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Con ojos de mujer
Sin condiciones

Hoy estoy de duelo por un niño al que nadie velará, porque pocos saben que ha muerto. Su madre, una joven de diecinueve años, deseaba tenerle en sus brazos, pero sus padres no quisieron ser abuelos. Conozco la angustia de esa madre, es una situación que he vivido en persona, porque tengo una hija soltera con una niña de 16 meses. La noticia del embarazo de mi hija me estremeció, el mundo se me vino encima y cientos de preguntas pasaron por mi cabeza y la de mi marido -cómo decírselo a nuestros hijos pequeños-, y el futuro de nuestra hija y de su niño nos agobiaban. La respuesta de los hermanos fue conmovedora y todos nos volcamos en rodear de amor a la pequeñita. Nuestra nieta ha ayudado a madurar a su madre y llena de risas nuestra casa.
Si el anteproyecto de Ley se aprueba, un adolescente de 16 años podrá abortar sin permiso de sus padres, pero es muy difícil que con 19 ó 20 años, frente a la oposición de su familia, una joven decida tener a su hijo.
En la familia sólo es justo el amor incondicional, que no persigue la utilidad ni la conveniencia, que busca el bien del otro por encima del propio. A cada hijo se le quiere con independencia de su comportamiento, de los problemas y de los disgustos que ocasione. Sólo unos padres que no quieran a su hija pueden proponerle que aborte. En el fondo, late una falta de amor, una búsqueda de la propia conveniencia por encima del bien del hijo. Las justificaciones pueden ser muchas: ¿Qué será de ese niño?; Nuestra hija aún no es responsable ni madura; Arruinará su vida. Pues bien, a ese niño le ha sucedido lo peor que le podía pasar: ha muerto asesinado, y poco habrá madurado su madre, porque la responsabilidad se aprende asumiendo las consecuencias de las propias decisiones, de los propios errores, y no huyendo de ellas a cualquier precio. Por desgracia, en lo sucesivo la vida de esa chica estará marcada por esa muerte, y el rechazo que ha sufrido de sus padres provocará la sensación de ser aceptada sólo en cuanto sea útil y no defraude sus proyectos.
El aborto es un acto de irresponsabilidad tan monstruoso que, necesariamente, resquebraja la estructura interna de la mujer que lo comete y la de aquellos que le han inducido a hacerlo. La huida de la propia conciencia lleva a la mujer a una evasión continua, incapaz de enfrentarse a la realidad de haber matado al hijo que crecía en su seno; sólo cabe el arrepentimiento, el perdón.
El 17 de octubre representó para mí un huracán de esperanza. La mayoría de los manifestantes eran jóvenes alegres dispuestos a salvar vida a vida, a abrazar a las madres, a acoger sin preguntas los pedacitos en que las rompió un aborto. Agrando las fotos de aquel día y miro extasiada las caras de tantos jóvenes, no hay en ellas rencor ni beligerancia; sólo el entusiasmo del que se sabe capaz de transformar una sociedad. A pesar de los horrores, tenemos esperanza.
María Jesús Prieto
© 2006. Alfa y Omega, Semanario católico de información. Fundación San Agustín, Arzobispado de Madrid