Alfa y Omega > Nº 652 > Desde la fe
Baviera, fe y resistencia
Durante siglos, esta región ha sido el baluarte de la Iglesia en zona germánica. No se rindió ante Lutero ni ante Napoleón, y plantó cara a Hitler, como ningún otro Land
Crucifijo de Enghausen, Baviera (año 890)
Cuando se pregunta al teólogo Joseph Ratzinger sobre sus modelos, antes que a algún santo o ilustre pensador de la cristiandad, cita a su familia: «No sabría indicar -dice en su autobiografía- una prueba de la verdad de la fe más convincente que la sincera y franca humanidad que la fe hizo madurar en mis padres». Estas palabras no sorprenden tanto a quienes conocen la historia de Baviera. Los habitantes de este Land alemán son custodios de una tradición religiosa granítica como los Alpes que dominan su territorio; una región de paisajes majestuosos, rica en lagos y en vegetación, con castillos de fábula, escenarios misteriosos que han inspirado leyendas caballerescas y fantasías populares. Sin embargo, si hay un elemento recurrente en los acontecimientos históricos de esta tierra, es la genuina espiritualidad de sus habitantes.
Historia de Baviera, de Henric L. Wuermeling, es un intrigante viaje al pasado a los orígenes de la singularidad bávara. Que sea una región de antiguas raíces cristianas parece confirmarlo la Annolied (La Canción de Annone), una obra del siglo XII, según la cual los bávaros son originarios de Armenia; es más, son supervivientes del diluvio universal en el Arca de Noé: un territorio católico desde la época de los romanos, que se benefició de la evangelización monástica de los compañeros del santo irlandés Columbano. La santa Baviera no fue sacudida tampoco por la Reforma de Lutero: los conventos bávaros habían ya comenzado un acto de profunda renovación interna. Y cuando, sobre la huella de Napoleón, un proceso de secularización invadió Baviera, la gente se dio cuenta rápidamente del empeoramiento de las propias condiciones: la abolición de los monasterios se manifestó como un «fracaso social y financiero», escribe Wuermeling. No sorprende, pues, que también en las páginas más amargas de la propia historia, como la llegada del nazismo, los bávaros manifestaran una fiereza indómita en defensa de la libertad y de sus valores.
Ya durante la Primera Guerra Mundial, el desocupado pintor austriaco Adolf Hitler merodeaba por las calles de Munich, ciudad en la que iba a dar vida a su Partido Nacionalsocialista. Sin embargo, después del golpe de Estado fallido de 1932, Baviera es la región que menos votó al partido del Führer: solamente el 18% de los votos, frente a un promedio nacional del 37,3%. Obtuvo la mayoría absoluta el partido católico bávaro, y Baviera fue el último Land conquistado. Hitler, que quería elevar Munich a ciudad artística y espiritual, no tuvo nunca paz. Encontró una oposición indómita. El semanario de la capital bávara Der gerade Weg (La vía recta) ponía en guardia a sus lectores: el movimiento nazi era «un signo clarísimo del fracaso espiritual y político de nuestro pueblo». La revista era propiedad de Fritz Gerlich, periodista e intelectual con formación católica, asesinado en el campo de concentración de Dachau. Y otras voces de resistencia se hacían sentir en Munich: el 5 de junio de 1937, la Gestapo arrestó al jesuita Rupert Mayer, acusado de comprometer la calma pública con sus predicaciones y de incitar al pueblo contra el partido.
El arzobispo de Munich y Freising, cardenal Michael von Faulhaber, estalló afirmando: «Este arresto es el signo de que la batalla cultural por la destrucción de la Iglesia católica ha entrado en una nueva fase... Surgen señales de fuego y una de ellas es la captura de nuestro apóstol de Munich (Rupert Mayer)». Y si otro capítulo de la locura nazi comenzó en la capital bávara, la caza de los judios en la trágica Noche de los cristales rotos, de 1938, es también verdad que, al año siguiente, el revolucionario Georg Elser trató de asesinar al propio Führer, en la cervecería Bürgerbräukeller, donde se celebró el Putch de Hitler. El plan falló y Elser terminó sus días en Dachau.
Incansable fue asimismo el activismo de la parroquia de Sankt Georg, en Munich-Bogenhausen, donde el jesuita Alfred Delp animaba un grupo de resistencia, el Círculo de Kreisau. Aquí se reunían, con el provincial Augustin Rösch, el padre Lothar König, el conde Moltke, cabeza del grupo, además de sacerdotes, socialistas y protestantes. El padre Delp conocía al coronel Claus von Stauffenberg, autor de otro célebre atentado, el 20 de julio de 1944, en el bosque de Rastenburg. También este intento falló, y muchos del Círculo de Kreisau fueron ajusticiados, entre ellos Moltke y Delp.
Y no se puede olvidar que, en la universidad de Munich, había surgido el grupo de resistencia estudiantil de la Rosa Blanca: Sophie Scholl, su hermano y otros jóvenes, que incitaban a la población, con octavillas clandestinas, estaban animados, no por una ideología política, sino sólo por el amor cristiano al hombre y a su libertad. Todos fueron ajusticiados por las SS. Sophie, que tenía sólo 21 años cuando fue guillotinada, escribió antes de morir: «A pesar del horror, siento algo grande e inexplicable en mi alegría profunda por todo lo que es bello: la conciencia de su Creador. Solamente el hombre sabe ser verdaderamente repugnante, porque está dotado del libre albedrío, y puede apartarse de este canto de gloria (...) Pero en mí se ha abierto camino la idea de que no lo conseguirá. Quiero probar a ponerme de parte de Quien vencerá».
Antonio Giuliano, en Avvenire
Traducción: María Pazos