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El derecho a la verdad

Si tu vida sexual funciona, lo demás no importa: así lanzan hoy el mensaje publicitario los medios de comunicación, sin juicio alguno sobre lo que realmente es la sexualidad, y por consiguiente dejado a merced de cada cual, aleccionado, eso sí, por esa mentalidad dominante que ha reducido el ser humano a sólo cuerpo, vacío de alma, con lo que se convierte -en expresión de Benedicto XVI en su encíclica Deus caritas est- en mercancía. De este modo, el eros -nombre que dieron los antiguos griegos al amor entre el hombre y la mujer, un amor en el que han de intervenir «inseparablemente el cuerpo y el alma, y en el que se le abre al ser humano una promesa de felicidad que parece irresistible, en comparación con el cual palidecen, a primera vista, todos los demás tipos de amor»-, al quedar «degradado a puro sexo, se convierte en mercancía, en simple objeto que se puede comprar y vender; más aún, el hombre mismo se transforma en mercancía».
He ahí el gravísimo peligro de tal degradación, germen de toda clase de violencias, que amenaza a los adolescentes, e incluso -como tan crudamente se está poniendo de manifiesto en España estos últimos días- a los niños, desde los años de la inocencia. Ya lo advirtió en 1981, y con toda fuerza, Juan Pablo II, en la Exhortación apostólica Familiaris consortio, pues no es cualquier cosa lo que está en juego: «La Iglesia se opone firmemente a un sistema de información sexual separado de los principios morales y tan frecuentemente difundido, el cual no sería más que una introducción a la experiencia del placer y un estímulo que lleva a perder la serenidad, abriendo el camino al vicio desde los años de la inocencia». Al vicio, sí, y a toda la destrucción, no ya del alma, sino hasta del mismo cuerpo, que lleva consigo.
Es la misma advertencia, que tanto indignó y tantas críticas suscitó, de Benedicto XVI, en su viaje a África de este año, al defender la acción de la Iglesia en la lucha contra el sida, respondiendo a los periodistas que le planteaban cómo dicha acción, «a menudo, no se considera realista ni eficaz». El Papa les dijo que era «lo contrario», y añadió: «No se puede solucionar este flagelo distribuyendo preservativos; al contrario, aumentan el problema. La solución sólo puede ser una humanización de la sexualidad». Solución que sigue proponiendo, con toda nitidez, en su reciente encíclica social, Caritas in veritate: «La Iglesia, que se interesa por el verdadero desarrollo del hombre, exhorta a éste a que respete los valores humanos también en el ejercicio de la sexualidad: ésta no puede quedar reducida a un mero hecho hedonista y lúdico, del mismo modo que la educación sexual no se puede limitar a una instrucción técnica, con la única preocupación de proteger a los interesados de eventuales contagios o del riesgo de procrear. Esto equivaldría a empobrecer y descuidar el significado profundo de la sexualidad, que debe ser, en cambio, reconocido y asumido con responsabilidad por la persona y la comunidad».
Si esto es lo que falta, si la mentalidad común, incluso la de aquellos que se rasgan las vestiduras ante los hechos atroces de violaciones y asesinatos, aun en los años de la inocencia, es la de repartir preservativos, la del sexo seguro, y lo demás no importa, ¿qué clase de vida podrán tener nuestros hijos? ¿La vida feliz que les mete por los ojos la publicidad? ¿No será más bien la destrucción, de por vida, de toda esperanza? En Deus caritas est, Benedicto XVI recoge la acusación de Nietzsche que hoy continúa muy difundida: «La Iglesia, con sus preceptos y prohibiciones, ¿no convierte acaso en amargo lo más hermoso de la vida?» Y el Papa continúa: «Pero, ¿es realmente así?» Con sólo abrir los ojos, la terrible mentira queda en evidencia. La mentira de tal visión de la sexualidad, y la mentira de tal acusación a la Iglesia. Lo dijo muy claro Juan Pablo II en su Carta a las familias, de 1994:
«El llamado sexo seguro, propagado por la civilización técnica, es en realidad, bajo el aspecto de las exigencias globales de la persona, radicalmente no-seguro, e incluso gravemente peligroso. En efecto, la persona se encuentra ahí en peligro, y, a su vez, está en peligro la familia. ¿Cuál es el peligro? Es la pérdida de la verdad sobre la familia, a la que se añade el riesgo de la pérdida de la libertad y, por consiguiente, la pérdida del amor mismo». ¿Cómo, entonces, sin libertad y sin amor, podrán crecer nuestros niños y adolescentes? El grito surge incontenible: ¡tienen derecho a la verdad, no se la hurtemos! Sólo ella hace al ser humano libre y auténticamente feliz.
La paradoja de la abnegación
La solemnidad del Patrono de España nos llama a dar gracias a Dios por habérnoslo dado como intercesor y a suplicarle que no se desvirtúen nuestras raíces cristianas, y que nuestra fe se fortalezca con la oración y se manifieste en la caridad.
Nada humano es ajeno a los cristianos, y las difíciles situaciones actuales deben ser hechas nuestras. Es preocupante la compleja situación económica actual con sus graves consecuencias en el ámbito social y laboral. Nuestra crisis es, sobre todo, antropológica y moral, y sólo podremos superarla con la conciencia de que el hombre en el mundo es el valor supremo, y de que todo lo demás -ciencia, técnica, cultura, sociedad- está al servicio de la persona. Es fundamental valorar la familia, respetar la vida desde su concepción hasta la muerte natural, reconocer el significado trascendente de la persona, trabajar por la justicia social, vivir la fraternidad y la solidaridad con todos, afrontar la fatiga y ser capaces de sentir culpa para no disfrazar nuestra falta de humanidad.
No se trata de esgrimir un moralismo barato, una reducción de lo político, lo social y lo económico a una cuestión individual de la conciencia. Las acciones libres de los seres humanos generan estructuras que permanecen en el tiempo, y esto también cae dentro del ámbito moral.
Nosotros hemos de anunciar con valentía a Cristo, su mensaje de reconciliación y perdón. Sólo en Él se encuentra el sentido pleno de la vida, que cuando se gasta al servicio de los demás se gana; y cuando se vive para uno mismo, se pierde. Necesitamos libertad para tomar la vida y elegir vivir dándola. La paradoja de la abnegación está detrás de la felicidad de las Bienaventuranzas: morir para vivir; ser pobre para ser rico; abajarse para ser levantado; ser el último para ser el primero; vender lo que se tiene para conseguir el mayor tesoro; hacerse pequeño para ser grande; perder la vida para encontrarla.
+ Julián Barrio
arzobispo de Santiago de Compostela