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Con ojos de mujer
Gramsci, no

Más allá de la polémica suscitada sobre la aceptación de la fe religiosa por Antonio Gramsci, en los últimos momentos de su vida, sus principios marxistas y su influencia en la sociedad contemporánea, nunca han dejado de estar vigentes, intentando una revolución cultural sin límite, según la cual todo es posible.
Las teorías marxistas de Gramsci inician con un plan global, en el que una minoría organiza la realidad de un país. El hombre aparece como maestro de sí mismo, proporcionando una alianza entre relativismo y democracia. Aparece el pensamiento, la moral y la ciencia laicistas, la razón como medida de toda las cosas y Dios fuera de todo espacio público.
Con relación a la fe cristiana, se propuso, sobre todo, descomponerla desde dentro. El ateísmo práctico y radical de esta revolución corre paralelo al sistema que, desde el Gobierno, se intenta imponer a la sociedad española que, como la italiana y parte de la europea, tiene profundas raíces cristianas.
La socialdemocracia y el radical socialismo prepararon el camino para el triunfo de las teorías de Gramsci. Conquistar la sociedad civil imponiendo una nueva cultura apoderándose de los medios de comunicación social fue la meta propuesta. En este contexto se encuadra la crítica marxista a la religión, a la moral, a los viejos principios, en nombre de una nueva mentalidad.
El fundamento de Gramsci es el inmanentismo, reflejado en sus Cuadernos desde la cárcel; su marxismo representa el culmen de la moderna filosofía de la inmanencia, vértice de su máxima coherencia. Al igual que nuestros actuales gobernantes, no sólo niega a Dios, sino que elimina cualquier residuo de trascendencia: hay que conquistar a la sociedad civil y, como consecuencia, al Estado. Sustituir la cultura vigente por otra, dando origen a un nuevo sentido, a una nueva forma de razonar, es lo que se impone también en nuestros días. En palabras de Jean Francois Revel, la tentación totalitaria, bajo la máscara del demonio del bien.
Cambiar el sentido común, el modo de pensar de las masas, necesita unas armas: la calumnia, el ostracismo, la manipulación de la verdad y el daño a las conciencias. La moral sometida a la política, como afirmaba Lenin: es moral todo lo que sirve para aniquilar a la sociedad antigua. Uno y otro intentan implantar una cultura popular marxista: divorcio, aborto, eutanasia, escuela, medios de comunicación social, para conquistar el poder.
En nuestros días vemos que se hacen palpables estos principios, basta pensar no sólo en la negación de las tesis del adversario, sino en la falta de libertad de expresión en determinados ámbitos de la vida pública. Existe también cierta intransigencia ideológica en manuales escolares, prensa, radio y televisión. En resumen, se trata de considerar a la religión como su primer adversario. La cultura tradicional, religiosa y metafísica, constituye el blanco de la revolución.
En palabras de Dostoyesvski: Si Dios no existe, todo está permitido, y si todo está permitido, la vida es imposible.
Soledad Porras Castro
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