Alfa y Omega > Nº 628 > Criterios
Un pensamiento de Dios

«Dios ha creado un mundo muy diverso, ya en el ámbito prehumano, y también en la persona reina obviamente la diversidad. Esto no tiene por qué ser negativo...» Así respondía el entonces cardenal Ratzinger al periodista Peter Seewald, en las conversaciones plasmadas en el libro Dios y el mundo. Y Joseph Ratzinger añadía: «Nosotros concebimos a la persona bajo el prisma del saber o del éxito, con lo que perdemos la visión de la riqueza de las distintas dotes, que tienen todas ellas su sentido, su valor y su importancia». ¡Todas, «incluidos los perjudicados, los discapacitados, los que crecen en medio de la miseria...», también Eluana, obligada a morir de hambre y de sed por quienes hoy detentan el horrible poder de la cultura de la muerte! Es la ceguera de la ideología, que ha dejado de ver la realidad de imagen misma de Dios que es todo ser humano, y que resplandece ante unos ojos limpios en el discapacitado, «porque, precisamente en su discapacidad, reside su propio valor. El Cristo que se deja poner la corona de espinas y que dice de sí mismo: Soy un gusano y no un hombre, también se ha situado dentro del tropel de discapacitados que traen un mensaje a la Humanidad. Ellos, en su calidad de dolientes, de solicitantes de nuestro amor y de redispensadores de amor, pueden desempeñar también una misión específica: basta con que abramos los ojos». ¿Acaso las lágrimas llenas de ternura de las religiosas que atendían a Eluana no hablan con la mayor de las elocuencias?
«Una de mis primeras aventuras o desventuras periodísticas giró en torno a un comentario sobre Grant Allen -naturalista y novelista canadiense, máximo entusiasta propagador de las doctrinas de Darwin-, autor de un libro sobre la evolución de la idea de Dios. Se me ocurrió señalar que sería mucho más interesante si Dios escribiese un libro acerca de la evolución de la idea de Grant Allen, a lo que el editor replicó que mi observación era blasfema, lo que, naturalmente, me resultó muy divertido». Era el año 1925, y lo cuenta Chesterton en El hombre eterno. El remate de su sabia ironía llega cuando se quiere presentar al hombre como producto de la evolución: «El hombre -dice el genial católico inglés- no es mero producto de una evolución, sino más bien una revolución». ¡La revolución de Dios, que lo creó a su imagen!
Ya en la homilía del comienzo de su pontificado, Benedicto XVI afirmaba con fuerza que «nosotrosexistimos para enseñar a Dios a los hombres. Y únicamente donde se ve a Dios, comienza realmente la vida». Acababa de decir, explicando el significado del anillo del Pescador, que «la red del Evangelio nos rescata de las aguas de la muerte y nos lleva al resplandor de la luz de Dios, en la vida verdadera», porque Dios, en verdad, es la vida del hombre. «No somos -añade el Papa- el producto casual y sin sentido de la evolución. Cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario». Sí, hemos sido rescatados de la muerte, y constatamos que las teorías de Marx, de Freud y de Darwin, ideologías elevadas a lo largo del siglo XX a poco menos que dogmas indiscutibles, se han topado frontalmente con la realidad. Y la realidad, como el jueves pasado afirmaba en su conferencia en Madrid el cardenal Bertone, es que, «sin Dios, el hombre está perdido». ¿A dónde, en efecto, sino a la cultura de la muerte que hoy amenaza con invadirlo todo, han conducido estas ideologías? Con toda claridad lo decía Juan Pablo II, en su Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, del año 2001: «Una cultura que rechaza referirse a Dios, pierde la propia alma y se desorienta transformándose en una cultura de muerte, como atestiguan los trágicos acontecimientos del siglo XX y como demuestran los efectos nihilistas actualmente presentes en importantes ámbitos del mundo occidental».
Es preciso, ciertamente, decir bien alto y claro, como acaba de hacer en Madrid el cardenal Secretario de Estado del Papa, que «no es casualidad» que la Declaración Universal de los Derechos Humanos haya nacido «de la cultura europea occidental, de indudable matriz cristiana». Y continúa: «El cristianismo heredó del judaísmo la convicción, plasmada en la primera página de la Biblia, de que el ser humano es imagen de Dios». No se trata de negar el valor de la ciencia. Ya en 1996 Juan Pablo II, en su discurso a la Academia Pontificia de las Ciencias, decía que la evolución, entendida rectamente, claro está, es «algo más que una hipótesis». Se trata, sencillamente, de abrir los ojos a la creación que alaba sin cesar a su Hacedor y que, con tanta belleza, plasmó el gran Miguel Ángel en la Capilla Sixtina.
El voto de un católico
Elegir libremente a nuestros representantes políticos, emitiendo el voto en conciencia, es una de las exigencias de nuestra responsabilidad ante el prójimo y ante el bien común. Las opciones políticas de los católicos deben estar en armonía con los valores del Evangelio, siendo coherentes con su fe tanto al elegir como si son elegidos. Esto significa reconocer al hombre su condición de hijo de Dios y, desde ella, comprometerse a construir una sociedad fraterna y justa, en la que cada individuo y cada pueblo han de encontrar la libertad y las condiciones de su desarrollo espiritual y material. La participación electoral ha de partir del mejor conocimiento posible de la gestión realizada por nuestros políticos, tanto en el Gobierno como en la oposición, y de los programas de los partidos que se presentan, con el fin de valorar ética y moralmente su actuación y su proyecto sobre la persona y la sociedad. Es fundamental que los políticos utilicen la palabra como vehículo de la verdad, pues la mentira daña la vida común y la democracia. Consideramos como criterios que pueden ayudar a discernir, los siguientes: defender la vida humana en toda circunstancia, desde el momento de su concepción hasta la muerte natural; promover medidas económicas y legislativas que sostengan a las familias en la generación y educación de los hijos; poner toda diligencia en fomentar una real libertad en el compromiso educativo, que promueva una educación integral respetuosa de la responsabilidad intransferible de los padres; ofrecer proyectos que afronten los problemas de la crisis económica hasta sus raíces morales, paliando sus consecuencias negativas, sobre todo en aquellos que sufren el paro; preocuparse por los grupos sociales más débiles con políticas que se fundamenten en la justicia, austeridad y solidaridad; no reducir la naturaleza a mero instrumento a manipular y a explotar; y cuidar el medio ambiente.
+ Obispos de Galicia
De la Nota sobre las próximas elecciones al Parlamento de Galicia