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La avaricia idólatra, causa de la crisis
Benedicto XVI está convencido de que la avaricia como idolatría es la causa de la crisis financiera y económica que atraviesa el planeta. Así lo explicó, el pasado 26 de febrero, durante un largo y espontáneo diálogo con los párrocos de Roma

Tras oír a un sacerdote de las afueras de Roma, que contó al Papa las dificultades de muchas familias, y en particular de los ancianos, para llegar hasta final de mes, Benedicto XVI defendió un replanteamiento de la ética tanto a nivel macroeconómico, como en la vida cotidiana de las personas. «Como sabéis -dijo-, desde hace mucho tiempo, preparamos una encíclica sobre estos puntos». Es necesario «denunciar errores fundamentales, que se muestran ahora en el derrumbe de los grandes bancos estadounidenses. Al final, se trata de la avaricia humana como pecado o, como dice la Carta a los Colosenses, de la avaricia como idolatría. Tenemos que denunciar esta idolatría... Tenemos que hacerlo con valentía, pero también con concreción. Pues los grandes moralismos no ayudan si no se basan en el conocimiento de la realidad».
Hay que aportar «razones concretas comprensibles en el mundo de la economía de hoy». La Iglesia debe hacer oír su voz «en los diferentes niveles nacionales e internacionales para ayudar y corregir» el rumbo de la economía. «Y esto no es fácil», pues topa con «muchos intereses personales y de grupos nacionales». Quizá pueda parecer una actitud pesimista, reconoció el Papa, «pero a mí me parece realismo: mientras exista el pecado original, no llegaremos nunca a una corrección radical y total. De todos modos, tenemos que hacer lo posible para introducir correcciones al menos provisionales», que obstaculicen «la dominación del egoísmo, que se presenta bajo pretextos de ciencia» y de postulados de economía.
La denuncia es importante, «es un mandato para la Iglesia». Pero no basta. Es necesario también iluminar la vida diaria de las personas, que no puede ser justa «sin la conversión de los corazones. Si no hay justos, no hay justicia. Tenemos que aceptar esto. Por este motivo, la educación en la justicia es un objetivo prioritario, podríamos decir que es incluso la prioridad». Y añadió el Papa: «La justicia no se puede crear en el mundo sólo con modelos económicos buenos», aunque sean necesarios. «La justicia se realiza sólo si hay personas justas. Y no hay justos si no se da el trabajo humilde, cotidiano, de convertir los corazones. Y de crear justicia en los corazones».
Crisis y derechos humanos
La Santa Sede está ejerciendo esta labor de denuncia e iluminación en los foros internacionales, en particular en la sede de las Naciones Unidas. El 20 de febrero pasado, por ejemplo, mostró durante una sesión especial del Consejo de los Derechos del Hombre, reunido en Ginebra, cómo las primeras víctimas de esta crisis son los niños de países o sectores pobres. El arzobispo Tomasi, Observador Permanente de la Santa Sede ante la Oficina de las Naciones Unidas de Ginebra, llamó la atención sobre la reducción de las ayudas oficiales, así como de las remesas que envían a sus familias los trabajadores emigrantes. En varios países pobres, dijo, «los programas educativos, de salud y alimentación se realizan gracias a las ayudas de donantes oficiales. Si la crisis reduce esta asistencia, la realización de estos programas quedaría en peligro». Del mismo modo, «familias enteras tienen a sus hijos escolarizados y decentemente alimentados gracias a las remesas de los emigrantes».
Al cortarse estos dos grifos, se corre el riesgo de privar «a los niños del derecho a ser educados», con terribles efectos a largo plazo: «Una menor inversión educativa hoy se traducirá en un menor crecimiento futuro». Y «una alimentación pobre entre los niños empeora la esperanza de vida».
Jesús Colina. Roma
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