Alfa y Omega > Nº 652 > España
Buscar a Dios: vocación del hombre y salvación del mundo
Que no se interponga el Estado
El cardenal Rouco, arzobispo de Madrid, no comprende la necesidad de una nueva ley de libertad religiosa, anunciada para el próximo curso. En principio -dijo-, no debería afectar a la Iglesia, al menos de forma directa; pero mostró su recelo ante la excesiva regulación de derechos fundamentales, exceso que suele terminar dificultando su ejercicio. Sobre la libertad religiosa, aclaró que no es sólo libertad de culto, sino derecho a «iluminar y configurar todas las realidades sociales y culturales»

«La búsqueda de Dios», esto es, la búsqueda de lo esencial, de «lo que es sólo y verdaderamente importante y fiable», está en la base, no sólo de la teología occidental, sino de la cultura europea. Los monjes medievales no pretendían «crear una cultura y ni siquiera conservar una cultura del pasado». Pero su objetivo, quaerere Deum, buscar a Dios, condujo a eso.
Son reflexiones del Papa dirigidas al mundo de la cultura, en el Colegio de los Bernardinos, de París, el 12 de septiembre de 2008. Y han sido el punto de partida del Curso de verano de la Facultad de Teología San Dámaso, de Madrid, celebrado del 21 al 24 de julio, con el título Quaerere Deum: a las fuentes de la cultura. A diferencia de pasadas ediciones, no ha tenido lugar en el marco de los Cursos de Verano de la Universidad Complutense en El Escorial, sino en el Real Monasterio de Santo Tomás, de Ávila, en colaboración con las universidades CEU San Pablo y la Católica de Ávila.
Lo que no cambió fue la presencia del cardenal Rouco, arzobispo de Madrid y Gran Canciller de la Facultad, que clausuró el curso con una conferencia sobre Quaerere Deum, laicidad positiva y vida pública. Si el curso mostró, en su conjunto, la experiencia de la búsqueda de la verdad como un todo armónico, donde pensamiento, vida y estética confluyen y conforman un todo indivisible, la conferencia del cardenal sirvió para situar lo anterior en perspectiva social y jurídica; para mostrar cómo puede realizarse hoy ese ideal, que abarca toda la vida del hombre, y las dificultades que encuentra la Iglesia en su misión.
Ineludible era la anunciada nueva ley de libertad religiosa. «La pregunta es legítima, creo yo -dijo-. No tenemos muy clara la respuesta». Tras la conferencia, en respuesta a una pregunta, el cardenal Rouco reconoció no comprender los motivos, ya que la ley actual es «buena» y «desarrolla de forma muy lógica el principio constitucional del derecho a la libertad religiosa», aunque reiteró que «esa ley no limita el marco jurídico propio de la Iglesia católica, que es el de los Acuerdos entre España y la Santa Sede, que pertenecen al Derecho internacional». Como principio general, en todo caso, el cardenal advirtió frente al exceso de regulación: «Se da frecuentemente la paradoja de que, cuanto más se quiere proteger derechos personales fundamentales, más regulados y condicionados se ven administrativamente, con el efecto real de obstaculizar o de impedir su libre desarrollo». Algo, añadió, que «estamos viendo en el caso del derecho a la educación, por ejemplo».
Por lo demás, el Presidente de la Conferencia Episcopal aclaró que la libertad religiosa no es sólo un «derecho privado y particular», relativo a la libertad de culto, sino un derecho a «iluminar y configurar todas las realidades sociales y culturales, algunas estrechamente relacionadas con la posibilidad de vivir la experiencia religiosa en su raíz, como son el matrimonio y la familia, la escuela o los medios de comunicación».
Laicismo de Estado
Hay un problema de fondo, que el cardenal Rouco sintetizó en tres presupuestos ideológicos, bastante extendidos hoy «en Estados Unidos y en Europa, y muy significativamente en España». En primer lugar, algunos consideran que una laicidad radical «es el único punto de partida para la correcta concepción del Estado democrático, el paradigma políticamente correcto de la democracia». Parten, además, de la premisa reduccionista de «la identificación entre público, político y estatal», de modo que «no hay vida social propiamente dicha que no sea dominio del Estado». En esa línea, presentan «el orden jurídico como instancia única de moralidad pública», llegando a veces al extremo de sostener que «las leyes no son criticables».
