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No se puede servir a dos amos
«Dadme un punto de apoyo y levantaré el mundo», dijo Arquímedes. Todo es reductible a un último principio. El cristianismo reconoce a Dios, que es amor, como fundamento de toda la creación. Pero la caridad no es de aplicación jurídica directa. Juristas cristianos y no cristianos coinciden en descender un par de escalones y señalan la dignidad de la persona como núcleo de cualquier Constitución que respete los derechos fundamentales. De ahí se derivan todos los derechos. Pero también obligaciones. En caso de colisión de derechos, se apela a la defensa de la dignidad de la persona, que impondrá las obligaciones precisas: uno debe ceder en su derecho a la propiedad cuando otro pasa hambre; una mujer debe soportar los problemas del embarazo -y la sociedad, prestar su ayuda-, porque está en juego la vida de otro.
Asistimos hoy a la sustitución de la dignidad de la persona por algún otro fundamento último, impuesto arbitrariamente. Por ejemplo, la nación (real o imaginada). Los españoles de algunas regiones que quieran escolarizar a sus hijos en español deben enviarlos a estudiar a Londres. La nación es el principio último, y puede imponer pesadas obligaciones a los ciudadanos, ahora ya siervos. Y no se puede servir a dos amos. Vuelve a demostrarlo el PNV, que en un tiempo presumió de democristiano. Ante un Gobierno usurpador, que amenaza con desintoxicar un poco las mentes de los ciudadanos, responde con un doble acercamiento al nacionalismo violento y a la parte más débil en firmeza de la coalición de gobierno, el PSE. La seducción ha llegado a Madrid. Zapatero necesita votos, y el PNV mercadea con la ley del aborto. A favor o en contra, no lo ha decidido, pero sí que habrá «una postura única», sin libertad de voto. ¿Qué es la vida humana, comparada con la nación? ¿Sorprende aún el secularismo, donde triunfa el nacionalismo?
Ricardo Benjumea
