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Con ojos de mujer
Conoceréis la Verdad, y la Verdad os hará libres

¿Cuál es la verdad de mi vida?: soy Oblata de Cristo Sacerdote, y fui creada y llamada para entregar mi vida por los sacerdotes y aspirantes al sacerdocio.
Al comienzo del Año Sacerdotal y en la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, quiero poner cuanto soy a los pies del Divino Maestro, que anhela mi respuesta de amor a tantos desprecios como recibe de los hombres. Su corazón está ansioso de la salvación de todos, y vive, en tantos lugares, ignorado en el sagrario. Mi alma, escuchando el lamento del Corazón de Jesús, quiere responder con humildad: Señor, ¡yo te amaré para siempre! En Ti confío. Aquí estoy para hacer tu voluntad.
Doy gracias a Dios por el don de la profesión perpetua, que me ata para siempre a su Amor eterno. Pero, ¿cómo puedo entonces ser libre? Los votos religiosos me liberan de lo que no deja ensancharse a mi corazón, creado para amar: la Pobreza me hace libre de las cosas, que me empujaría a ser egoísta; la Castidad me abre horizontes de amor sin fronteras; la Obediencia me hace libre de mí misma. Los votos religiosos posibilitan un amor mayor y mejor, porque hace que este pequeño corazón mío reciba y extienda a todos los hombres el infinito amor de Dios, desde el Corazón de Cristo Sacerdote, que día y noche suplica en mí al Padre: Padre, por ellos ruego, santifícalos en la Verdad. Por ellos, los sacerdotes, depositarios de los misterios de Dios, canales de su gracia, instrumentos de salvación para las almas; ellos, llamados a ser otro Cristo, para que el mundo crea y se salve.
El amor infinito del Corazón de Jesucristo le hacía orar en la intimidad del Cenáculo: Padre, Yo te ruego por ellos y por ellos me ofrezco en oblación... Porque Yo vuelvo a Ti, pero ellos se quedan en el mundo. Y el mundo los odia porque no son del mundo, como tampoco Yo soy del mundo. No te pido que los saques del mundo, sino que los defiendas del Maligno... Santifícalos en la Verdad. Estos sentimientos del Corazón sacerdotal de Jesucristo me dan ser en la Iglesia Oblata de Cristo Sacerdote y, con el alma rebosando de estos sentimientos, consagro perpetuamente mi vida toda a Dios: para que sean santificados en la Verdad. Tengo muy claro que el sacerdote tiene gran necesidad de la oración y apoyo de todo el pueblo de Dios, de su simpatía y de su estímulo; que sepamos echarles una mano en su compromiso de entrega generosa por cada uno.
Por eso, desde el silencio y la soledad, la oración y la alegre penitencia, en lo escondido del claustro, doy inmensas gracias a Dios que me confía, para siempre, lo más íntimo de su Corazón: Ellos, los sacerdotes, y a través de ellos, todos los hombres, mis hermanos. ¡Que sean santos! Así el mundo volverá a Dios y todos conocerán la Verdad, y la Verdad los hará libres.
Una Oblata de Cristo Sacerdote
© 2006. Alfa y Omega, Semanario católico de información. Fundación San Agustín, Arzobispado de Madrid