Alfa y Omega > Nº 648 > Criterios
Hombres nuevos
Sacerdotes, para que los hombres tengan vida,
vida en abundancia
«El sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús»: así decía el santo Cura de Ars y así lo recoge el Catecismo de la Iglesia católica. De tal modo lo es, que, «sin el sacerdote -lo afirma Benedicto XVI en su Carta de convocación del Año Sacerdotal-, la muerte y la pasión de Nuestro Señor no servirían de nada». En consecuencia, aún seguiríamos en nuestros pecados y el destino del hombre no sería otro que el vacío y la muerte. Abandonado a sí mismo, aun teniendo el mundo entero, ¿cómo no va a sentirse vacío quien, desde lo más hondo de su ser, está sediento de infinito? En la clausura del Año Paulino, el pasado domingo en la basílica romana de San Pablo Extramuros, el Papa explicaba cómo «el hombre interior tiene que reforzarse», lo cual «es un imperativo muy apropiado para nuestro tiempo, en el que los hombres a menudo permanecen interiormente vacíos y, por lo tanto, tienen que aferrarse a promesas y narcóticos, que después tienen como consecuencia un ulterior crecimiento del sentido de vacío en su interior», de modo que no hay necesidad mayor que la «del encuentro con Dios, que nos viene dado en los Sacramentos», ahí donde se hace presente el mismo Hijo de Dios vivo, nuestro Salvador, de la mano de los sacerdotes. El santo Cura de Ars, ciertamente, no exageraba en absoluto. «En el Corazón de Jesús -subrayaba el Papa en su homilía al inaugurar el Año Sacerdotal- se expresa el núcleo esencial del cristianismo».
El hombre de Dios, eso es el sacerdote. Ya en el prólogo de su libro Jesús de Nazaret, Benedicto XVI recuerda lo que significó para él la lectura de los grandes autores que se acercaron a la Vida de Jesús, admirando «cómo vivió en la tierra y cómo -aun siendo verdaderamente hombre- llevó al mismo tiempo a Dios, con el cual era uno en cuanto Hijo, a los hombres. Así, Dios se hizo visible a través del hombre Jesús y, desde Dios, se pudo ver la imagen del auténtico hombre». Porque -escribe Joseph Ratzinger al hablar de la imagen evangélica del pastor- «el hombre vive de la verdad y de ser amado, de ser amado por la Verdad. Necesita a Dios, al Dios que se le acerca y que le muestra el sentido de su vida, indicándole así el camino de la vida. Ciertamente, el hombre necesita pan, necesita el alimento del cuerpo, pero en lo más profundo necesita sobre todo la Palabra, el Amor, a Dios mismo. Quien le da todo esto, le da vida en abundancia. Jesús, como Palabra de Dios hecha carne, no es sólo el pastor, sino también el alimento, el verdadero pasto; nos da la vida entregándose a sí mismo, a Él, que es la Vida». Esto es lo que da el sacerdote. Ya puede haber hombres, y todo lo magníficos que se quiera, que den el mundo entero, que estarán dando demasiado poco. Igual que el sacerdote, aunque diera todas las cosas habidas y por haber -¡quimera realmente fantástica!-, si no administrara los Sacramentos, la Eucaristía y la Confesión. Podríamos tener cuerpos robustos, pero las almas seguirían vacías. La grandeza del pobre y humilde Cura de Ars era bien visible: todos comentaban que el pequeño pueblecito se había convertido en el gran hospital de las almas. Y, significativamente, no podían estar mejor cuidados también los cuerpos.
«Por la imposición de las manos del obispo y la oración consagratoria de la Iglesia, los candidatos se convierten en hombres nuevos, llegan a ser presbíteros», les decía Benedicto XVI, el pasado mes de marzo, a los miembros de la Congregación para el Clero. Los poderes sacerdotales -añadía- «son en primer lugar un don», para la vida, ¡vida en abundancia!, de los hombres, y por eso «la gran tradición eclesial con razón ha desvinculado la eficacia sacramental de la situación existencial concreta del sacerdote»; de este modo, «se salvaguardan adecuadamente las legítimas expectativas de los fieles». Aunque el sacerdote esté lleno de pecado y de miserias, es sin duda a Cristo mismo en toda su plenitud a Quien nos da en los Sacramentos. «Pero esta correcta precisión doctrinal no quita nada a la necesaria, más aún, indispensable tensión hacia la perfección moral, que debe existir en todo corazón auténticamente sacerdotal. Precisamente para favorecer esta tensión de los sacerdotes hacia la perfección espiritual, de la cual depende sobre todo la eficacia de su ministerio -concluye el Papa-, he decidido convocar un Año sacerdotal». Y lo ha hecho poniendo delante de todos los sacerdotes ese precioso testimonio de quien lo ha sido tan admirablemente, que no hay pueblo en el mundo que no deseara tenerlo como pastor. Sencillamente, porque «el Cura de Ars emprendió en seguida esta humilde y paciente tarea de armonizar su vida como ministro con la santidad del ministerio confiado». Se cumplió en él lo que proclamaba el Santo Padre al clausurar el Año Paulino: «Sólo si hay hombres nuevos, habrá también un mundo nuevo».
La belleza del sacerdocio
Hoy es preciso que los sacerdotes, con su vida y sus obras, se distingan por el vigor del testimonio evangélico. Y ese vigor hay que cultivarlo en la oración, donde la relación con el Señor es permanente e incansable, en la escucha y meditación de la Palabra de Dios, en la celebración de los sacramentos -muy especialmente de la Penitencia y de la Eucaristía-, en la relación con la Virgen María, en los días en que cultivo el retiro para encontrarme a solas con Dios, en los tiempos anuales en los que hago Ejercicios espirituales.
La belleza del ministerio sacerdotal es tan grande que, cuando lo contemplamos, quedamos sin palabras, inmersos en el misterio, sorprendidos por las obras de Dios: Me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos y a los prisioneros la libertad; para proclamar el año de gracia del Señor. ¡Qué bella ha sido vuestra historia de la llamada, donde se fraguó un Sí al Señor y que fue previo a la entrada al Seminario! De diversas maneras, en cada uno de vosotros, ha habido la historia de un inefable diálogo con Dios, entre el amor de Dios que llama y la libertad de cada uno que ha respondido a Dios en el amor. Y, al final, encontráis la plena verdad de vuestra identidad por la ordenación, donde os convertís en una participación específica y una continuación del mismo Cristo, sumo y eterno sacerdote de la nueva y eterna Alianza. Sois una imagen viva y transparente de Cristo sacerdote. Para entender vuestra vida, es fundamental la referencia a Cristo. Ésta es la clave absolutamente necesaria para la comprensión de la realidad sacerdotal. Si no, no se entiende nada de nada, y menos el ministerio sacerdotal.
La espiritualidad sacerdotal es intrínsecamente eucarística. Dad la vida en forma eucarística es lo que os invito a vivir y a lo que os llama la celebración de la Eucaristía y la presencia real del Señor en medio de nosotros.
+ Carlos Osoro
arzobispo de Valencia.
De su homilía de ordenación de presbíteros