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¡España evangelizada, y evangelizadora!


Una preciosa vista del mar de Tiberiades
«¡España evangelizada, España evangelizadora! ¡Ése es el camino! No descuidéis nunca la misión que hizo noble a vuestro país en el pasado y es el reto intrépido para el futuro»: con estas palabras se despedía Juan Pablo II, en su última Visita a nuestra patria, tras proclamar santos a cinco españoles del último siglo, en la madrileña plaza de Colón, el 4 de mayo de 2003. Años atrás, en su segunda Visita a España, el año 1984, al aterrizar en el aeropuerto de Zaragoza, camino de Santo Domingo para preparar la gran efeméride del quinto centenario de la evangelización de América, ya nos había lanzado este grito exigente, y lleno de amor, evocando precisamente el que lanzó a toda Europa, dos años antes, en su primera Visita: «Quiero referir a España el grito que desde Compostela dirigí a Europa: Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás continentes».
En la celebración de la Palabra que, poco después, tendría lugar en la explanada de la avenida de los Pirineos, la obra de España en «los pueblos e Iglesias de América» que se disponían «a celebrar el V Centenario de su primera evangelización, de su Bautismo en la fe de Jesucristo», era definida así por Juan Pablo II: «Una tarea ingente y secular que tuvo su origen aquí, en tierras ibéricas». Pero antes aún de la intrépida gesta del continente americano, ya en el siglo XIII, como se explica en el tema de portada de este número de Alfa y Omega, España mantenía los lazos de la fe católica bien atados a los orígenes mismos del cristianismo, a la Tierra Santa, donde el Hijo de Dios se encarnó, nació de la Virgen María, creció, llamó a los Apóstoles, anunció el reino de Dios con palabras, signos y prodigios, padeció y murió en la Cruz, resucitó al tercer día y ascendió a los cielos. Y estos lazos de España con los Santos Lugares, dos y tres siglos después, se verían fortalecidos, como no podía ser de otra forma, al unísono de la obra evangelizadora en América. Toda la historia de la Iglesia, en efecto, pone bien de manifiesto el principio que tan claramente proclamó el mismo Juan Pablo II en su encíclica Redemptoris missio: «La fe se fortalece dándola». La vida y el futuro de los cristianos en Tierra Santa, ciertamente, no puede desligarse de la vitalidad de la fe en el resto de las Iglesias del orbe.
He ahí la responsabilidad, ¡y la gracia!, de la Iglesia de Cristo, que es una y universal, desde el inicio, a partir de la Iglesia Madre de Jerusalén. Unidad y catolicidad que no pueden desvincularse del lugar y del tiempo de la Redención, porque el cristianismo no es ideología ni moral desencarnada, ¡es un hecho!, como preciosamente lo dice Benedicto XVI al comienzo mismo de su primera encíclica, Deus caritas est: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva». Esta concreción encarnada de la fe católica que es la Presencia viva de Jesucristo, en tiempos difíciles como los actuales, para los cristianos de Tierra Santa como para los de España, lejos de generar desánimo e incertidumbre, es fuente de segura esperanza. Nos lo dijo también Juan Pablo II en su primera Visita, con palabras que adquieren una fuerza mayor si cabe, en vísperas de la proclamación de dos nuevos santos españoles: «Os hago una fuerte llamada a la esperanza, porque, a pesar de los claroscuros, de las sombras y altibajos del momento presente, tengo confianza y espero mucho de la Iglesia en España... Una Iglesia que es capaz de ofrecer al mundo una historia como la vuestra, y la canonización -en el mismo día- de hijos tan singulares y universales como Teresa de Jesús, Ignacio de Loyola y Francisco Javier (con otros tantos, antes y después), no ha podido agotar su riqueza espiritual y eclesial».
Esta riqueza no puede agotarse. Está en España desde los comienzos. Aquí llegó ya en el mismo siglo primero. Bien que lo recordó Juan Pablo II, en su citada Visita a Zaragoza, camino de Santo Domingo: «El mandato misionero de Jesús en las riberas del Tiberíades, resuena hoy con fuerza a orillas del Ebro, donde desde hace tantos siglos alienta un eco de los afanes apostólicos de Santiago y de Pablo». En verdad, no es otro el camino: ¡España evangelizada, España evangelizadora!
En el mes del Rosario
Los recuerdos de Jesús, impresos en el alma de María, la han acompañado en todo momento y la han llevado a recorrer los diferentes episodios de su vida al lado del Hijo. Aquellos recuerdos son el Rosario que María ha recitado constantemente en los días de su vida terrenal. El Rosario es también una plegaria de la familia. Contemplando a Jesús, cada uno de los miembros de la familia recupera la capacidad de volver a mirarse a los ojos, de comunicarse, de solidarizarse, de perdonarse y comenzar de nuevo. La familia que reza unida, permanece unida.
+ Luis Martínez Sistach
cardenal arzobispo de Barcelona
El Rosario nos ayuda a ser realistas, contemplando nuestra propia vida en los misterios de Cristo y de María como en un espejo y a aceptarla y orientarla con el Señor y su Madre. La facilidad del rezo del Rosario hace que sea una oración adecuada para cualquier circunstancia. Se puede rezar individualmente, en grupo, en casa, en el campo, en el templo. Vale para las grandes solemnidades y para la vida ordinaria; para orar por uno mismo y por los demás, vivos o difuntos. Valorad esta oración y practicadla en vuestras familias, grupos, comunidades y parroquias.
+ José Sánchez González
obispo de Sigüenza-Guadalajara
No he dejado nunca de rezar el Rosario. Aunque luego haya aprendido otras formas de orar, me parece un modo realmente evangélico de recorrer la historia de la salvación. Rezar el Rosario tiene esta entraña de vieja oración, con la que tantas generaciones, tantas personas sencillas y buenas han querido rezar la vida, esa vida tejida de gozo, dolor, luz y gloria. Porque rezar el Rosario es como rezar la vida, viviéndola bajo la intercesión dulce y discreta de aquella que el Señor nos dio como Madre.
+ Jesús Sanz Montes
obispo de Huesca y de Jaca
© 2006. Alfa y Omega, Semanario católico de información. Fundación San Agustín, Arzobispado de Madrid