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Literatura
El Gatopardo
Juan Pablo II fue un sacerdote que se bebió buena parte de la literatura centroeuropea. Por eso pudo decir, sin asomo de atildamiento, que la literatura «puede expresar con más claridad las cosas en las que se afana la filosofía y la teología». No es de extrañar que se pudiera hablar con el Papa como de tú a tú, porque lo natural era para él un ancho mundo, la pradera que lleva en sus extremos hacia un confín sobrenatural. Hay un personaje de Nieve, del Nobel O. Pamuck, que es no creyente y está harto de hablar con un imán turco, ya que sólo le cita el Corán a las buenas y a las malas, como una tamborrada sacra que no cesa. Juan Pablo II, por el contrario, había subrayado en su Nuevo Testamento aquella frase de san Pablo en la que sugiere que los cristianos aprovechemos todo lo bello, lo bueno, lo justo...
Acabo de terminar El Gatopardo, de Lampedusa. Tengo un cielo muy negro sobre mí, distingo un par de estrellas que testifican este acto brutal de haber consumado la lectura de una obra maestra. No he quedado sólo hipnotizado por el verbo del escritor, sino sacudido por el personaje central, Fabrizio Salina, el príncipe de una aristocracia siciliana en decadencia. En Fabrizio, el hecho de la fe cristiana no es más que una herencia que se vive con desinterés. Por la tarde, los Salina rezan el Rosario, aunque después el señor de la casa no tenga inconveniente en irse a un burdel, luego confesarse, y volver a repetir el ciclo, como una costumbre inamovible. Si un Salina muere, tiene cerca un sacerdote. Pero son acciones asumidas indeliberadamente. Fabrizio es consciente de que morirá, y sabe que no ha entregado su vida a nada valioso. La define como una colección de pepitas mezcladas con tierra, pequeños momentos de satisfacción: «Algún momento de pasión amorosa, la exaltación pública cuando recibió la medalla en la Sorbona, la delicada sensación de alguna finísima seda de corbata, el olor de algunos cueros macerados, el aspecto voluptuoso de algunas mujeres encontradas en la calle».
Y nos preguntamos: ¿de verdad que pequeños momentos de satisfacción pueden justificar una vida plena? No parece. Fabrizio muere con la conciencia de una vida decadente, en la que el marco de la aristocracia sólo arropa una vida desilusionada. La novela es recomendable para almas que no buscan las inercias.
Javier Alonso Sandoica