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XIV Domingo del Tiempo ordinario
El hijo del carpintero


Cristo en casa de sus padres,
de John Millais (Tate Gallery, Londres)
El encuentro decisivo que cambia nuestra vida, como cambió la Historia, es el encuentro con Jesús de Nazaret. Encontrar a Jesús, o mejor dicho, dejarse encontrar por Cristo, es lo que le cambia la vida a uno. En una ocasión, un periodista preguntó, muy intrigado, a Madre Teresa de Calcuta cuál era el secreto de su vida, de dónde brotaba esa fuente inagotable para ayudar a todos los empobrecidos, a los pobres más pobres de los pobres. Madre Teresa, que tenía un profundo sentido del humor, bajó la voz y respondió: «Mi secreto se llama Jesús, y podéis contárselo a todo el mundo».
Pero, ¿quién es Jesús para mí? Sus paisanos le apodaron El hijo del carpintero, el hijo de María, otros le llamaron el Maestro, el Cristo, el Mesías, el Hijo del Hombre, el Hijo de Dios vivo. Si, como decía el Papa Benedicto XVI, uno comienza a ser cristiano cuando se realiza este encuentro personal con Jesús, podemos afirmar que es el encuentro con Jesús la clave de donde dependerá mi vida y, sobre todo, me jugaré la inmensa felicidad a la que estamos llamados. El Vaticano II dice que el misterio del hombre sólo lo ilumina y explica el Misterio de Cristo. De quién sea Jesús para mí, depende todo lo demás en mi vida.
A Jesús le encontraba la gente sencilla. Volver a nuestras raíces más profundas es volver a su amor. Quizás volvió para saludar a su madre, a la que echaba de menos desde que se marchó de Nazaret a recorrer los caminos del mundo, predicando el Evangelio de la salvación y la vida. No fue bien recibido por sus paisanos. No es fácil descubrir, con los que vivimos día a día, algo más allá de sus limitaciones y de su realidad pobre. Por eso, es verdad que es difícil ser profeta en la propia tierra. Sencillamente, Jesús actúa con mansedumbre y humildad de corazón, pero no impone. Ama a todos y nos descubre que tenemos que convencer, no vencer. ¡Existen tantos que nos vencen, pero no nos convencen! Sólo los enfermos a los que cuidó siempre Jesús, se escapan a esa regla de que no hizo milagros, por no encontrar acogida ni respuesta. Es una pena, pero ellos se lo perdieron.
Sin embargo, el Señor vuelve, una y otra vez, a nuestra vida -dice un prefacio-, en cada hombre, en cada acontecimiento. Se alejó, pero no se fue definitivamente. Nazaret siempre guardó recuerdos para Jesús, como lugar de familia y, sobre todo, de unas raíces vividas en la sencillez de lo cotidiano. Volver a Nazaret con toda la Iglesia es descubrir una santidad sencilla y alegre. Es ser feliz en lo ordinario. Es amar desde lo cotidiano. Es, sobre todo, apostar por un corazón humilde que descubre que lo importante siempre es florecer allí donde Dios nos siembra. Le impresionó que sus paisanos no fueran más acogedores y listos, pero allí anunció la buena noticia a los pobres, la libertad a los cautivos, el gozo de la salvación. Responder al mal con bien es el estilo de Jesús y de la Iglesia. ¡Qué lejos están otros de vivirlo! Para evangelizar, siempre es necesaria la bondad del corazón.
+ Francisco Cerro Chaves
obispo de Coria-Cáceres
Evangelio
En aquel tiempo fue Jesús a su tierra en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada:
«¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? ¿Y sus hermanas, no viven con nosotros aquí?»
Y desconfiaban de Él.
Jesús les decía:
«No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa».
No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos, y se extrañó de su falta de fe.
Marcos 6, 1-6
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