ni de detención. Rústico replicó: ¿Qué doctrinas profesas? Justino dijo: Me he esforzado por conocer todas las doctrinas, y sigo las verdaderas doctrinas de los cristianos, aunque desagrade a aquellos que son presa de sus errores».
Querer reducir la fe a subjetivos sentimientos interiores, sin nada que ver con la razón y con la vida real, no sólo es una ofensa a la fe; ¡lo es, en primer lugar, a la razón! Un pensador laico, como Habermas -lo cita Benedicto XVI en su aludido discurso-, «dice que la legitimidad de la Constitución de un país, como presupuesto de la legalidad, derivaría de dos fuentes: de la participación política igualitaria de todos los ciudadanos y de la forma razonable en que se resuelven las divergencias políticas». Tal forma razonable no puede ser sólo -dice Habermas- una lucha por mayorías aritméticas, sino que debe caracterizarse como un «proceso de argumentación sensible a la verdad». Pero «la sensibilidad por la verdad -añade el Papa- se ve siempre arrollada de nuevo por la sensibilidad hacia los intereses». En su lección magistral en Ratisbona, ya dijo, en septiembre de 2006, que «no actuar conforme a la razón es contrario a la naturaleza de Dios», y por tanto a la naturaleza del hombre, a quien creó a su misma imagen y semejanza. Dar razón de nuestra fe, sin miedo y sin complejos, públicamente, es hoy, quizá más que nunca, alimento más indispensable que el pan material.
Contra la crisis, fraternidad
La reflexión que se impone ante la crisis no es sólo el examen de los fallos del sistema financiero y económico, sino también el análisis de las causas morales que están en el origen de la crisis. Si hemos de salvaguardar la conciencia ética de la Humanidad, una cosa es clara: una visión de la vida basada en el dinero, el poder y el disfrute sin freno no es el camino. Es urgente que desechemos actitudes contrarias a ese valor humano tan fundamental para la supervivencia de la especie como es la solidaridad, pero es asimismo más urgente descubrir que la solidaridad tiene unas raíces más profundas; no consiste sólo en el resultado de una afirmación de uno mismo apoyándose en la colectividad. Esto puede ser incluso egoísta, un modo de sobrevivir a costa de los otros. La solidaridad, para ser auténtico valor humano, tiene que surgir de la común conciencia de su razón ética. Lo que sólo se puede sostener si se apoya en el sentido trascendente de la vida y en la existencia de Dios como fundamento de la dignidad humana y de su vocación trascendente y, por eso, de su dignidad y valor eterno. Cuando Jesús hace suya la regla de oro de tratar al otro como uno quisiera ser tratado, Jesús apunta a la razón última de por qué uno quiere ser bien tratado por los demás: porque cada ser humano es hijo de Dios y hermano de todos los demás. La verdadera solidaridad es para la fe cristiana fraternidad. Cuando la Revolución Francesa convirtió en el lema propio la proclama libertad, fraternidad, igualdad, no hizo otra cosa que secularizar la visión cristiana de la común procedencia de todos los seres humanos de Dios, la radical y recíproca equiparación de todos los seres humanos ante Dios, que es el Padre común. Ante la crisis económica y social que se nos ha echado encima, estamos moralmente obligados a no aplicar el remedio egoísta del ¡Sálvese quien pueda! Con un país que supera los tres millones de parados, la recuperación del bienestar perdido podrá lograrse si no pensamos sólo en el bien propio y sí en el bien de todos.
+ Adolfo González Montes
obispo de Almería
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