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Ley natural, antídoto de la arbitrariedad
En los últimos meses, exponentes políticos repiten continuamente a los representantes de la Iglesia que no tienen nada que proponer a la vida pública, pues su voz es moral y la vida pública se regula por leyes que aprueban Parlamentos democráticamente elegidos. Surge entonces la pregunta: ¿la verdad depende de los votos? Los criterios éticos que fundamentan la convivencia pública, ¿dependen únicamente del consenso de las mayorías?


Frontispicio del Tribunal Supremo
de Estados Unidos
¿Existe una ética común capaz de orientar la acción de los legisladores independientemente de su religión o ideologías? Para responder a esta pregunta, de la que depende el futuro de las sociedades democráticas, la Comisión Teológica Internacional, organismo formado por algunos de los mejores teólogos de los diferentes continentes, cuyo Presidente es el Prefecto de la Congregación vaticana para la Doctrina de la Fe, acaba de publicar un documento dedicado a presentar los fundamentos de la ética, lo que técnicamente es conocido como ley natural.
El resultado es un volumen, publicado por el momento en francés e italiano (las traducciones están haciéndose a otros idiomas), que lleva por título En busca de una ética universal: nueva mirada sobre la ley natural.
El estudio ha sido impulsado con fuerza por Benedicto XVI, consciente como pocos de la importancia de esta problemática: su juventud quedó en parte destrozada por el nazismo de Hitler. Tras esa catástrofe, algunos de los teólogos y filósofos alemanes ofrecieron una contribución importante a la profundización en la ley natural, para evitar que alguien pudiera repetir algo así. En tiempos del nazismo, algunos filósofos del Derecho afirmaban que la voluntad del Führer era ley, es más, la fundamentaba.
El documento de la Comisión Teológica comienza presentando las convergencias de las tradiciones filosóficas y religiosas que «son testigos de la existencia de un patrimonio moral ampliamente común que constituye la base de todo diálogo sobre las cuestiones morales. Más aún, éstas sugieren que, de una manera u otra, este patrimonio hace explícito un mensaje ético universal inmanente a la naturaleza de la realidad y que los hombres son capaces de descifrar».
De hecho, esto es precisamente la ley natural, definida en el Catecismo de la Iglesia católica como «la luz de la inteligencia puesta en nosotros por Dios; por ella conocemos lo que es preciso hacer y lo que es preciso evitar» (n. 1955). Y aclara: «La aplicación de la ley natural varía mucho; puede exigir una reflexión adaptada a la multiplicidad de las condiciones de vida según los lugares, las épocas y las circunstancias. Sin embargo, en la diversidad de culturas, la ley natural permanece como una norma que une entre sí a los hombres y les impone, por encima de las diferencias inevitables, principios comunes» (n. 1957).
El nuevo documento, publicado por la Comisión Teológica Internacional constituye la respuesta declarada de la comunidad teológica católica a «un laicismo agresivo que quiere excluir a los creyentes del debate público». En este contexto y con este volumen, «la Iglesia observa que las intervenciones de los cristianos en la vida pública, sobre argumentos que afectan a la ley natural (defensa de los derechos de los oprimidos, justicia en las relaciones internacionales, defensa de la vida y de la familia, libertad religiosa y libertad de educación...), no son por sí mismos de naturaleza confesional, sino que derivan de la atención que todo ciudadano debe tener por el bien común de la sociedad».
Jesús Colina. Roma
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