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Una honrosa excepción


Momentos previos, en el Cerro de los Ángeles,
a la renovación, el domingo 21 de junio pasado,
de la consagración de España al Corazón de Jesús
Hace un mes, este semanario se hacía eco de las declaraciones de don Alejandro Llano, a propósito de la falta de músculo cultural en el cristianismo español. «Hoy el catolicismo no se caracteriza por su densidad intelectual, ni por dar razones de nuestra esperanza...», lamentaba el ex Rector de la Universidad de Navarra. ¿Tan mal está el patio? Juzgue usted mismo: en las últimas semanas, algunos (muchos) de los (pocos) periodistas y medios españoles que se tienen por cristianos, le han dedicado más páginas, noticias, comentarios, loas..., atención, en suma, a la muerte del benemérito cooperante don Vicente Ferrer, o al aumento de las sectas en Nicaragua, que a la Consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús. Un silencio informativo que sorprende, primero, porque el Cerro de los Ángeles queda mucho más cerca que la India o Managua, y segundo, porque a un cristiano que lo sea de verdad no se le escapa la importancia de poner el presente y el futuro de nuestra nación en manos de Cristo. Que se lo pregunten, si no, a los miles de personas que abarrotaron el Cerro.
Una honrosa excepción a este mutismo periodístico lleva la rúbrica de la revista Cristiandad, que no se cansa de ofrecer, mes tras mes, razones de nuestra fe. En su último número, hace un recorrido sobre la Consagración de 1919, sus implicaciones históricas y la actualidad de aquel acto que ha sido renovado 90 años después. En su editorial, refresca lo dicho por los obispos a los 50 años de la Consagración: «Más que nunca nos acecha el peligro de una desesperanza radical, al ver que el progreso de la técnica y la abundancia de bienes materiales no hacen más feliz al mundo, ya que es innumerable el número de los pobres o insatisfechos, el de los hastiados y desilusionados, el de los que viven sin saber para qué viven». Y se pregunta: «¿Quién se atrevería a afirmar que estos peligros ya han sido superados (...), que España es un reino de justicia y amor?» Nosotros no, desde luego...
Ojalá también lea Cristiandad el internauta despistado -y con tanta mala baba como incultura- que dejaba un comentario despectivo en una noticia sobre la Consagración, porque no quiere enterarse de lo decisivamente esencial que es para la vida el Corazón de Dios, que tanto ama a los hombres, y, en definitiva, el amor sin el que no se explica ni el martirio, ni el sacrificio, ni siquiera el benemérito activismo social. El autor de la noticia, sin embargo, ni contestó, ni dio razones, ni le informó, ni le formó.
¿Qué hacer? ¿Desesperarnos ante los embates de los no católicos y ante las omisiones de los católicos? El padre Remigio Vilariño, corresponsal en la Consagración de 1919, dejó escrita la respuesta en su crónica, que reproduce Cristiandad: «Los enemigos de Cristo, los revolucionarios, los amigos de la revuelta (...) se encontraron espantados, porque cuando no lo creían surgió España con su rey, valiente y católica, a decir a Jesucristo que, aunque otra cosa digan los intelectuales, España le quiere y le querrá. Parece mentira cuánto irritan a esos infelices nuestras pacíficas demostraciones de amor a Jesucristo. Lo llamaron provocación, fanatismo, anacronismo; lo ridiculizaron, lo insultaron y, lo que es peor, lo blasfemaron. Caiga sobre ellos, no la maldición de Dios, sino la luz del fuego del Corazón de Jesús, para que le conozcan y amen. ¿Para qué pedir maldiciones para ellos, que tienen la de no amar a Jesús?»
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