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Cine: La vida secreta de las abejas
Una propuesta luminosa
Tras ganar con el film, rodado en España, Love & Basketball, el prestigioso Premio Independent Spirit y el Premio Humanitas del Festival de Sundance, su directora y guionista, Gina Prince, vuelve a sorprendernos con otra historia cargada de humanidad: La vida secreta de las abejas, adaptación del best-seller de Sue Monk


Imagen del film
La vida secreta de las abejas
La vida secreta de las abejas es un melodrama desarrollado en California del Sur durante la dura época de la lucha por los derechos civiles de las ciudadanos negros. Lily Owens es una adolescente de catorce años que vive un drama familiar. La ausencia de su madre y el desquiciamiento de su padre hacen insoportable su existencia. Cuando su ama de llaves negra, Rosaleen, sufre en sus carnes la brutalidad racista, Lily decide dar un giro radical a su vida para encontrar algo del amor que no encuentra a su alrededor.
La vida secreta de las abejas tiene como marco social un alegato a favor de la multiculturalidad, en la línea de Crash: las necesidades más hondas del ser humano no entienden de razas ni de color. En ese sentido, el film da un fuerte varapalo a lo que históricamente fue una lacra en los Estados Unidos, un racismo extremo que duró mucho más de lo que la ley le permitió. Pero lo realmente interesante en el film es la historia de una niña que tiene que aprender a perdonarse a sí misma para poder experimentar el amor de los demás y para ser capaz de perdonar el mal de los otros. Este proceso de maduración afectiva y de búsqueda de un sentido para la vida es posible para ella gracias a la experiencia de acogida que Lily vive en casa de las Boatwright. Éstas son unas hermanas negras dedicadas a la apicultura que, en un determinado momento, acogen en su casa a Lily y a Rosaleen, que huyen del infierno de su vidas. En esa casa hay dolor y heridas del pasado, pero la alegría y la religiosidad tienen la última palabra. El amor que Lily recibe de las hermanas, junto a la devoción a la Virgen María que le inculcan, van a ser el humus adecuado para que la joven encuentre el valor de su propia existencia. Al final del recorrido ella es capaz de hacer el siguiente juicio: «Mi vida ha sido el vacío dejado por mi madre, pero nunca antes había pensado en el vacío que ella dejó en mi padre».
De esta forma, se humaniza su mirada sobre ella misma y sobre su progenitor, al que ya es capaz de comprender y, por tanto, de perdonar en cierto modo. «No existe el amor perfecto», le explica su madre de acogida, August. Le hace ver que ella está rodeada de amor y que ciertamente es digna de ser amada. Pero, a la vez, constata que el amor humano siempre es imperfecto. De esta forma, Lily adquiere una cierta misericordia a la hora de mirar los errores de sus padres. Se vuelve así más adulta. Su afirmación: Tengo muchas madres es el reconocimiento de que, aunque el dolor no se borra, la carencia afectiva sí que es curada con sobreabundancia.
Maternidad, milagro y salvación
Singular es el tratamiento de la religiosidad, tan presente en la niña como en la familia de acogida. Se trata de una religiosidad, sin duda católica y mariana, con ciertos toques de expresividad africana. La Virgen Negra simboliza la maternidad, el milagro y la salvación, y para Lily va a ser una compañía tan real como permanente.
La película está protagonizada por la niña eterna de Hollywood, Dakota Fanning, que muestra una madurez interpretativa notable. Le acompaña en el reparto Jennifer Hudson, que ya conocimos en Dreamgirls, y el famoso Paul Bettany en el desagradable papel de padre maltratador. El film es un hermoso canto a la acogida, al perdón, y a la devoción a la Virgen María. Aunque subraya en exceso los pasajes más melodramáticos, la película es una propuesta luminosa y atractiva para un público familiar con hijos adolescentes.
Juan Orellana
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