Al exponer los orígenes históricos de esta corriente ideológica, el cardenal se refirió a la Francia revolucionaria, y, antes aún, a las pugnas entre Enrique IV de Anjou y Bonifacio VIII, que desembocarían en un nominalismo filosófico y teológico, llevado después hasta sus últimas consecuencias por la Reforma luterana. En ella, «el sujeto del poder jurídico es el mismo que el del Estado», explicó el arzobispo de Madrid. «El príncipe es titular del summum episcopatum; según la famosa formulación: El duque de Cleves es el Papa en su territorio».
Se entiende que el Estado laico, que se nutre en buena medida de la Reforma y «piensa y formula el Derecho como si Dios no existiese», encontrara a un duro adversario en la Iglesia, que no sólo tiene la osadía de reclamar su independencia, sino que exige que el poder político sea limitado. El laicismo llegará a su extremo en el siglo XX, con la URSS, el nacionalsocialismo y, en parte, con el fascismo. Las persecuciones son conocidas. Pero el cardenal Rouco destacó también este otro punto: «La toma de conciencia alarmada en la Iglesia», y, en especial, de «la responsabilidad del laico en la Iglesia. Como dijo Romano Guardini, un acontecimiento de trascendencia incalculable ha comenzado. La Iglesia despierta en las almas».
La misión de los laicos
El ideal no sólo sigue vigente, sino que es hoy más necesario que nunca. «La tarea de buscar a Dios es imprescindible para que pueda avistarse el camino para la solución de los problemas más graves que sufren las sociedades del mundo actual», dijo el cardenal Rouco Varela. No obstante -añadió más tarde-, «la proyección de la labor misionera de la Iglesia en esta sociedad tan secularizada será escasa o nula sin el compromiso de laicos dispuestos a ser testigos de Jesucristo con sus palabras, sus obras y su vida, sea cual sea el ámbito personal, familiar y profesional en que los haya colocado la Providencia. Sin la voluntad sacrificada y valiente del laico de hacerse presente en la vida pública, difícilmente podrá ser efectivo el influjo de la doctrina social en el momento histórico tan delicado actual, en el que las dificultades para asentar el orden político democrático sobre sólidas y compartidas convicciones morales son tan grandes. Sin laicos activos, no se lograrán tampoco avances en la defensa del derecho a la vida y de la institución matrimonial y familiar. Será igualmente muy difícil promover el derecho al trabajo en el contexto de una fecunda interacción entre la ciencia económica y la valoración moral, y será poco menos que imposible promover el derecho a la libertad de conciencia, tan frágil y tan expuesta a las presiones de los poderes humanos».
Esta misión del seglar es perfectamente compatible con la concepción del Estado laico, como sinónimo de aconfesional, que se extendió en Europa occidental tras la Segunda Guerra Mundial, y que no ve con recelo el hecho religioso, sino que está abierto a sus aportaciones. El modelo, sin embargo, experimenta retrocesos desde finales de los años 60.
Y en cuanto a la Iglesia, el reto está en la comunión, en no convertir «la afirmación de lo laico» en excusa para cuestionar «la estructura sacramental de la Iglesia». Al contrario, «el futuro quedará despejado cuando los fieles laicos sientan muy cerca de sí a los sacerdotes».
Pero, además, el cardenal Rouco subrayó que «buscar a Dios es condición sine qua non para vivir positivamente la laicidad». El laico necesita participar activamente en la vida de la comunidad eclesial. «Desde un punto de vista objetivo, no podrá ofrecer a sus conciudadanos un horizonte pleno de verdad antropológica y de verdad moral, en el cual puedan plantearse en su raíz y ser resueltos los problemas que tan dolorosa y dramáticamente afligen al hombre y a las sociedades modernas, sin proponer la verdad de Dios, sin proponer la búsqueda de Dios».
Ricardo Benjumea
© 2006. Alfa y Omega, Semanario católico de información. Fundación San Agustín, Arzobispado de Madrid