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No es verdad
Martínmorales, en ABC
Será raro encontrar un españolito que no esté convencido ya de que el Presidente Zapatero miente cada vez que habla. Que luego digan las encuestas que le van a seguir votando es otro cantar. Zapatero no ha tenido el menor pudor a la hora de afirmar en TVE que él no dijo que no había crisis, que él no ha dado dinero a los bancos, que él no se sentó cuando pasó la bandera norteamericana, etc. Son cosas que todo el mundo ha visto y oído, y que en cualquier otro país democrático hace tiempo que habrían llevado al mentiroso a su casa; pero ahí lo tienen ustedes exhibiendo desfachatez impunemente. Y, lo que es peor, ahí tienen ustedes lo que Juan Manuel de Prada llama «sometimiento gregario a lo establecido».
Los extranjeros inteligentes que nos visitan comentan cómo es posible que la misma España que durante la transición democrática dio tan alto ejemplo de responsabilidad política y social, se haya convertido en un país tan envilecido, tan cobarde, tan soez y tan cutre. Son definiciones que duelen, pero tan reales que uno no tiene más remedio que admitirlas. Aquí, abolida la ética de la responsabilidad y del esfuerzo, en aras de una igualdad impuesta y falsa, y de un relativismo escuálido, nadie da cuenta de lo que hace, a nadie se le hace devolver lo que roba, nadie responde de lo que tendría que haber hecho y no ha hecho, y no sólo no se pide perdón por mentir descaradamente, sino que los mentirosos se ufanan de lo listos que son y de lo bien que mienten. Y venga deuda pública, aunque sea con los fondos de las pensiones; ya lo pagarán nuestros nietos. Lúcidos profesores repiten, una y otra vez, que «se ha perdido la vergüenza del déficit», pero son avisos que se oyen como quien oye llover, porque, además de la vergüenza del déficit, se han perdido otras muchas vergüenzas mucho más vergonzosas; por ejemplo, la de la dignidad, la de la honradez, la de la verdad, la de la confianza mutua, la del trabajo bien hecho, la de la decencia elemental, la del respeto recíproco. De la social demagogia sobre la crisis económica sólo hay una manera de salir: trabajando más y mejor, y no a base del Yo no doy golpe y vivo de lo que haga el prójimo, porque el tal prójimo piensa y hace lo mismo respecto a mí.
Es triste que haya algunos capaces de tragarse la milonga de que esto nos lo va a arreglar Obama. Siento mucho no estar a favor de la Obamanía. No me parece que Luther King pensara en alguien así cuando dijo aquello de He tenido un sueño. Está muy bien rezar e invocar a Dios, con la cabeza baja -el embajador Javier Rupérez acaba de recordar, en una Tercera de ABC, la admirable «sensibilidad trascendente del pueblo americano -, cuando se jura como Presidente de los Estados Unidos, pero si, a continuación, una de las primeras medidas que se toma -¡qué urgencia!- es dejar la puerta abierta a la financiación estatal de grupos abortistas, lo de la oración es poco creíble y está justificado pensar en lo que Castellani definía como «esa sutil enfermedad del instinto religioso llamada fariseísmo». Porque, oiga usted señor Obama, tan vida y tan digna como la vida de cualquier soldado norteamericano es la vida de un niño que va a nacer y no le dejan.
Con un lenguaje empobrecedor únicamente para quien lo utiliza, Carlos Herrera ha escrito -y ABC ha publicado- un artículo titulado Los pellizcos de Rouco. Lo que dice en él no es verdad ni en el fondo ni en la forma, aunque sí hace honor al epígrafe que utiliza en sus colaboraciones con ABC: El Burladero. Parece mentira que alguien tan acreditado en las lides periodísticas no haya tenido en cuenta, en esta ocasión, las más elementales reglas del oficio y revele, digámoslo amablemente, carencias tan llamativas. Regla número uno es saber de qué se escribe. ¿De verdad cree Carlos Herrera que los obispos y los cardenales se dedican a esas cosas que él dice? No, hombre, no, por Dios bendito. Eso queda para el ámbito de la política con minúscula. Todo el monte no es orégano; basta echar un vistazo al Código de Derecho Canónico para saber, al menos, lo esencial sobre el nombramiento de los obispos y sobre lo que cada obispo es en su diócesis. La Iglesia no es un self service como el de Pepiño o ZP o Cháves, ni un partido político, ni una ONG, y mucho menos un circo, aunque a algunos les gustaría convertirla en eso. Por eso viene durando tanto.
Gonzalo de Berceo