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Antonio María Rouco: 50 años de sacerdocio
El pecado, mal de los males
La celebración de las Bodas de Oro sacerdotales del cardenal arzobispo de Madrid, el pasado sábado, tuvo su momento cumbre en la Ordenación de doce nuevos presbíteros, en la catedral de la Almudena. En su homilía, el cardenal Rouco dijo:


Un momento del rito de ordenación
de los nuevos presbíteros
Vais a recibir por la imposición de mis manos y la oración consagratoria, en la que se une toda la Iglesia, el sacramento del Orden en el grado del Presbiterado: ¡vais a ser constituidos Sacerdotes de Jesucristo! Vuestro sacerdocio, el que en esta celebración litúrgica recibís vosotros y el que recibí yo hace cincuenta años, es el mismo sacerdocio: el Sacerdocio de Jesucristo. ¡Un don precioso, fruto del amor de Jesucristo para con nosotros!
Un año más, la Iglesia se dispone a anunciar y celebrar la victoria de Jesucristo resucitado y su actualidad para nosotros, los hombres de comienzos del tercer milenio, en medio de las nuevas y antiguas angustias, tan típicas de una sociedad autosuficiente y orgullosa, sin más horizontes que los de la vida caduca, y sin más ilusiones que las de los éxitos efímeros del mundo y sus vanidades. En el trasfondo de la cultura dominante no es difícil adivinar vidas sin esperanza e incapaces de una verdadera y auténtica experiencia de amar: ¡incapaces y nostálgicas de ser amadas y de amar! ¡Enseñar a los hombres de nuestro tiempo el camino del cielo, ésa es, queridos ordenandos, nuestra vocación! ¡Una hermosa y apasionante vocación!
Se trata de vivir todo lo que poseemos y somos como un servicio a Cristo resucitado. Él, que ha dado la vida por sus amigos, nos llama y nos consagra para que actuemos en su nombre como Cabeza de la Iglesia, en decir, en su Persona. ¿Exageraremos al emplear esta fórmula de definición del sacerdocio ministerial, ontológicamente distinto del sacerdocio común de todos los bautizados? Exageraríamos, si pretendiésemos ignorar que, a nuestras manos consagradas y a nuestro corazón sacerdotal, se nos ha confiado la obra de su amor más grande: la actualización permanente de su sacrificio redentor en el sacramento de la Eucaristía. Pero también exageraríamos si no supiésemos, además, lo que el Señor ha hecho con nosotros, desde antes y después de los primeros pasos de nuestras vidas y, sobre todo, en el momento de nuestra ordenación; si ignorásemos que nos ha hecho sus amigos. Él nunca nos ha retirado su amistad; su amor misericordioso nos ha sostenido siempre, pese a nuestros fallos y debilidades.
Miserias que duelen
¿Cómo, pues, no van a encontrar en el corazón de sus sacerdotes eco permanentemente vivo las múltiples necesidades, materiales y espirituales, de los hombres? A un sacerdote, otro Cristo, le duelen intensamente las miserias y pobrezas, las angustias y preocupaciones personales, familiares y profesionales de sus hermanos. Le lastiman en lo más interno y sensible de su interior. Un verdadero sacerdote de Jesucristo no puede por menos de sentirse herido por la pobreza que sufren tantas personas, cercanas y lejanas, por el desamparo de tantos niños, desde el momento de su concepción hasta su mayoría de edad, por el abandono de los ancianos y enfermos crónicos, etc. Pero mucho más les duele el pecado, origen de tanto mal y que mata el alma y los corazones de los hombres, atenazándolos y esclavizándolos en su libertad. Ése es el mal de los males: el pecado que amenaza el destino temporal y eterno de los hombres que se nos confían.
Santa Teresa de Jesús -cuya fecha de nacimiento se fija también en un 28 de marzo, el del año 1515- nos enseña con una finura espiritual insuperable, válida también para nuestro corazón sacerdotal, cómo hay que responder a quien nos ha preferido y distinguido con tanto amor: «Vuestra soy, pues me criaste,/ vuestra, pues me redimiste,/ vuestra, pues que me sufriste,/ vuestra, pues que me llamaste,/ vuestra, porque me esperaste,/ vuestra, pues no me perdí:/ ¿qué mandáis hacer de mí?»
Decidle a Cristo con el corazón confiado y valiente: ¿Qué mandáis hacer de mí? ¡No os arrepentiréis nunca de serle fieles! Yo fui ordenado sacerdote cuando había cumplido 22 años. En sintonía plena con el Siervo de Dios, el querido e inolvidable Juan Pablo II, y con las mismas palabras que él dirigió a los jóvenes de España en la Vigilia mariana de Cuatro Vientos, el 3 de mayo de 2003, os digo yo también: «Al volver la mirada atrás y recordar estos años de mi vida, os puedo asegurar que vale la pena dedicarse a la causa de Cristo y, por amor a Él, consagrarse al servicio del hombre. ¡Merece la pena dar la vida por el Evangelio y por los hermanos!»
La historia de toda vocación y vida sacerdotales acontece y se desarrolla en la Iglesia. ¡Cómo tenemos que agradecer a todas aquellas personas, fieles de esa Iglesia, que han sido los instrumentos providenciales de ese amor para nosotros y para el conocimiento y crecimiento sobrenatural de nuestra vocación! ¿Y cómo no colocar en el primer lugar de esta gratitud a nuestros padres y, muy especialmente, a nuestras propias madres, aliento siempre de nuestra esperanza en el itinerario de nuestro sacerdocio y en la llegada a la meta de la ordenación sacerdotal? Luego vienen los hermanos y la compañía humana y espiritual de los sacerdotes de nuestras parroquias y movimientos, nuestros formadores y profesores. ¿Y cómo no reconocer con gratitud la inestimable e imprescindible compañía de la oración de tantas almas buenas que en lo escondido oran por nosotros? Entre ellas destacan las hermanas de las comunidades de vida contemplativa. Y nuestra gratitud se dirige también con afecto y confianza filial a María, Nuestra Señora y Madre de la Iglesia y tierna Madre nuestra. A Ella confiamos nuestro presente y futuro ministerial. A Ella os encomiendo. A Ella encomiendo vuestro sacerdocio.
© 2006. Alfa y Omega, Semanario católico de información. Fundación San Agustín, Arzobispado de Madrid