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La voz del Magisterio

Entre el amor y lo divino existe relación: el amor promete infinidad, eternidad, una realidad más grande y completamente distinta de nuestra existencia cotidiana. Pero, a la vez, se constata que el camino para lograr esta meta no consiste en dejarse dominar por el instinto. Hace falta una purificación y maduración, que incluyen también la renuncia. Esto no es rechazar el eros, sino sanearlo para que alcance su verdadera grandeza. Esto depende, ante todo, de la constitución del ser humano, compuesto de cuerpo y alma. El hombre es realmente él mismo cuando cuerpo y alma forman una unidad íntima; el desafío del eros puede considerarse superado cuando se logra esta unificación. Si el hombre pretendiera ser sólo espíritu y quisiera rechazar la carne como si fuera una herencia meramente animal, espíritu y cuerpo perderían su dignidad. Si, por el contrario, repudia el espíritu y considera la materia, el cuerpo, como una realidad exclusiva, malogra igualmente su grandeza. Hoy se reprocha a veces al cristianismo del pasado haber sido adversario de la corporeidad. Pero el modo de exaltar el cuerpo hoy resulta engañoso. El eros, degradado a puro sexo, se convierte en mercancía, en simple objeto que se puede comprar y vender; más aún, el hombre mismo se transforma en mercancía. La aparente exaltación del cuerpo puede convertirse muy pronto en odio a la corporeidad. La fe cristiana, por el contrario, ha considerado siempre al hombre como uno en cuerpo y alma, en el cual espíritu y materia se compenetran recíprocamente, adquiriendo ambos, precisamente así, una nueva nobleza.
Benedicto XVI, encíclica Deus caritas est, 5 (2005)
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