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El cardenal Rouco, en el Curso de verano de la Universidad Rey Juan Carlos
El hombre, capital a salvar
El cardenal Rouco, arzobispo de Madrid, dijo en el Curso de verano Economía y persona en tiempos de crisis, organizado por la Universidad Rey Juan Carlos, en Aranjuez:
Entre los escombros de Gaza...
La reflexión científica y la información que se ha vertido sobre el fenómeno de la crisis económica de nuestros días es compleja y muy amplia: el campo de la sociología, de la política, de la economía y del Derecho. Hay una convicción que emerge de todo este complejo esfuerzo intelectual: que la crisis financiera y sus consecuencias económicas y laborales no se explican suficientemente por los fallos de los sistemas técnicos, económicos y políticos que regulan y vertebran esa vida económica internacional y nacional, sino por los fallos humanos, es decir, por las conductas de las personas que han traspasado las fronteras del comportamiento ético mínimamente exigible. No hay orden jurídico-político que resista el quebrantamiento de las leyes morales más elementales, las que percibe como buenas la conciencia general de la Humanidad y cualquier persona de buena voluntad.
Los fallos éticos y morales que han lastrado el sistema financiero en los planos nacionales e internacionales son atribuibles a agentes cualificados de esa actividad económica, responsables en distintos niveles del funcionamiento concreto de forma legal, justa y honrada de los mercados y de su supervisión administrativa por las autoridades. La tentación especulativa ha prendido también en el gran público, entre nosotros, reforzada por un ambiente social dominado por una concepción hedonista y materialista de la vida. Las culpas están muy repartidas, y las conductas de la búsqueda egoísta del propio interés a cualquier precio, también. Benedicto XVI afirma muy perspicazmente, en su última encíclica Caritas in veritate, que el desarrollo y la buena marcha de las cosas económicas «es imposible sin hombres rectos, sin operadores económicos y agentes políticos que sientan fuertemente en su conciencia la llamada al bien común». Más aún, «el problema de la economía está estrechamente relacionado con el concepto del hombre, y debe abarcar, además de un progreso material, uno espiritual. No hay desarrollo pleno ni un bien común universal sin el bien espiritual y moral de las personas».
La doctrina social de la Iglesia siempre ha sostenido la certeza de las posibilidades naturales y sobrenaturales del hombre como el principio de la verdadera esperanza, y en nuestro caso, como nos enseña el Santo Padre, para esta crisis económica nacional e internacional que tanto hace sufrir a tantas personas. Algunas medidas más concretas nos ofrece hoy la doctrina social de la Iglesia, sobre todo en Caritas in veritate, que tendríamos que tener en cuenta; por ejemplo, que el primer capital que hay que salvaguardar y valorar es el hombre, pues el hombre es el autor, el centro y el fin de toda la vida económica y social. El derecho al trabajo ha de posibilitarse y de regularse conforme a las exigencias de este principio. Segundo: la superación de la pobreza en el mundo es un postulado de máxima urgencia. Es necesario que, por lo menos, «la alimentación y el acceso al agua sean derechos universales de todos los seres humanos, sin distinciones ni discriminaciones». Tercero: la prioridad del acceso al trabajo como un derecho fundamental ha de garantizarse en fórmulas de encuentro entre la ciencia económica y la valoración moral. Es imprescindible equilibrar la ética de los derechos con la ética de los deberes en la vida privada y pública. No es lícito reclamar sólo derechos y no aceptar ningún deber. Y hay que resaltar algunos deberes especialmente, respecto al crecimiento demográfico, a la salvaguarda de las responsabilidades propias de las familias y a su promoción, a la apertura moralmente responsable a la vida, sin olvidar el deber de establecer políticas que promuevan la centralidad y la integridad de la familia. En el cuidado de los bienes ha de observarse la justicia intergeneracional. Somos responsables de los bienes o de los males que vayamos a traspasar a nuestros hijos. Y también por el uso responsable, y no por el abuso, de las energías y bienes de la naturaleza. Las empresas e instituciones bancarias en el mundo globalizado, y su contribución al desarrollo, precisan de un orden jurídico nuevo, informado por los principios de subsidiaridad y de solidaridad, en el que se prevea la presencia de una autoridad política mundial, un deseo que el magisterio pontificio ha expresado durante todo el siglo XX. Se precisan nuevos esfuerzos doctrinales y científicos multudisciplinares, que permitan converger al pensamiento profundo de la filosofía y de la teología del derecho y del Estado en un nuevo descubrimiento de la ley moral y natural.
«El desarrollo y la superación de la crisis económica -nos enseña el Papa- necesita cristianos con los brazos levantados hacia Dios», porque «sólo el amor de Dios nos invita a salir de lo que es limitado y no definitivo, y nos da valor para trabajar y seguir buscando el bien de todos». También enseña el Papa que se necesitan unos ojos nuevos y un corazón nuevo, que superen la visión materialista de los acontecimientos humanos y que vislumbren en el desarrollo ese algo más que la técnica no puede ofrecer. Por este camino se podrá conseguir aquel desarrollo humano e integral, cuyo criterio orientador se halla en la fuerza impulsora de la caridad en la verdad.
Pidamos a la Virgen que nos ayude para encontrar ese camino de la regeneración y renovación moral y ética de nuestra sociedad, de su orden económico, político y social, para que así, en un horizonte próximo no muy lejano, los grandes males que nos afligen, el paro, el dolor y sufrimiento de tantas familias, y el futuro de nuestros jóvenes, puedan ser afrontados con esperanza.
+ Antonio Mª Rouco Varela